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Después de la masacre de la semana pasada en un colegio de la Florida –17 muertos, incluso más que en la histórica Columbine– el activismo contra las armas semiautomáticas ha cobrado impulso en los Estados Unidos. El gigante Walmart dejará de vender rifles de asalto a partir de esta semana; lo mismo Dick’s, una conocida tienda de implementos deportivos. Incluso el presidente Trump ha dicho en una conferencia de prensa que apoya la necesidad de nuevas medidas para legislar el control de armas. La NRA –el poderoso lobby de las armas– se ha visto de pronto a la defensiva, víctima de un boicot que ha llevado a más de veinte corporaciones (desde Delta hasta Hertz) a cortar vínculos con este grupo.    

Todos estos hechos llevan a un moderado optimismo. Los estudiantes de Parkland High School, el colegio donde ocurrió la masacre, se han convertido en activistas y han logrado cambiar el marco del debate: ya no es, como ocurría en el viejo esquema entre políticos tradicionales, sobre si hacer cambios o no (los demócratas por el sí, los republicanos por el no), sino qué cambios hacer.

Hay consenso de que se debe hacer algo, pero no se sabe exactamente qué. ¿Subir el mínimo de edad para comprar armas de 18 a 21 años? ¿Instalar un sistema universal para el registro del historial del comprador? ¿Permitir que haya gente con la autoridad para quitarle el acceso a un arma o a un adolescente, un abusador doméstico o alguien con problemas mentales? ¿Prohibir directamente la venta de semiautomáticas como el rifle AR-15, presente en casi todas las masacres de los últimos años?

Digo que el optimismo es moderado, porque ha habido ocasiones anteriores en que el deseo apasionado por cambiar el estado de cosas, sobre todo después de una masacre, se ha ido apagando con el tiempo: apenas desaparece la noticia de las primeras planas, los políticos republicanos, bien aceitados por la NRA, comienzan a trabar cualquier posibilidad de avance legislativo. 

En un debate público en CNN la semana pasada, Marco Rubio, senador republicano por la Florida, estuvo de acuerdo con la necesidad de subir el mínimo de edad para comprar armas de 18 a 21; esta semana, con las cosas más calmas, se retractó de ese deseo. 

Trump, por su parte, pareció por un momento estar de acuerdo con los demócratas, y puso en aprietos a sus socios en el congreso: dijo que quería un paquete de medidas consensuadas entre los dos partidos para el control de armas. Un mes atrás, sin embargo, Trump dijo lo mismo sobre el tema de la inmigración, para luego arrepentirse de ello y torpedear cualquier acuerdo. 

Lo más probable es que Trump vuelva a la posición ortodoxa de la NRA: no legislar el control de armas, sino establecer medidas de seguridad en los colegios (¡enseñar a los profesores a usar armas!).

En el centro del problema se encuentra la segunda enmienda de la Constitución, que defiende el derecho a portar armas. la NRA y los republicanos se aferran a ello, pues saben que cualquier prohibición de ese derecho puede ser llevada a juicio y terminar en la Corte Suprema. 

Uno puede argumentar hasta el cansancio que esa enmienda tenía sentido dos siglos atrás, cuando las armas no tenían tanta potencia de fuego, pero eso no lleva a mucho: para un buen porcentaje de ciudadanos norteamericanos, la “cultura de las armas” es parte de la vida cotidiana, y resulta ofensivo que se insinúe coartársela. 

De hecho, este tema es central a la división existente en el país entre los estados “rojos” y los “azules”, el mundo rural y el urbano, los votantes de Trump y los demás.   

Anna González y los otros chicos activistas de una generación post-milenial que ha encontrado su voz al calor de las protestas de estos días sueñan, idealistas ellos, con un mundo sin armas. 

Quieren prohibir el AR-15 y los demás rifles de asalto, y han adaptado como su eslogan una frase que en boliviano castizo podría traducirse como “¡Son huevadas!”, una respuesta a todos los que les dicen que lo que piden es imposible (“muchos pensaban que no se podía abolir la esclavitud”, dice uno, “y sin embargo se pudo”). 

Los políticos conservadores no saben cómo enfrentarse a esta claridad moral, y por lo pronto han aceptado que sí, que muchas de las cosas que dicen sobre lo que no se puede en este tema son, en efecto, huevadas. Mientras tanto, van ganando tiempo para al menos desacelerar las cosas, porque esta vez parece que no podrán hacer lo que mejor han hecho con la legislación en torno al control de las armas a lo largo de los años: nada.