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Ayer, después de media semana tediosa y bastante improductiva, decidí hacerme un favor e ir al cine, solo, como hace años cuando era un adolescente melancólico y un poco idiota.

Un amigo me recomendó la película nacional Cuando los hombres quedan solos obra póstuma del director Fernando Martínez fallecido tras un aparatoso accidente a la semana de acabar el rodaje, recomendación que vino tras la advertencia de que “habla de la dictadura”.

En mi país (España) y en mi familia (nietos de republicanos asesinados por el franquismo) ese tema es recurrente: tres años de guerra civil, 36 años de represión y dictadura, una transición marcada por el negacionismo y el silencio, 540.000 víctimas y más de 140.000 desaparecidos enterrados en cualquier parte en el país con más fosas comunes después de Camboya.

Si algo sabemos es que el mayor enemigo de las dictaduras es hablar, eso y la memoria. La historia usa una fórmula bastante común en el cine latinoamericano: Habla de un problema muy concreto y relativamente cotidiano, como excusa para tratar un tema más amplio y trascendente, pero no por ello cae en lugares comunes y argumentos trillados.

En este caso trata la historia de un hogar en el que viven tres hombres, El abuelo (un paramilitar retirado, si es que uno se puede ‘retirar’ de eso) sus dos hijos: un expolicía, ahora guardia de seguridad y un teniente de policía resentido y misógino, junto con sus dos nietos. Tres hombres solos. A la trama se suman dos excompañeros paramilitares que añoran los viejos tiempos y una mujer buscando lo que le pertenece.

Ninguno quiere estar solo. Para redondear todo esto la historia está contada en dos tiempos: los años grises de la dictadura, y el presente, dos épocas y dos atmósferas distintas que ayudan al espectador a ubicarse temporalmente. La trama se desarrolla como un drama con algunos momentos intensos sostenidos por actores y actrices más que solventes.

Y sí, las actuaciones son un punto fuerte en esta película, aspecto que, en ocasiones, algunos directores olvidan: si quieres una buena película debes tener buenos actores.

No diré más porque no se puede ser juez y parte, simplemente vayan a verla y juzguen ustedes mismos.

Otro de los puntos fuertes es el retrato bastante convincente (no puedo decir acertado, porque no lo he vivido) de la época de sucesivas dictaduras, orquestadas una tras otra con la ayuda de países como Argentina o Chile y un ejército de paramilitares, delincuentes comunes, torturadores, pistoleros y asesinos como brazo armado, delincuentes que es muy probable que aun caminen entre nosotros gracias a la amnesia colectiva y la complicidad de sucesivos gobiernos que por conveniencia los han ocultado. En toda la película subyace el tema de la memoria histórica, un tema polémico en todos los países con un pasado un tanto turbio, una cuestión que enfrenta a los que defienden la 

amnesia y el silencio, a los que afirman que “hay que olvidar para avanzar”, que “el pasado es pasado y no se pueden revolver las tumbas”, contra los que consideran que la historia tiene una deuda con los perseguidos y ajusticiados por pensar distinto, con los que “salieron con el testamento debajo del brazo” y nunca volvieron, con los que no pueden callar ni olvidar.

Resulta curioso que los que piden silencio y amnesia sean siempre los mismos: los que tienen mucho que callar y mucho que olvidar. Mientras tanto, los gobiernos mantienen una tibieza insoportable, cínica, tratando de tener contentos a unos y otros, olvidando que hay víctimas y victimarios, dictando leyes ejecutadas vagamente que jamás podrán reparar todo el daño, la represión y el miedo. Salí de la sala con una sensación agridulce.

Agria porque si bien una de las tareas del arte es cuestionar, exponer y visibilizar las distintas problemáticas, no es resolverlas, eso depende de votantes, legisladores, políticos, movimientos sociales… la responsabilidad del artista termina con su obra. Y dulce, porque, aunque sea en el arte, en la ficción, en el cine, los malos nunca ganan ni ganarán.

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