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Tomates golpeados, apartados del cajón y desechados en un balde lejos de la mercadería ya seleccionada. Papas con una forma poco estética que las amas de casa ralean al escoger las frutas, verduras o tubérculos para llevar a la casa. Guineos que son separados como si tuvieran lepra para que no contagien su proceso de descomposición a las demás frutas… Las cantidades de alimentos que costó producir y que no llegaron a la mesa son significativas, incluso hasta vergonzosas.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura –FAO, alrededor de un 30% de los alimentos producidos para el consumo humano en todo el mundo se pierden o desperdician cada año. Esto equivale a 1.300 millones de toneladas de comida.

El desperdicio se puede dar por cuestiones tecnológicas, factores económicos, decisiones comerciales y por prácticas, actitudes y comportamientos humanos”, afirma Robert van Otterdijk, tecnólogo de la comida que trabaja para la FAO.

Para Camelia Bucatariu, oficial técnica de desperdicio alimenticio de la misma oficina que van Otterdijk, el problema del desperdicio afecta de forma directa y global a la seguridad alimentaria y nutricional de todos.

“Hay que ser conscientes que para producir estos alimentos en cualquier lugar del mundo, se consume una gran cantidad de recursos naturales preciosos como tierra, agua y energía y todo en vano porque estos alimentos no se consumen. No podemos permitir que esto ocurra”, afirma.

Gabriela Molina es economista de profesión y rescatista de alimentos por voluntad propia. Su trabajo lo realiza dos veces por semana. Sale los martes y sábados. En total son seis los voluntarios y dos las rutas de rescate.

Con la premisa de respetar el alimento al máximo, con guantes y barbijo reciben los productos crudos que en el patio de comidas del Beauty Plaza y el mercado minorista La Ramada iban a desechar, los colocan en kits, los pesan y les sacan fotos.

Cuando hacen la entrega de estos insumos al hogar de niños Santa Cruz entran a la cocina y vuelven a pesar y fotografiar el envío para garantizar que todo llegó a destino. No se trata de basura en absoluto, sino de alimentos que aún conservan su valor nutritivo y que por motivos estéticos otros no quieren.

La idea es una iniciativa que se ha ido contagiando en el continente. Plato Lleno empezó en Argentina en 2015 y se fue propagando a Uruguay, Brasil, Costa Rica y ahora en Bolivia.

“Iniciamos el primer rescate en diciembre de 2018. En realidad, comencé yo con un amigo chef. Debido a mi experiencia gastronómica tengo bonitas relaciones con gente del área y empecé rescatando de sus restaurantes e hicimos una primera ‘sopa solidaria’, con lo que recuperamos, lo hicimos en un hogar. Previo a ello fuimos a ver cuáles eran sus condiciones, cuántos niños tenían, qué había para comer y cómo cocinaban”, relata Gabriela.

La iniciativa en Bolivia

Plato Lleno contribuye a la lucha contra el desperdicio y el despilfarro del alimento. Nace con la intención de rescatar alimentos excedentes totalmente aptos para el consumo, que antes, por diferentes motivos, se terminaban desechando. La iniciativa que encabeza Gabriela recupera alimentos excedentes de eventos, empresas y fábricas cuyos productos no pasaron los controles estéticos de calidad y no pudieron comercializarse.

El proyecto se encarga de llevar los alimentos a la institución designada como ser hogares de tránsito y comedores comunitarios que quieran y puedan recibirlos. No tiene ningún tipo de costo para el receptor.

En nuestro medio empezaron rescatando como 50 kilos y ahora son como 100 mensuales.

Ojo que Plato Lleno no es una acción social. Que un hogar se beneficie con estos alimentos es un bonito efecto colateral, pero el objetivo principal es respetar el alimento y que éste no se bote.

¿Qué movió a Gabriela para reparar en el tema del desperdicio? Cuando entró más en contacto con la cocina como parte de su beca en los primeros años de universidad en EEUU, vio que se echaba mucho alimento al triturador. “Para mí estar tirando kilos de camarones era un pecado y moralmente me sentía mal, especialmente porque a unas cuantas cuadras había gente pidiendo comida en la calle. Eso era muy chocante”.

La estudiante de Economía no entendía cómo no podía arreglarse logísticamente algo tan sencillo. “Si bien había mucho temor por temas legales y de demandas de millones de dólares (de alguien a quien se podía haber enfermado con la comida donada), las empresas han ido trabajando en eso y actualmente hay políticas que ayudan un poco a proteger al donante”, cuenta Gabriela visiblemente entusiasmada, explicando la situación en el continente del norte donde estudió.

Pero eso no es todo. Recuerda cómo también le impactó su propio círculo social y su familia, sobre todo en el aspecto del cómo se hacen las compras.

“Somos una sociedad que se ha vuelto obsesionada con la estética, aún más con las redes sociales, queremos que todo se vea bonito y perfecto cuando el alimento en realidad está bien por dentro, por más que esté chuequito, golpeadito, o más maduro. Por ejemplo, el guineo, mientras más maduro está es más beneficioso y saludable. A la casera o al supermercado se le devuelve lo que está golpeado y en realidad su valor nutricional está intacto, no deberíamos rechazarlo, sino comprarlo”, dice.

La rescatista de alimentos también hace reflexionar: “Hay cadenas americanas que lo que vos devolvés porque tu orden la tomaron mal, lo tiran. Lo estoy contando para pensar dos veces antes de salirnos con nuestro capricho. Imagínense, algo que está en un perfecto estado, solo porque hubo un error al hacer el pedido, lo van a tirar”.

Crear conciencia

¿Qué hacemos mal desde casa? Antes de hacer las compras hay que sentarse a elaborar una lista en base al menú de la semana. Es muy impulsivo salir a comprar sin lista cuando en realidad es básico ver qué se va a consumir en la semana para no tener que tirar a la basura lo que estuvo por demás y se fregó. Todos estamos a tiempo de corregir malas costumbres.

Y cuando se va a comer fuera de casa, tratar de compartir y no pedir de más; si la familia está compuesta por ocho personas usualmente seis platos alcanzan y si sobra, opte por llevárselo porque siempre hay alguien que necesita y lo puede aprovechar.

Generosidad en La Ramada

El nuevo mercado minorista La Ramada abrió las puertas a los rescatistas de alimentos; cuando llegan los sábados caminan junto a alguien de la administración que los valida y no faltan las caseritas que quieren regalar algo en buen estado. Pero les explican que no quieren lo que pueden vender, sino lo que apartaron en sus baldecitos como piñas bien maduras que van a tirar y que en cuestión de una hora otro podría estar aprovechando en un rico jugo.