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“Hay que mantener la curiosidad. Conseguir buenos genes -yo los conseguí de mi madre-, y tener costumbres y hábitos de vida muy regulares. Cultivar la austeridad y la sobriedad. ¡Y –entre risas– no leer porquerías!, como a Hegel, Heidegger, ni a Nietzsche, que es el más venenoso”.

El científico y filósofo argentino Mario Bunge falleció este martes 25 de febrero a los 100 años, en Montreal, Canadá, donde residía desde hacía más de 50 años. Fue filósofo, físico y epistemólogo. En más de una oportunidad expresó públicamente sus críticas a lo que denominaba pseudociencias, entre las cuales incluía al psicoanálisis, el chamanismo, la homeopatía y otras medicinas alternativas.

Empezó con Física en 1937 en la Universidad de La Plata y después sumó Filosofía, su verdadero amor. “Yo me propuse renovar la filosofía para volverla acorde a las ciencias del momento. No creo en filosofías eternas, perennes, creo que la filosofía es hacer permanente”, dijo. Publicó cientos de artículos y docenas de libros. Dedicó gran parte de su vida a la docencia, fue Príncipe de Asturias en 1982 y fue homenajeado con más de 20 doctorados honoris causa. Fue tapa de la revista Noticias bajo el título “El hombre más inteligente de la Argentina”.

En su última entrevista, a pocos días de haber cumplido sus 100 años, el filósofo se mostró distante de su Argentina natal: “Hace mucho que no pienso en la Argentina. (...) Ya no me interesa. Hace un siglo fue un país importante, pero hoy no. Demasiadas dictaduras y crisis sociales, económicas y políticas”.

Pero durante un encuentro con el neurocientífico Facundo Manes, hizo una pintura emotiva de la Argentina que añora: “Hay algo que no he encontrado en ninguna parte. Yo echo de menos al venteveo, al hornero, al tero. Echo de menos las pampas... Las pampas son únicas; montañas hay en todas partes... las lagunas argentinas que se llenan de pájaros cuando caen las tardes son únicas”, explicó, y agregó que añora “la facilidad con la que uno se hace de amigos (y enemigos) en este país”.

Bunge se había ido del país al filo de la dictadura de Juan Carlos Onganía, que vació la universidad pública de una generación de grandes cerebros: “Tuve miedo de la policía. En Montreal sólo una vez me visitó la policía… ¡para avisarme que mi auto estaba mal estacionado! En cambio, en mi país me metieron preso por no tener documentos de identidad”.

Luego de escribir a varios amigos por el mundo en busca de alojamiento, había dado algunas vueltas entre Estados Unidos y Europa. Su esposa, doctora en Matemática, recibió una invitación para mudarse a Canadá. “Y la seguí a ella, como dice el tango”.

En una de sus visitas a la Argentina luego de mudarse al país norteamericano, fue al programa radial de Jorge Lanata. “Hoy los partidos casi no existen, y lo que veo es que el panorama político se parece mucho al de 1830 o 1840, cuando dominaba el ‘caciquismo’”, había dicho. “Los políticos hoy son caciques sin ideas”.

Sus pensamientos sobre el socialismo y el capitalismo eran bastante claros: “Hay consenso de que se ha desprestigiado, porque ha abandonado los ideales iniciales: construir una sociedad de socios, una sociedad en la que todo el mundo participe no sólo de la riqueza y de la organización de la misma y ya sabemos lo que pasó en la Unión Soviética, fue una dictadura. No fue una socialización de la propiedad, fue una estatización, que no es lo mismo. El ideal socialista es cuestión de saber cómo implementarlo”.

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