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Mientras en el resto del país, igual que en otros países latinoamericanos, habitualmente se entiende como caduco a lo que ha perdido vigencia, en lenguaje cruceño tradicional se llama así a lo terco o testarudo. Es muy probable que ese uso se relacione con la primera acepción de caduco que es muy anciano, decrépito, aludiendo a la dificultad para cambiar que tiende a acumularse con el paso del tiempo. 

Lo caduco puede así sintetizar una especie de antivalor en una sociedad como la cruceña, que exuda símbolos y manifestaciones de flexibilidad, juventud y predisposición a actualizarse, a experimentar. Esta imagen, con sus necesarios matices, impregna los relatos políticos e ideológicos regionalmente predominantes, no importa si oficialistas u opositores, ya que cada cual la enlaza con su propia interpretación. 

Si algo resulta incuestionable es que el dinamismo de la economía de mercado, capitalismo puro, destaca claramente en el departamento, marcando diferencias con otras regiones. Esto también se refleja en la ventaja que ostenta en varios índices sociales que explican el poderoso atractivo que hace de Santa Cruz un auténtico centro de movilización de la población de todo el país. 

Ahora, cuando se mira más de cerca la realidad, es posible apreciar el drástico contraste que separa imágenes y símbolos con realidades objetivas. Así en el espacio político, oficialistas y opositores, pese a sus indudables y rotundas diferencias, no han dejado de compactar un bloque conservador que gradual, pero implacablemente, está agregándose en cuestiones clave, relacionadas con la percepción del futuro del país y las vías para construirlo.

Sus serias y ruidosas discrepancias en cuanto al rol económico del Estado, o a la centralización política y económica, o sus preferencias institucionales y democráticas, se flexibilizan y acomodan porque ambos confían en que, por ejemplo, sumando 10 millones de hectáreas a la producción de soya y otros cultivos industriales y a la ganadería, derribando en consecuencia igual superficie de monte inservible, construyendo grandes obras públicas y proyectos similares, el país finalmente encontrará su rumbo. Por ahora subsisten diferencias, cada vez menos sólidas, sobre el uso y desarrollo de semillas transgénicas y el paquete tecnológico que requieren, pero esa frontera está próxima a derribarse.

Esta creciente unidad de élites económicas y políticas, locales y nacionales, trata de cerrar los ojos a que ese modelo está lejos de ser universal y único. Tenemos países que están en la punta de la producción de alimentos, como Holanda, que exporta 80.000 millones de dólares anuales en productos agrícolas y ganaderos, con un territorio total menor a 1/8 de la superficie de Santa Cruz, de la cual dedica menos de 1/3 al cultivo y ganadería. No usa transgénicos, como casi toda Europa, y está empeñada en seguir disminuyendo esa superficie y ampliar la forestal.

Se trata de un enfoque que asume que el desarrollo en tiempos de desastre ambiental global no puede seguir expandiendo la devastación, ni que las ganancias de corto plazo amenacen el bienestar y el futuro general. Exactamente a contramano del obsoleto paradigma que domina las mentes y los corazones de quienes, aquí, controlan el poder económico y político.

Las buenas nuevas son que esa mentalidad se enfrenta con una oleada de jóvenes, mujeres y otras expresiones sociales que asumen que es insuficiente cambiar de personal de Gobierno, que se trata de contestar la concepción de los caducos, no solo por necesidad de libertad y justicia, sino de sobrevivencia.