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El periodista Álex Ayala vio una marcha de payasos en La Paz y decidió escribir un libro de crónicas. El autor de Los mercaderes del Che fue enterándose que no tenían ningún seguro médico que les permitiese aliviar al menos la garganta, desgastada de tanto forzar la voz para invocar las risas de niños y adultos. Otros enfermaban de diabetes y varios ya habían sufrido algún tumor.

Empezó a acompañarlos a los cumpleaños, puso oído a sus historias y presenció hasta los aspectos más incómodos del oficio. Los visitó en sus casas y fue a ver a algún payaso enfermo.

Herencia y maquillaje

Vio, en la vida de la payasa Teresita, que cuando se elaboraba el libro era menor de edad, el oficio suele pasar desde algún payaso mayor. No siempre suelen ser los padres, sino algún otro con el que se desarrollan los lazos típicos entre un maestro y un discípulo.

Bigotito

Una experiencia que impactó al autor está relacionada con Bigotito. Su hijo, que también sigue la profesión, contó que su progenitor estaba muy enfermo. Fueron a visitarlo a una residencia para ancianos en El Alto, donde estaba alojado a pesar de que no era tan mayor.

En ese lugar lo alcanzó el final de sus días. Sin jubilación ni seguro médico, no es raro que ocurran casos como ese. Pese a que es ya una tradición de llevar payasos a los cumplea- ños, siempre hay gente que los discrimina y otra que se porta muy bien con ellos. Ser payaso es cosa seria, dice Ayala, hace hincapié es que este trabajo es un arte.

“Es difícil trabajar con el humor, es difícil hacer reír.

Tiene bastante mé- rito lo que hacen, porque somos personas con problemas, muy estresadas.

Ellos son esa especie de oasis en el que nos podemos relajar un poco en un cumpleaños y divertirnos junto a nuestros hijos”, dice el autor. Además de aspectos generales como los orígenes de la profesión y la evolución del oficio, en las cien páginas del libro se destaca el sentido grupal que Ayala vio de carca.

Ni bien uno se enfermaba, organizaban quermeses y colectas. “Se ayudan mucho”, comenta. Si bien la rutina del payaso de circo es intensa, suele durar entre 15 y 20 minutos. En cambio, los payasos ‘de salón’ deben distraer a adultos y a niños durante dos o tres horas. “Es un trabajo maratónico”, comenta. El libro estará en Lewy Libros a mediados de agosto.

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