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Gi Taek y su familia están sin trabajo. Cuando su hijo mayor, Gi Woo, empieza a dictar clases particulares en la adinerada casa de Park, las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a dos mundos totalmente distintos, comienzan una relación de resultados imprevisibles.

“Me parece que es una película súper fuerte y se parece mucho a nuestra realidad, en la que las brechas sociales y económicas están bien marcadas”, dice Christian Mercado acerca de Parásitos. El actor boliviano, que destaca el sentido del humor ácido e impredecible en la película, confiesa haber sido conquistado por la cinta de Bong Joon-ho, que en la ceremonia de los Óscar de este año se llevó cuatro estatuillas, incluyendo la de mejor director y, por primera vez en los 92 años de los premios de la Academia, la de mejor película en lengua extranjera y mejor película, la principal de las categorías.

Al igual que Mercado, el mundo ha sido cautivado por esta producción, que en 2019 ya se había llevado la Palma de Oro de Cannes. A partir de este filme, gran parte del mundo también ha empezado a descubrir el cine que se hace en Corea del Sur. No obstante, la cinematografía del país asiático tiene una larga e interesante historia.

La primera edad de oro del cine coreano se remonta a la década de los 60, previo a la dictadura de Park Chung-hee, con el trabajo de directores como Kang Dae Jin, Yoo Hyun Mok y Kim Ki Young.

A fines de los años 90, tras dejar atrás los recuerdos de la dictadura, aparece una segunda ola, en la que se comienzan a ver los frutos de políticas gubernamentales a favor de la industria. Ahí empiezan a brillar las primeras cintas de Hong Sang-soo, como su ópera prima, El día que un cerdo cayó al pozo (1996). Luego sobresalen La isla (2000), de Kim Ki-duk, Oasis (2002), de Lee Chang-dong y Oldboy (2003), de Park Chan-wook.

Para ese entonces, Bong Joon-ho ya había debutado en la dirección con Perro que ladra no muerde (2000), sobre un profesor universitario que secuestra el perro de un vecino.

Con Memorias de un asesino (2003), empieza a ser reconocido en nuevos niveles de la industria y logra ingresar en el festival de cine de San Sebastián, donde obtuvo tres galardones incluyendo el de mejor director.

Alejandro Suárez califica a la cinematografía coreana como muy sólida, debido a que lleva años ubicando grandes películas en las carteleras y festivales del mundo. “Eso no se logra por generación espontánea, se necesita potenciar todos los elementos que componen la cadena y que van desde la formación de cineastas hasta la distribución de películas. 

Estamos, posiblemente, ante uno de los mayores casos de éxito mundial en cuanto a políticas de incentivo a la cinematografía. Los coreanos han entendido muy bien que la industria del cine genera empleo, mueve la economía, es un gran aglutinador social y ubica al país en los ojos del mundo”, menciona el productor de Santa Clara, quien, acerca del cine de Bong Joon-ho, opina que es “creativo, irreverente y con un gran dominio técnico en todos los elementos de una película”.

La industria del cine coreano se ve respaldada por políticas públicas, que estipulan un plazo de 73 días de exhibición en salas para los filmes nacionales. Para el cineasta Marcos Loayza, la cuota de pantalla ayuda, pero subraya que eso de nada serviría sin políticas integrales de Estado que valoren, desarrollen y promuevan su cultura. “Sin eso tampoco se entiende el fenómeno por ejemplo del K-Pop. Algunos especialistas vaticinan que el próximo éxito será la gastronomía de ese país. A eso se suma una buena ley de cine, que cada año recoge dinero de apoyo, llegando este año a casi 90 millones de dólares. Y hace años que el cine coreano factura más de 100 millones en el resto del mundo”, indica Loayza.

Paolo Agazzi coincide en que el cine coreano ha alcanzado altos niveles de calidad, gracias al apoyo estatal a la industria. Asimismo, critica a Hollywood por pretender que se lo reconozca como el descubridor del cine coreano para el mundo. “Es una de las realidades cinematográficas más interesante de los últimos años, pero también hay mucha hipocresía en la forma en la que se la está mostrando. Por ejemplo, que este año reciba un Óscar doble a mejor película de habla no inglesa y, por primera vez en su historia, a mejor película, no me parece correcto. Por qué no se hizo lo mismo con películas de Fellini, de Bergman o de Kurosawa. ¿Acaso no lo merecían?”, cuestiona Agazzi.