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Hace unos días, el historiador Carlos Mesa escribió: “Una generación de artistas plásticos a la que José de Mesa y Teresa Gisbert bautizaron como del 52 en alusión a la Revolución Nacional, comprometida no con un partido sino con las profundas transformaciones que se vivieron entonces, comenzó una andadura que ha dejado una huella indeleble.

Gil Imaná es uno de los representantes más destacados de ese grupo excepcional. Fuertemente influido por los antecedentes de la pintura indigenista y por el muralismo mexicano, el pintor fue construyendo una mágica amalgama entre ser humano y tierra. Una tierra inmensa, intensa, la del granito y la roca que esculpieron los Andes, la del viento sibilante y la inmensa altiplanicie depositaria de todos los tonos del ocre. Poco a poco, su paleta fue descubriendo ritmos, colores y sobre todo trazos que reflejan su cosmovisión”. 

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