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Aquel tono de soprano que encandiló a Bob Dylan, la gran figura femenina del folk norteamericano en los años sesenta y setenta, la mismísima Joan Baez, se está quedando sin voz.

No es una apreciación malvada de la crítica o de una triste sospecha por parte de sus admiradores. Ella misma lo confiesa a sus 78 años: “Este músculo que marca la diferencia ya no llega, necesita mucho trabajo”, admite en una conversación telefónica. Pero antes de que la deje tirada en cualquier concierto, hizo, con gran cuidado, una gira mundial de despedida.

Estuvo en el Festival de Jazz de San Sebastián, primero, y después en Sitges, en el Festival de Porta Ferrada (Girona) y, por último, llegó al Universal Music Festival en el Teatro Real de Madrid.

En Madrid dijo las palabras que casi nadie quería escuchar: “Este es el último concierto de la última gira de mi vida. Estoy triste, pero también estoy feliz”. Claro, debe estar feliz porque vio de cerca cómo surgía Bob Dylan, de quien fue pareja. También porque recorrió el sur de Estados Unidos con Martin Luther King.

Pero se ha resignado a que la voz la abandone: “Se me ha ido moviendo poco a poco. A los 60 probé ejercicios vocales y entrené para conservarla bien. Es lo mejor que tengo, pero cuesta mucho mantenerla en forma”. Esta disciplina diaria no siempre le da los resultados que busca: “Hasta los 30 años no hice nada. Durante la gira trabajé con ella a diario y cuando estoy en casa, descansando, la ejercito cuatro días a la semana: lengua, respiración, diafragma, si no…”

Estamos en shock

Consciente de lo que ha sido gracias en gran parte a su instrumento natural, nostálgica sin que deje de iluminarla el raciocinio, aun comprometida como en los tiempos de las protestas contra la guerra de Vietnam o en la época de sus conciertos a favor de los derechos civiles, abuela y antaño musa de seres tan aparentemente tan dispares 

como Bob Dylan o Steve Jobs, Joan Baez se aparta. Da un paso atrás encaminado a dejar un buen recuerdo después de seis décadas de carrera. ¿Y qué hará? “Muy simple: terminar un documental (sobre ella misma), pintar, continuar con mi autobiografía, seguir la lucha por las conquistas sociales... En mi país ya no vivimos en una democracia”. Lo admite con esa pesadumbre de quien ha perdido varias luchas.

“Puedes empeñarte en seguir dando la batalla por cambiar el mun

do. Pero lo que nos está pasando jamás lo imaginé. Todo se desmorona. Nos sentimos en estado de shock. Sencillamente, nos sobrepasa”.

En semejante estado moral de depresión política bajo los efectos del presidente estadounidense Donald Trump, Joan Baez sigue recurriendo a ciertas sacudidas de adrenalina poética.

Continua fiel a Walt Whitman, de quien este año se cumple el segundo centenario de su nacimiento. Fue quien mejor cantó el vitalismo de un país que se construía. Y gente como Baez lo necesita ahora, en la era del derrumbamiento. Aunque lo prescribe en pequeñas dosis: “La esperanza puede llegar a ser algo peligroso si no te distancias. Puede llegar a hacerte daño y hacernos prisioneros de falsas esperanzas”.

Fui feliz desde los 50

“Hasta los 50 años no fui feliz”, confiesa. “No supe disfrutar de lo que había conseguido, me dejé enredar por demasiados obstáculos; ahora me siento mucho mejor”.

No tuvo que ver con aquella insatisfacción la ansiedad de los frentes públicos, sino una forma de ser que le afectaba: “Me sentía muy miserable, era una cuestión íntima que me impedía de manera muy profunda, de esencia, sentirme satisfecha conmigo misma, en paz. Una pura neurosis que me tuve que tratar psicológicamente”.

Cualquiera que fuera la receta, acertó. “Decidí que no podía seguir de esa forma y cambié radicalmente el rumbo”, afirma. Desengaños amorosos aparte, Baez aprendió de cada relación. Con Dylan entendió hasta donde quería llegar aplicando el puro cálculo. Aquel muchacho de Minnesota a quien la cantante -que fue famosa antes que él- adoptó con cierto aire de protección supo utilizarla hasta colocarse en la cima, según cuenta Howard Sounes en la biografía del mú- sico y ahora Premio Nobel.

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