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Olga Tokarczu es dueña de una poética que se mueve entre la anatomía y la astrología, la prosa y el teatro, el thriller y el ensayo ecologista, el fragmento y la novela, la ficción y el libro de viajes, su Polonia natal y cosmópolis. Es un juego constante de tensiones, contradicciones y cruces de frontera. 

Peter Handke es un dramaturgo radical, cineasta, poeta extraño, autor de novelas inolvidables como Lento regreso o Tarde de un escritor, discípulo de Hugo von Hofmannsthal y Robert Walser, cómplice de Wim Wenders, un autor que se encontraba desde finales del siglo pasado en una suerte de limbo moral por su posición a contracorriente respecto a la guerra de los Balcanes .

Opuestos y similares, a la vez, así son los caminos que han recorrido los ganadores del Premio Nobel de Literatura 2018 y 2019, respectivamente, que esta semana anunció la Academia Sueca.

El doble fallo del jurado, anunciado en Estocolmo, ha premiado a la polaca Tokarczuk por “su imaginación narrativa, que con una pasión enciclopédica, simboliza el traspaso de las fronteras como forma de vida”. Por su parte, el austriaco Handke es reconocido por una obra “llena de ingenuidad lingüística que ha explorado la periferia y la singularidad de la experiencia humana”.

El doble premio es la consecuencia de la cancelación del premio del año pasado. En verano de 2018, el dramaturgo y fotógrafo Jean-Claude Arnault, esposo de la académica Katarina Frost, se ganó 18 denuncias por vejaciones y abusos sexuales, además de traficar con filtraciones sobre los fallos del jurado. Otros 18 miembros del jurado renunciaron a sus cargos cuando se conocieron las acusaciones.

Nobel de la nueva era

Tokarczuk no ha cumplido los 60 años, de modo que simboliza la apuesta del máximo galardón literario por el relevo generacional y el descubrimiento. “Todavía no me doy cuenta y me alegro mucho de que Peter Handke, a quien aprecio particularmente, recibiera este premio al mismo tiempo que yo. 

Es genial que la Academia Sueca haya apreciado la literatura de Europa central”, dijo Tokarczuk al enterarse. “Estoy muy orgullosa de ser la primera escritora premiada con esta nueva academia”, agregó en el sentido de que lo de “nueva” tiene que ver con los cambios que tuvo que realizar la institución tras los escándalos que atravesó el año pasado.

Nacida en 1962 en Sulechów, Olga Tokarczuk es una de las mejores y más celebradas escritoras de la actualidad en su país, y su premiación, que de paso dejó fuera de carrera a otras autoras, como la poeta canadiense Anne Carson y la norteamericana Joyce Carol Oates, la convierte en la decimoquinta mujer en recibir el máximo galardón literario, de un total de 116 ganadores desde 1901.

Autora de tres libros de relatos y ocho novelas, incluidas Los libros de Jacob (2014) y Los errantes, con la que ganó el premio Man Booker International 2018, además de haber sido nominado al National Book Award en la categoría literatura traducida, su estilo es una mezcla de realismo y misticismo que configuran una imagen compleja y grisácea de su país.

Olga se declara “feminista y vegetariana”, y además es miembro del partido los Verdes desde el año 2004. También ha sido crítica del partido de derecha Ley y Justicia (PiS), que actualmente gobierna Polonia, lo que la ha llevado a enfrascarse en una serie de bulladas discusiones. 

“Hay una fuerte propaganda ahora en Polonia. No puedo recordar una propaganda tan fuerte incluso en mi infancia bajo el comunismo. Esto, ahora, es mucho más fuerte y mucho más sofisticado, utilizando el poder de Internet y las noticias falsas”, comentó la escritora hace un año. “En el momento en que vivimos ahora en Polonia, el papel del escritor es muy especial. Tenemos que ser personas honestas y decentes, para escribir sobre el mundo de la manera correcta”, añadió la galardonada.

Envuelto en controversia

“¿El Nobel de Literatura? Habría que suprimirlo. Es una falsa canonización que no aporta nada a los lectores”, dijo Peter Handke en el pasado. Y la opinión, diga lo que diga el escritor el próximo diciembre en su discurso de aceptación del Premio Nobel, está en perfecta sintonía con un personaje incómodo y difícil de encerrar en una única definición.

 De momento lo que ha salido de sus labios al conocer el veredicto es su profundo asombro por la “valentía del galardón”. Y no es para menos. Handke pasó de ser el niño prodigio de las letras alemanas en los años 70, el amigo del alma y guionista de algunas de las mejores películas de Wim Wenders, al autor demonizado por haber defendido la causa serbia durante la guerra de los Balcanes, con visita de Milosevic en la cárcel y discurso fúnebre del genocida incluidos, dos décadas después.

Poeta, dramaturgo y novelista, la obra de Handke (72 años) gira alrededor de la soledad y la falta de comunicación, con personajes angustiados, inmersos en problemas existenciales. 

Escribió su primera novela, Los avispones, en 1966 y ha sido autor de guiones para el mundo del cine, llegando a ganar el Premio del Cine Alemán a Mejor Guión. Entre sus primeras obras como dramaturgo destaca Kaspar (1968), que presenta el caso de Kaspar Hauser, un adolescente del siglo XIX que creció totalmente aislado y al que la sociedad destruye al imponerle su lenguaje y sus valores racionales.

Su consagración llegó con su novela más conocida El miedo del portero al penalty (1970), de tono existencialista, en la que se relata la historia del antiguo guardameta Josef Bloch, después de ser despedido de su trabajo como mecánico. 

Fue llevada al cine por su amigo el director alemán Wim Wenders, con quien ha realizado seis proyectos, como el guion de El cielo sobre Berlín (1987). En otro de sus grandes títulos, Desgracia impeorable (1972), Handke recrea la vida y el suicidio de su madre, a los 51 años, en el que es considerado el mejor texto para introducirse en el universo del autor.

La polémica marcó la vida de Handke a partir de la publicación de Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Sava, Morava y Drina, o justicia para Serbia, en 1996. Los críticos han considerado esa obra como un panfleto proserbio y algunos sostienen que llega a poner en cuestión el genocidio de Srebrenica, en el que en 1995 fueron asesinados unos 8.000 musulmanes por las fuerzas serbobosnias.

Handke se limitó a criticar que se hubiera demonizado a los serbios y se les achacase todos los males de la guerra.