Cada sociedad debe resolver sus propias preguntas y la inteligencia señala que es a partir de ellas que se construye el imaginario espiritual y el andamiaje institucional.

En la construcción simbólica del Estado Plurinacional, ha primado hasta ahora lo originario indígena campesino, en una apuesta complicada que supera los márgenes de una sociedad nacional que ya vive en ciudades y que pareciera despreciar lo urbano, si constatamos la lista de situaciones no resueltas.

Igual prueba nos impusimos con el Estado de las autonomías. La experiencia mundial tomándola del Derecho Constitucional Comparado ratifica que el modelo boliviano es enrevesado, complejo y de difícil aplicación. En la preocupación boliviana de las formas, nos hemos preocupado de estructurar burocracia priorizándola sobre la calidad de la gestión. Basta señalar en este aspecto que la piedra angular de todo proceso vinculado a las políticas públicas y su ejecución, parten de un pacto fiscal financiero que debe estar ajustado a las necesidades reales y a los retos del modelo.

Cuando comparamos nuestra situación con estados consolidados, es decir, con sociedades que se han dado sus propias respuestas y se han puesto en situación de enfrentar los retos que propone el mundo para cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, por ejemplo, saltan los inconvenientes básicos de una agenda de transición entre un discurso que no termina de asimilarse y una realidad que aparece esquiva. El poder está discutiendo los modos para incumplir la Constitución, pacto elemental para desarrollar la vida en sociedad, mientras la gente en su intento de recordárselo, puede entrar en ilegalidad por repetir “Bolivia dijo No”, y todos los líderes de la oposición, sin excepción, tienen sobre sí juicios por materias que superaran la imaginación de Gabriel García Márquez.

Volviendo a las preguntas básicas, ¿qué ocurrirá con la forma de vida del indígena cuando el año 2032 vivamos el 90% de la población en ciudades? ¿Cómo ocuparemos un millón de kilómetros cuadrados de territorio, técnicamente sin población? ¿En qué quedará la identidad “originaria indígena campesina” de la referencia simbólica del Estado? ¿Cuál será nuestra respuesta frente a un aparato público teóricamente autonómico, imposibilitado de funcionar y asentado en un poder ejecutivo centralista y atropellador, despreocupado de las capacidades territoriales? ¿Cómo superaremos la postración creativa, intelectual e innovadora, con un poder que se mofa del conocimiento y trata de suplirlo con obras y construcciones? ¿Cuál será el modelo económico, distinto del extractivista?

Estas preguntas me llevaron a otras constataciones, considerando el proceso de cambio, que los bolivianos no discutimos y, sin embargo, podrían explicar en gran medida nuestro comportamiento. La sociedad boliviana mantiene y defiende la violencia como modo de resolución de conflictos. Vivimos en sociedades corporativas que desprecian la ciudadanía. En nuestras sociedades de mutuo socorro, la corrupción no es una conducta punible. Somos, en consecuencia, autoritarios, prepotentes, informales...

Cada una de estas evidencias solo busca explicar una conducta que, si no la enfrentamos radicalmente, seguiremos repitiendo los errores.

Me vuelven las palabras de Joan Prats, alguien que nos conocía muy bien: “Es más fácil salir del error que de la confusión, y la sociedad boliviana, está confundida.”

De nosotros depende detener este absurdo.