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Una de las razones por las que nos cuesta tanto aprender ortografía es porque la ortografía misma nació con muchos problemas de entendimiento, allá en los inicios del siglo XVIII. Hasta 1726 no había un acuerdo mayoritario para definir el criterio que debía regir en la escritura, si el de la pronunciación o el etimológico. Esta falta de acuerdo impedía una efectiva comprensión.

Desde 1741, con la publicación de la primera ortografía, hasta nuestros días hemos venido sufriendo la tarea de aprender una ortografía plagada de reglas y de excepciones a esas mismas reglas.

Hemos venido memorizando normas que carecen de lógica. Además de ello, hemos venido escribiendo sonidos que para nosotros son totalmente desconocidos, ¡y hasta tenemos una grafía para un sonido que no existe!

Por lo menos 12 años de nuestras vidas dedicamos al aprendizaje de la ortografía; es tiempo suficiente para que consigamos una uniformidad en nuestra escritura, pero la realidad es que en ese tiempo no hemos podido ni siquiera aprender efectivamente las tres reglas básicas de acentuación con sus excepciones de hiatos y diptongos.

El problema de la ortografía

El gran problema de la ortografía radica en la necesidad de tener que memorizar obligatoriamente demasiadas reglas que no se aplican a letra muerta porque cada norma conlleva varias excepciones. Además, hay que tomar en cuenta que en el estudio de la ortografía no se desarrolla ninguna habilidad expresiva o comunicativa.

Otro punto en contra de la ortografía es que nos impone a tener que transcribir sonidos que desconocemos o que hace siglos desaparecieron de nuestro sistema fonético. El caso más evidente es el de z, c y s, que en América solo equivalen al sonido de la letra s. Lo mismo ocurre con el par v – b, en el que hemos preferido pronunciar llubia en vez de lluvia.

El caso de la h es el más curioso porque seguimos insistiendo en representar con una letra un sonido que no existe en la lengua.

¿Cuál es la función?

Al margen de que la ortografía tiene su función principal de uniformar la escritura, la realidad es que hasta ahora solo ha servido para castigar a quien por accidente coloca una be donde tiene que ir una uve, por ejemplo escribir abión en vez de avión. En otras palabras, ha servido para poder distinguir al que sabe escribir del que no sabe, con la consiguiente burla y escarnio que eso genera en nuestra sociedad.

Cuando pregunto a mis alumnos de lingüística para qué sirve la ortografía, generalmente responden que sirve para distinguir una palabra de otra que suena similar (homónimos) o para diferenciar pares exactos gracias a la tilde. Y aunque están en lo cierto, es igualmente cierto que el contexto de la palabra permite disipar esas mismas dudas.

Quiere decir que la ortografía no es necesariamente la que me va a decir el significado o sentido de una palabra.

Ante todo este panorama, es necesario actualizar de alguna manera nuestra ortografía para que deje de representar un trauma más para nuestros estudiantes y se convierta en una disciplina amigable.

De esa manera dejaremos de lado las reglas y excepciones para dar paso a las estructuras novedosas y convencionales que nuestros hijos están utilizando ahora en las redes sociales, pues es ahí donde ellos están modificando nuestra lengua sin la censura que impone la enseñanza tradicional de la ortografía.

Ya es hora de debatir la cuestión de hacer la absurda distinción ortográfica entre c, z y s. La gran mayoría no hace esa diferenciación en la lengua hablada, pero la ortografía sigue resistiéndose a unificar estos sonidos.

Lo mismo debe pasar con el par g y j; sonidos absolutamente iguales en la lengua oral, de la misma manera que el par v y b. El caso de la h es el más pintoresco, porque a pesar de los siglos sigue ahí presente sin ninguna utilidad.

Vale la pena aclarar que todas estas propuestas las digo como persona dedicada al estudio de la lengua y no como aficionado frustrado con la ortografía; además, no soy el primero ni seré el último en tratar estos temas.

Es el momento de transformar hoy la ortografía porque es ahora cuando se está escribiendo más que nunca.

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