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Mónica Heinrich - Productora Audiovisual

Las desdichas de la vida conyugal. El cine poniendo su lentecito odioso en esa herida que supone una ruptura, en ese audio filtrado, en ese “olvídame y pega la vuelta”, es bastante común. Se han realizado hermosas películas sobre eso que un trovador describió: “Dicen que cuando un silencio, aparecía entre dos…era que pasaba un angel que les robaba la voz”.

Siguiendo la analogía, Baumbach lanza su Marriage Story (Historia de un matrimonio) con la historia de un angelote robándoles la voz a una parejita de gringos bien, en la américa bien, en un contexto bien.

Y Baumbach es casi un experto en eso de exhibir silencios, rupturas, toxicidades, y jodidez de ‘gente bien’. En su opera prima Kicking and Screaming, unos egresados jailones eran incapaces de soltar su vínculo con la universidad y afrontar la vida adulta. 

The Squid and the wale, otra de sus películas más conocidas, también es sobre un agrio divorcio y un par de intelectuales mañosos. Margot at the wedding hablaba sobre una depresiva escritora y el insano entusiasmo que pone para frustrar la boda de su hermana. Frances Ha nos contaba cómo una aspirante a bailarina trataba de cumplir tardíos sueños. En While we were young, era una pareja de cuarentones intelectuales tratando de tener un hijo y de mantener la ‘chispa’ juvenil, lo que preocupaba a Baumbach. The Meyerowitz Stories también nos acercaba a la disfuncional vida de una familia destacada. No hay que negarlo, Baumbach sabe de lo que habla y habla de lo que sabe.

Se lo ha comparado con Woody Allen, porque sí pues, estas historias de relaciones disfuncionales, matizadas con diálogos inteligentes, con generalmente New York o newyorkinos de fondo, son firma de Woody. 

Baumbach, sin embargo, tiene un cine que es bastante identificable. Sus personajes podrían ser parientes, o gente que tarde o temprano viva en el mismo barrio. En Historia de un matrimonio quizás se conjuga lo mejor de su cine. Bueno, lo mejor y lo peor.





El guion que es escrito por Baumbach, lleva al espectador por ese tortuoso camino de una separación

Charlie Barber (Adam Driver) es un reconocido director teatral casado con Nicole (Scarlet Johanson), una actriz que tuvo su pequeño momento de estelaridad cuando era joven y que al enamorarse de Charlie se dedicó por completo a la compañía teatral del marido. Ese parece ser el origen de todo el despelote que viene después, sueños y realizaciones personales postergados para darle alas al señor Charlie. Claro, versión Nicole, porque Charlie tiene otra versión de lo que ha pasado.

La película comienza cuando la parejita está en terapia intentando lidiar con el inicio del divorcio. El terapeuta les dice que tienen que recordar que una vez se amaron y les ha pedido que escriban las cosas que les gustaba al uno del otro.

Ese inicio fue muy bueno, porque al escuchar y descubrir las pequeñas cosas que hicieron que esta gente estuviera junta o viera una vida en común posible, sentís mayor tristeza cuando te das cuenta que el muerto, muerto está y ahora hay un cadáver podrido que hay que enterrar lo más antes posible.

El guion que es escrito también por Baumbach, lleva al espectador por ese tortuoso camino que significa una separación en la que existen, aunque no lo parezca, hondos resentimientos. Porque sí, nadie se separa después de años de alguien y encima con hijos, sin que los resentimientos salgan reventando como pipocas.

Básicamente, la película propone eso. Una mirada a esa relación rota, sus motivos (diferentes para cada uno) y cómo terminan entrampándose más en lo tóxico cuando introducen abogados que terminan de dinamitar el vínculo.

Es el ángel para un final, la muerte y autopsia de un amor. Yo lo he visto muchas veces en distintos tonos, quizás una película que se me quedó mucho más tatuada fue la belga L´economie du couple (Después del amor), película durísima que no se mueve entre histerias gratuitas o como un espeso drama de pareja. Es más bien una mesurada y sincera aproximación a esa atrofia del ‘nosotros’.

Historia de un matrimonio, por su parte, tiene la ligereza del relato ya clásico de Baumbach en el que se mezcla un poco de humor, un poco de desenfado, y que en algún momento te estrellará en la cara escenas como la de la abogada y el relato de Nicole acerca de porqué se separó. Son escenas arquetípicas de Baumbach, que funcionan muy bien. 

En esa ligereza, en esos problemas de gente bien que vive acomodadamente entre New York o Los Ángeles, y que pueden permitirse el lujo de pagar abogados de $us 25.000, te llegás a conmover con ese cadáver apestoso que es la relación del brillante director de teatro indie y la actriz en ciernes con aspiraciones a directora. Algo muy incómodo se agita dentro tuyo en la escena que yo titulo “el gritonerío”. 

Sobre todo, la frase final me pareció de una violencia que me dejó paralizada al comprender la magnitud del rencor de Charlie. Y, en medio de todo el despelote de dos personas adultas que no pudieron ponerse de acuerdo, queda el pequeño hijo. Rehén de las malas decisiones de la parejita.

¿Confirmamos que es una de las mejores actuaciones de Scarlett Johanson y de Adam Driver? Confirmamos, ambos están absolutamente compenetrados en mostrar su vulnerabilidad ante la situación. Entre lo negativo, o lo peor del cine de Baumbach, está este tono un poco artificioso que sentís cuando ves las “puestas en escena” del director de teatro, o la franca admiración y condescendencia con la que siempre se retrata el mundillo intelectual, o la abogada interpretada por Laura Dern lanzando consignas muy en boga con lo políticamente correcto en cuanto a la mujer y el papel de la mujer en la sociedad. 

Otra escena medio al pedo fue la cortada en el brazo. Y sé que mucha gente amó las intervenciones musicales de Nicole y de Charlie, sobre todo Charlie cantando Being Alive, para mí fue horrible…sobre todo lo de Charlie. Encontré esas intervenciones efectistas y puestas con calzador, un remarcado innecesario.

No obstante, Historia de un matrimonio termina y al terminar disuelve cualquier cosa que no te haya gustado, se sirve del elemento más emotivos, de lo que mejor representa a la película y queda como un recuento de los daños, como ese ‘nosotros’ roto sin remedio, como una muestra de todo lo que no hay que hacer, y como un recordatorio que lo que está vivo puede morir cualquier rato.