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“Sigo siendo el pionero del blues en Santa Cruz, bueno, que le voy a hacer no tengo otro título”. 

Era una tarde calurosa de 2008 y Drago Dogan, que pocas veces se animaba a dar entrevista contaba cómo llegó a Bolivia y, entre otras cosas, qué era el blues y con qué cualidades se debía contar para tocarlo. Para ese entonces, el músico ya se había convertido en una leyenda en esta tierra, ya había cruzado el gran charco y abrazado la música negra para siempre.

Proveniente de Croacia (más precisamente de un pueblo situado en la costa del mar Adriático), en 1988 llegó a La Paz “detrás de un amor”. Fue parte del mítico pub paceño El Socavón, donde tocaba armado de una guitarra acústica y una armónica Hohner. De entrada logró volar la cabeza a los habitués del local.

Allí creó su primer grupo, Mama Coca Reggae Band, junto a Grillo Villegas, Rodolfo Ortiz y Christian Krauss. Luego vino Drago Blues Band, conformada por el fallecido Luis Kuncar y Vichi Olivera.

La banda, que hizo giras nacionales, inauguró el primer escenario del Equinoccio en 1992. Ese año marchó hacia el oriente. 

En Santa Cruz de la Sierra, donde pasó el resto de su vida, tocó primero con los hermanos Vargas y el Gato Pinaya. Luego, fundó un pub e impulsó muchos festivales de blues. A fines de los 90, formó el grupo Dínamo. Sus créditos figuran en el tema El exterminador del disco debut de Los Perros Rabiosos, Un par de blues.

Fue uno de los infaltables en Clapton, la vieja tapera del blues, y participó en un par de versiones del Festival Internacional de Blues y Jazz, organizado por el extinto Abraham Ender.

Antes de tocar, en el festival de 2001, dijo: “No ganamos un puto duro con esta música, pero es lo que amamos”.

¿Quién detendrá la lluvia?

Drago Dogan, el hombre grandote de mirada desconfiada y, a la vez, amigable, el hombre de blues, ya no está. Queda su recuerdo, queda la música. Los amigos se juntaron a tocar y despedirlo el miércoles, en el Bar ruta 66 Los Huesos. Allí estaban sus cenizas y los recuerdos, las anécdotas.

Su cuerpo había sido encontrado el domingo en su cuarto del barrio Vida Nueva, situado en el kilómetro 9 de la carretera a La Guardia. “Estaba tranquilo, subiendo su comida”, contó su amigo Roy Vélez, que en este último año le dio una gran mano, al conseguirle un techo y hacerlo parte de las actividades culturales en el barrio.

Drago la había pasado mal durante mucho tiempo, aunque encontró otra oportunidad en la vida. Y la estaba aprovechando. Pero no sabía que el fin del camino estaba cerca. O tal vez lo sabía.

Además de un artista talentoso, era una persona muy perspicaz. Hace tres años circuló la noticia de su muerte en las redes, generada por los que no sabían de él. Algunos lo buscaron. Estaba bien, dando clases. No quería dar entrevistas, ni darle gusto a los que hablaban. Optó por la soledad. La calle fue su hogar.

En diciembre del año pasado apareció en el boliche de Napo Aguilera. En Año Nuevo ya estaba tocando un viejo blues, compartiendo de nuevo esas sesiones interminables de música. La guitarra era de nuevo su amiga.

Aunque el viaje terminó, los blues siguen sonando. Drago se ha ido, pero queda el recuerdo de un grande que pasó por esta vida y por esta tierra cálida.