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Hay libros de cuentos que problematizan el género, no tanto porque cuestionen las reglas del juego, sino la visión del conjunto: ¿por qué no los pensamos como novelas? Si ponemos la premisa de la unidad como razón suficiente, bien podrían ser considerados como tales.

Pienso, por poner algunos ejemplos, en Hijo de Jesús, de Denis Jonhson y en Natasha, de David Bezmozgis, en Los Lemings y otros, de Fabián Casas y en Vacaciones permanentes, de Liliana Colanzi. Quizás asumir a esos libros como volúmenes de cuentos y no como novelas es una apuesta que busca reivindicar un género ‘menor’.

En esa elección hay una postura política y una toma de posición con respecto a un mercado que privilegia a la narración de largo aliento: es una afrenta contra un monopolio. Salmuera, el reciente libro de Natalia Chávez Gomes da Silva (Santa Cruz, 1989), entra en esta discusión.

Podríamos pensarlo como una novela ya que todos los relatos tienen como protagonistas o narradoras a mujeres muy parecidas entre sí. Casi todas tienen más o menos la misma edad, son jóvenes y se encuentran en medio de una crisis: la vida como la conocen se disuelve, se convierte en otra cosa.

El mundo que permea las narraciones tiene su centro de gravedad en la familia. Los últimos, los de la etapa norteamericana por ponerles un nombre -la autora trabajó en este libro mientras cursaba el MFA en escritura creativa en la Universidad de Nueva York-, juegan abiertamente con la autoficción.

Sin embargo, a pesar de estos indicios que remarcan una unidad, los leemos como cuentos. Hay una apuesta por visibilizar el género que es casi una declaración de principios. Arranca con ‘Aferrar’, en el que una muchacha que huyó de casa cuando tenía diecisiete, tiene una compulsión por hacer listas, como si en ese ejercicio cifrase su vida. Vive con un hombre mayor que se marchó a trabajar a otro país y que eventualmente le manda sobres con dinero.

Es una exploración minuciosa de un tipo de soledad que sólo sucede en una etapa de la vida en la que la experiencia es nueva y por lo tanto la soledad aparece revestida de un aura misterio, antes de que se vuelva amargura.

Ocurre un encuentro con una mujer que apareció de la nada en una noche en la que la muchacha fumaba fuera de casa. Una mujer que hace de su vida un arte de la fuga.

Ese deseo de borrarse es otro de los centros neurálgicos del libro y se lo aborda en ‘Garganta’, en la que una niña es vendida a un hombre que regentea antros y en ‘Refracción’, en el que la madre de la narradora, una fotógrafa amateur, desapareció sin dar señales de vida. En el libro hay encuentros insólitos -además del que ocurre en ‘Aferrar’ cabe destacar el último, ‘Deriva’- así como hay noches insomnes y vagabundeos en el que el caminar acompaña al vértigo metafísico.

Tomemos como ejemplo ‘La superficie’, otro de los cuentos de la etapa norteamericana, quizás mi preferido del conjunto, en el que una ola de calor arrasa Nueva York y convierte a la ciudad en un objeto surrealista. La narradora aborda su cuerpo de la siguiente manera: “Mis vísceras se secaban y la humedad que les da elasticidad se exprimía de ellas y emergía transpirada de la membrana que mantiene reunidas las partes de mi cuerpo. La piel es la bolsa en que transporto todo lo que llevo; lo único que tengo.

Eso que va conmigo a donde voy”. El cuerpo como experiencia límite también está abordado en el relato que da título al libro, en que la madre de la narradora se encuentra en un estado vegetal debido a un error con la anestesia aplicada en una operación del apéndice.

“Después de bañarla, le paso crema desde la frente hasta los dedos del pie. Siento sus huesos debajo de la capa de piel que parece hacerse más delgada con cada pasada de mis manos. Siento la clavícula, las costillas, el esternón, las caderas, las rodillas, los tobillos; parezco un saqueador intentando descubrir qué hay dentro de una bolsa.

Huesos.”, anota en este pasaje que tiene resonancias con el inicio incendiario de la novela de Rick Moody, Purple America. Nueve años tardó Chávez Gomes da Silva en publicar Salmuera, su segundo libro: un trabajo exhaustivo que resplandece en relatos en los que la sutileza no está peleada con la fuerza, y en el que se vislumbra el extrañamiento del mundo narrado por mujeres que transitan esa frágil línea a punto de quebrarse que separa la vida como la conocen de esa otra que espera tan cerca, y que es incierta e inmisericorde.

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