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El riesgo de reseñar una propuesta musical es caer en un texto que disfrace, bajo el velo de intelectual, un trabajo meramente referencial, trabajo que termina por privar a cualquier álbum de estudio, en este caso Noche 3 de Charango, de aquello que dice y que verdaderamente vale la pena escuchar. No me interesa, en ese sentido, enlistar las varias influencias y referencias (declaradas por la misma banda) que discurren a lo largo de nueve piezas ni tampoco clasificar al grupo en uno o dos términos.

Me interesa, en cambio, aquello que merece más atención: lo oculto, lo oscuro, lo suspendido y lo ingrávido que son posibles en el espacio que Noche 3, por excelencia, se encarga de construir.

Si pensamos al fantasma desde la voz griega phaínesthai (aparecer) comprendemos que su bien llamada aparición tiene algo de espectáculo y visibilidad. Es, luego, el contexto de Noche 3 quien se encarga de devolverle a esto que ahora es visible su cualidad de difuso, lejano, invisible: “Ese amor eléctrico es un fantasma pálido como el humo disolviéndose en la brisa”.

El espacio que las nueve canciones del álbum se encargan de construir es uno que no solo permite estas aparentes contradicciones, sino que las incita y activa.

La respiración de uno confundiéndose en la voz de otro, la imposibilidad de responder al quién soy, cuerpos encontrados pero ausentes, una conversación en silencio, todos ellos se encargan de otorgarle a este escenario cualidades de lo ingrávido (suspensión y flotación), de lo secreto (aquello que aguarda a ser revelado) de lo imposible (lo que no está previsto ni por lógica ni razón). Es por esto que este espacio, perfectamente capaz de presentarse como un mundo sujeto a sus propias leyes, invita a ser recorrido, invita, a manera de una de las piezas del álbum, a despertar en él.

Confluyen en él, además, elementos musicales que refuerzan estas ideas: arpegios ascendentes que no se resuelven sino en ellos mismos repitiéndose una y otra vez, suspensiones armónicas que se apaciguan momentáneamente para difuminarse en muros de sonido, ostinatos onomatopéyicos que se debaten entre latidos de un corazón y el fluir de las aguas.

Noche 3 es una apuesta arriesgada sobre un mundo que, al menos musicalmente, es difícil de construir. Es ahí cuando la librería musical abandona la pasividad de la referencia y se constituye como pilar esencial de la propuesta, ahí cuando cada sonido está inserto en función de algo.

Pero Noche 3 no es tampoco una mera exposición de ese otro mundo, sino una reflexión del mismo. Y es por eso que lo plantea de diferentes maneras. Es, en algún momento, el mundo de afuera: “Esperaba que salgas conmigo a caminar y esa nube cargada dejó tan oscura la ciudad”. Es, en otro momento, el mundo de adentro: “Detrás de los ojos claros está el hoyo negro”.

Pero es también, en la pieza que lleva el mismo nombre del álbum, ambas cosas: “Y me hundo en la noche sedienta de besos, en una avalancha repleta de cuerpos; toda esa gente que mira de frente cubierta de lava ardiente”.

Por lo que vale la pena recalcar que el álbum, de principio a fin, plantea la construcción de una idea. La explora, la difumina, la oculta y la suspende sin la necesidad de explicarla o justificarla porque, a manera de lo que se propone, lo oscuro es también facultad del conocimiento.

Muestra no solo de composición arriesgada, composición que parte de un homenaje melómano al contexto del que Charango se nutre, sino también de una escritura rica en cuerpo y sustancia, el álbum se aleja abismalmente del collage musical en el que se detiene la referencia y propone nueve piezas que dirigen la atención a nuevas maneras de pensar y concebir los campos temáticos que abarcan. Se trata de suspensiones, confusiones, búsquedas y deseos a los que vale la pena, como a la noche, (más bien) despertar.

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