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“Teníamos que crecer por nuestro lado”, dijo Charly Alberti, cuando le preguntaron por la separación de Soda Stereo. El anuncio fue vivido, en ese mayo de 1997, como un luto. Pero no había posibilidad de seguir juntos.

Cada uno tenía espacio para crecer en proyectos propios y además, los “desentendimientos personales” que son de esperar en una unión grupal de 15 años, los obligaban.

Por respeto a los fans, el grupo más popular de rock y pop de Latinoamérica cortó por lo sano. Cerati sentía que no era justo que el grupo firmara todas las canciones, cuando él estaba haciendo todo el trabajo.

Camino como solista

Después de Soda, la llanura, un plano infinito y tan incierto como la idea de empezar de nuevo. A los 39 años, Gustavo Cerati encara el verdadero salto a la ruta solista sin pasaje de vuelta hacia el trío -como sí había ocurrido después de editar Amor amarillo en 1993–.

Ya no hay red de seguridad ni refugio para estirar la vuelta con ejercicios electrónicos: primero rodeado de mú- sicos chilenos en Plan V y luego al mando de Ocio, junto a Flavio Etcheto, Cerati había frenado el tiempo de las canciones para internarse en las texturas y polirritmias del house, dejándose llevar por un pulso difuminado.

En casa, su mujer, Cecilia Amenábar, prepara el desembarco porteño como directora audiovisual. Los niños Benito y Lisa crecen arriba de la Casa Submarina, el estudio que papá había diseñado como búnker creativo en el subsuelo de una casona de Vicente López.

Una casa bucólica

La coreografía familiar es lo más cercano a un catálogo de belleza y felicidad moderna. “Esta nueva etapa me produce mucha excitación”, le decía Cerati a Rolling Stone en aquel 1999. “No me da miedo ni me siento solo.

En Amor amarillo se daba la situación ambigua de ser a la vez parte de Soda. Aunque participa Zeta, fue muy solitario en su construcción: “Fue un disco que concebí solo y donde toco casi todos los instrumentos; no hubo mucho intercambio. Bocanada, por el contrario, es mucho más social, por cómo se involucran los músicos y también por mi actitud”.

La enorme expectativa en torno al lanzamiento definitivo de la carrera solista de Cerati no registra antecedentes en la escena del rock argentino.

El más cercano quizás había sido el debut en solitario de Charly García en 1982, tras la disolución de Serú Girán, pero ese impacto se había restringido a los pocos medios musicales de la época. Recién en 2004, el Indio Solari atravesará el mismo pasillo repleto de miradas y dudas ante la cercanía del estreno solista.

Pero Cerati, además, era una estrella internacional, y su inmersión en la electrónica después del “gracias totales” abría un interrogante que desvelaba a los fans: ¿volvería a hacer canciones? “Creo que significó muchí- simo más de lo que se vio”, dice Eduardo Capilla, el artista plástico y director de cine que, como amigo de Cerati, vivió de cerca todo el proceso que desembocó en Bocanada.

“Fue como un gran salto que preparó y maduró muchas veces, pero que llegada la hora, después del cierre de Soda y la separación de su manager (Daniel Kon), marcó un conjunto de incertidumbres que se sumaron a la de proponer un estilo diferente en lo musical, sin saber cómo lo recibiría el público”.

Sobre el legado

Además de Bocanada, el legado de Cerati incluye Siempre es hoy. El biógrafo del cantante, Juan Morris, dice: “Gustavo quedó un poco desfasado de su época: se adelantó.

Siempre conjugó un equilibrio admirable: fue un artista popular y de vanguardia, experimental y radial a la vez, pero creo que esos dos discos recién encontraron su audiencia unos años después y todavía hoy se siguen descubriendo”.

Cerati, que creció a partir de Signos, Doble vida y Canción animal, llegó a la perfección. Quienes lo conocieron coinciden que había en él un ‘superyo’ que lo impulsaba a trabajar. Dice Morris: “Una mezcla poderosa de pasión, obsesión y talento que lo llevaba muy lejos. Una vez, uno de los técnicos que trabajaban con él en el estudio Unísono me dijo: “Era un profesional salvaje, en el estudio no tenía amarras”.

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