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Bendita sea la fecha que une a todo el mundo en una comunión espiritual de amor y solidaridad. El milagro navideño se vivifica en la historia de la humanidad en tiempos procelosos, como el abrazo de soldados ingleses y alemanes que en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, se ponen a confraternizar y se olvidan por un rato que son enemigos. La prensa, comentó entonces: “La Navidad que detuvo una conflagración. Fue la tregua más asombrosa que se haya tenido noticia. Los adversarios se volvieron amigos, con un espíritu de paz y buena voluntad. La Tierra de nadie pronto se llenó de combatientes de ambos lados, que caminaban unos junto a otros y se tomaban fotografías, con lágrimas en los ojos” 
La Navidad es el céfiro o aquella brisa arrulladora que nos conduce a reafirmar carácter con optimismo y templanza con determinación.

El corazón de esta fiesta es el amor a granel y el perdón incondicional. El Año Nuevo se nutre de ella para convertirse en una bella esperanza. La principal obligación frente al sufrimiento es el respeto e incluso, a veces, el silencio. 

La gran fiesta se resume como ‘la dulzura compartida’ que crea lazos indestructibles de apoyo mutuo. No se trata solamente de intercambiar regalos y esperar la Nochebuena con opíparas cenas, sino de dejarnos empapar con el abrazo sincero del familiar, del vecino o de un niño menesteroso cuya mirada nos reclama solidaridad y apoyo. Nunca desdeñe a su congénere o al desconocido. Extiéndale su brazo generoso, porque como decía mi madre: “El amor no tiene edad, siempre está naciendo”.

Aunque vivimos profundas y terribles crisis por culpa de la soberbia y ablepsia espiritual, no hay que olvidar que para alcanzar la armonía con el mundo creado, el hombre debe recorrer el camino místico que nos acerca a Dios, quien nos acoge con su portento y munificencia.