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La vida intelectual de Jorge Volpi parece estar marcada por su edad y por su nacionalidad. Él y su grupo fueron atacados literariamente por ser mexicanos y por pertenecer a la generación de los 60 (nació en 1968), con el falaz argumento de no parecer mexicanos y porque se autoproclamaban como representantes de una generación.

En realidad, se trató de un malentendido que recibió el nombre de Crack o, más pomposamente, Generación del Crack. Como ha contado en varias palestras, incluida la Feria del Libro de La Paz, donde estuvo recientemente y se dio tiempo para responder algunas preguntas de EL DEBER, todo empezó con una reunión de amigos.

Como a cualquier escritor nacido en los 60, le tocó ver y leer el auge de los llamados escritores del boom (García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes). También atestiguó cómo la continuación de esa literatura quedó a cargo de 

escritores que empezaron a vaciar de significado la obra que el boom había dejado. Por eso decidieron escribir (incluso de manera colectiva) para mostrar, con los hechos, que se podía crear de otra manera.

Incluso hicieron un manifiesto cuando estos amigos (Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez y Vicente Herrastri) decidieron presentar cinco novelas.

El manifiesto exigía un retorno a los clásicos que luego fue interpretado como una crítica a los escritores del boom. En realidad, estos cinco escritores, que no tenían ninguna revista literaria que les sirviese de caja de resonancia, más que inquietud, causaban sospechas.

Todos tenían y tienen una sólida formación literaria, así que los ataques llegaban con argumentos no literarios: no escriben sobre México y reniegan del boom. Todo lo contrario.

Imitadores descafeinados Fue en 2016, poco antes de morir, cuando el escritor Ignacio Padilla (1968-2016) dijo claramente, con nombres y apellidos, cuál era la postura estética del Crack.

Lo dijo desde la autoridad no solo de quien fue director editorial de la revista Playboy (sí, lo fue), sino de quien ha ganado premios prestigiosos en ensayo, cuento y novela y es respetado por los lectores.

Por entonces, recuerda Volpi, Alfaguara (España) compró grandes editoriales sudamericanas y la importancia de publicar se desplazó de Latinoamérica a España.

Mientras que los referentes serios -dijo Padilla- eran Antonio Muñoz Molina, Javier Marías y Enrique Vila-Matas, en Latinoamérica se tenía a Laura Esquivel y a Isabel Allende. Y por ahí no se llegaba a ninguna parte.

La alarma llegó cuando se editó un libro primoroso de Laura Esquivel, titulado La ley del amor. El libro tenía un cómic y un disco con boleros. Fue un fracaso editorial que obligó a la industria a mirar hacia otros rumbos.

Reflexión

Mientras las críticas iniciales empezaban a surgir en México, al sur del continente surgía una postura estética que también planteaba inquetudes. Se trataba de McOndo, que reunía a escritores como Alberto Fuguet (Chile) y al boliviano Edmundo Paz Soldán.

Una novela como En busca de Klingor fue criticada porque el protagonista es un estadounidense (inicialmente era mexicano, remarca Volpi); pero tuvo muchas traducciones y lectores. Poco a poco, lo que inicialmente Volpi, Padilla y los demás consideraban una ‘ñoñez’, fue llamando la atención.

Ya nada podían hacer con el nombre ‘Crack’, que en su momento aludía a la caída de las bolsas, a un juego onomatopéyico con el boom y a la forma en que se llamaba a los futbolistas (el creador, Pedro Ángel Palou, es muy futbolero). Hasta ahora le reprochan a Palou esa invención, aunque la toman con cierto humor.

En ocasiones, asistían a los conversatorios y charlas algunas personas interesadas en la historia de la droga que recibe el mismo nombre. La acusación de que eran escritores renegados con México cayeron por su propio peso. Volpi publicó Examen de mi padre, en el que disecciona la realidad de México “órgano por órgano”, al mismo tiempo que recuerda a su progenitor.

El método de escritura es curioso: decidió escribir un artículo por mes durante un año, tomando como tema un órgano del cuerpo de México. “Lo hice porque es una tradición en México.

Mi papá había tenido un año de duelo por la muerte de su madre, de mi abuela. Por eso fue también que hice un año de duelo”, responde a EL DEBER.

“Pero no estamos empezando a sanar. Seguimos en una situación crítica”, comenta. Luego publicó Una novela criminal, acerca del secuestro de tres personas en el que, según se decía, estaban involucrados un mexicano (Israel Vallarta) y una francesa (Florence Cassez).

Volpi siguió de cerca el caso cuando dos cadenas de televisión mexicanas anunciaron que transmitirían en vivo la captura de dos peligrosos secuestradores. Pocos minutos después, las cámaras mostraban el operativo que terminó con la captura de Israel y Florence. Los medios ya los habían juzgado como culpables.

Apareció una carta falsa de una secuestrada, en la que decía reconocer la voz de la francesa. La carta estaba escrita en un estilo depurado, claramente premeditado.

En los folios, sin embargo, se ha registrado su declaración y en ella dice que jamás vio ni oyó a la francesa durante su cautiverio. El caso provocó una tensión diplomática tal entre México y Francia, que llevó a la suspensión de la Semana Mexicana en París. Florence fue liberada y Vallarta sigue con prisión preventiva.

Novela sin ficción

Volpi leyó con atención las 20.000 hojas del folio de investigación, entrevistó a los protagonistas y luego escribió su pieza maestra. “Este trabajo me tomó tres años”, comenta.

Una novela criminal es, en palabras de su autor, una novela sin ficción; en palabras de un comentarista, es, lamentablemente, también una novela sin ficción porque muestra el grado de corrupción que involucra a la Policía de México y la aparatosidad con que el poder oficial puede crear verdades (o posverdades) para encubrir los hechos.

La investigación de Volpi, e incluso la de algunos equipos de prensa, fue mostrando que la captura fue un procedimiento preparado para los medios, como el inicio de un entramado oscuro. “Es una novela que mezcla los recursos propios del periodismo con los recursos propios de la narrativa”, explica Volpi. Eso le planteó problemas de estilo iniciales.

“Al principio no sabía cómo narrarla y luego hice una primera versión en tercera persona, que no funcionaba. Finalmente opté por narrarla en primera persona”, cuenta. Resultó. El jurado del Premio Alfaguara, presidido por Fernando Savater, la distinguió el año pasado. “En esta historia, el narrador es tan solo el ojo que se pasea por los hechos y los ordena.

Su mirada es la pregunta, aquí no hay respuestas, solo la perplejidad de lo real”. Savater consideró que la novela rompía con los convencionalismos del género. Con otras palabras, dice lo que Volpi responde a EL DEBER cuando se le pregunta sobre las tendencias de la literatura del siglo XXI: “La única característica es la diversidad.

La literatura del siglo XXI se caracteriza por no tener una característica común”. Las críticas acerca de su distanciamiento de México han caído. Su reflexión cotidiana acerca de temas públicos en diversos medios y su literatura hacen que a Volpi se lo lea como un clásico contemporáneo.

Narra el caso de secuestro que involucró a una francesa. Muestra la manipulación en el juicio

En diciembre de 2005, Cassez y Vallarta fueron detenidos en un operativo mediático

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