Escucha esta nota aquí

Gil Imaná Garrón, sentado en su vieja silla Luis XV, a los 84 años ha perdido casi completamente la visión, pero no se equivoca nunca al señalar dónde están colocados los objetos artísticos que rodean su casa, desde una pintura colonial de autor anónimo que muestra a José, María y Jesús, hasta pequeñas piezas talladas que él y su esposa, Inés Córdova, fueron reuniendo durante toda su vida. Además de máquinas de coser de diferentes épocas, candeleros y vasijas que a ambos les gustaba coleccionar.

Sobre la mesa de su living hay dos esculturas de Marina Núñez del Prado (fallecida en 1955), una de sus grandes amigas, a quien Imaná considera la artista más importante de Bolivia y espera que ella pronto tenga un museo digno de su legado, como el que tiene en Lima (Perú). “Durante 32 años colaboré con Marina y ella en agradecimiento me nombró presidente vitalicio de la fundación que lleva su nombre”, cuenta Imaná. 

En una de las paredes, junto a las gradas, hay una pintura surrealista de Benjamín Mendoza y Amor Flores, artista boliviano que el 27 de noviembre de 1970 intentó matar al papa Paulo VI apuñalándolo con una daga cuando realizó una visita a Yakarta (Indonesia).

También hay cuadros de Enrique Arnal y una escultura de Ted Carrasco. 
Más allá, en una repisa, un torso de madera de su amigo cruceño Marcelo Callaú. “Tengo dos obras de Marcelo, una de su primera exposición, y otra de su última muestra”, explica Gil. 

Amigos cruceños
De Santa Cruz recuerda una exposición importante que tuvo en 1964. Pregunta por su otro amigo, Tito Kuramotto, y también menciona lo mucho que le sorprendió la última vez que estuvo en Santa Cruz y notó el gran desarrollo que ha tenido en comparación con los años 60.

Con otro artista cruceño, Lorgio Vaca, son los únicos sobrevivientes de lo que fue el grupo Anteo, que también lo conformaron Jorge Imaná (hermano de Gil, fallecido en 2014) y Wálter Solón Romero (fallecido en 1999), a comienzos de los años 50, en la ciudad de Sucre.

“Con Gil Imaná me une una estrecha y larga amistad y un cariño entre ambos. Ha sido para mí especialmente formativa la etapa que vivimos en Sucre con el grupo Anteo y con otros amigos que venían de diferentes disciplinas, como la literatura. Eso le dio al grupo una visión importante en las artes y en la historia nacional”, recuerda Lorgio Vaca. 

Ambos artistas se encontraron en Venezuela a finales de los 50 y junto con Regulo Pérez, que vivía en el país caribeño, fundaron la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Los Andes y dieron clases ahí durante tres años. Luego Imaná y Vaca retornaron a Bolivia.

 “Hubo la propuesta de volver a enseñar en la Escuela de Artes Zacarías Benavides, de Sucre, y no lo pensé. No me importó lo que me ofrecían de sueldo, que no era mucho. Lo que yo quería era enseñar, formar más artistas”, recuerda. Lo  poco que ganaba lo gastaba en la compra de materiales para los estudiantes que no tenían recursos. De esta forma, Imaná regresaba a su alma máter. En la Zacarías Benavides fue donde, de la mano del maestro lituano Juan Rimsa, dirigió su carrera artística, la de él y la de su hermano cuando apenas eran unos niños.

La Paz como centro

Gil Imaná vive en La Paz desde hace más de 50 años. Nació en Chuquisaca en 1933. Habita una casa que construyó a su gusto con su esposa, Inés, una importante artista ceramista que nació en Potosí. En la chimenea hay un pequeño mural que ambos crearon. Inés falleció en 2010 y fue el golpe más duro que ha recibido en su vida. Ahora vive bajo los cuidados de Grecia, que entró en el hogar Imaná Córdova hace 22 años.

La última semana de abril, Gil anunció que donaría todo su patrimonio artístico, consistente en 6.000 objetos, y su casa-taller de la calle Aspiazu y 20 de Octubre, en La Paz, a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia. Una donación que también puede sonar a una despedida, así pareció cuando Imaná dio su discurso en el acto organizado el 26 de abril, donde hizo oficial la donación. Entonces, el artista chuquisaqueño dijo, con la voz quebradiza:“En este acto se nos adelantó Inés. Me hubiera gustado que Inés, mi esposa, esté senta-da a mi lado. Toda nuestra obra se ha hecho con amor. Ahora son sus obras las que hablan y serán muy pronto las obras mías”. 

Gil siempre ha declarado su intención de despojarse de su obra cuando creyera que es el momento de hacerlo, así lo mencionó en una entrevista para este suplemento en 2014: “Yo vine desnudo y desnudo me iré. Voy a dejar todo a mi pueblo, al pueblo que me hizo crecer. Toda mi obra y la de Inés, mis propiedades inmuebles deseo que sean para Bolivia”.

Entre los seis mil objetos de arte que entregará hay pintura, escultura, artesanías, objetos precolombinos de un valor incalculable. Objetos suyos, de su esposa y de todos esos amigos artistas que los rodearon. La casa-estudio será restaurada por la Fcbcb, de acuerdo con una normativa patrimonial, y se pondrá en funcionamiento bajo el nombre de Casa Museo Inés Córdova-Gil Imaná, que resguardará de manera permanente la obra de ambos artistas bajo la administración del Museo Nacional de Arte (MNA).

La noche de esta entrega, Imaná se dirigió a Cergio Prudencio, presidente de la Fcbcb, y le dijo: “Solamente le pido que no se disgregue, que no sean unas obras que vayan aquí o allá, este es conjunto, una cosa forma parte de la otra. Espero que se conserve todo, no por un año, sino para siempre”

Imaná, a pesar de todo lo que ha podido hacer en su vida, sabe que le faltó mucho más por concretar. Por ahora, espera poder ver la inauguración de este museo. 

Trayectoria

En septiembre del año pasado, en el centro cultural Artespacio CAF, de La Paz, Imaná presentó su exposición individual número 100 desde que inició su carrera, que lo ha llevado a mostrar su obra en galerías y museos de países como Francia, la ex-Unión Soviética, Argentina, México, Brasil, Perú, Uruguay, España, Bulgaria, Estados Unidos, Bélgica y Venezuela.

“Exponer en Moscú fue maravilloso. Cuando estuve allá la presentación la hizo el célebre músico Aram Khachaturian. Después, tuve el privilegio de ser el primer boliviano en exponer en la sala Pedro, del Museo del Hermitage, en Leningrado. Hasta ahora el único boliviano que pudo estar ahí y fui el primer latinoamericano en hacerlo”, puntualiza Imaná, que, entre otros logros, fue el primer pintor boliviano que vendió sus trabajos en las casas de subastas Christie's y Sothebys, de Nueva York. Además, le concedieron el Cóndor de los Andes y recibió el Premio Nacional de Cultura en tres ocasiones. Le fue entregada, asimismo, la medalla Pablo Neruda (de quien llegó a ser amigo) del propio ministro de Cultura chileno. 

Búsquedas

Pintor, dibujante, grabador, escultor y muralista, en todas estas técnicas lo que Imaná buscaba era producir belleza. “Toda mi vida ha sido la búsqueda de la belleza. Cuando pintaba y cuando dibujaba buscaba la belleza. La belleza, yo creo, es algo inalcanzable, y, sin embargo, está en todas partes.

Está en las piedras, en los troncos, en las puertas viejas, en la mujer, en todas partes”, señala el artista, que le dio un lugar especial a la figura femenina en su obra, con cuadros como Mujer, Recogiendo coles o Tiempo de soledades, que las muestran en distintos espacios y labores. “No importa la edad, igual se puede encontrar belleza en una niña, en una joven o en una anciana. Yo creo que todas las mujeres son bellas, y cada una tiene una belleza particular. Algunas poseen una belleza interior y otras la belleza física, pero todas tienen la belleza”, indica. 

Asimismo, en su obra Imaná quiso retratar a una familia, la que él consideraba tenía que ser la familia boliviana, así se ve expresado en su cuadro Cumbres de los Andes. “Yo tenía que partir de una familia boliviana, y en esas épocas difíciles del 80 yo escogí a la familia campesina como familia boliviana”, habla pausado, pero firme, Imaná.

Lo andino siempre presente en su obra. 
Así es como Gil Imaná se despoja de lo que tiene y lo que marcó al arte boliviano, para que otras generaciones sigan descubriéndolo. 

Tags

Comentarios