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BORJA HERMOSO

Como la climatología es así de caprichosa, el día elegido para charlar con Woody Allen sobre Día de lluvia en Nueva York fue un día de aguacero en San Sebastián. Allí ultimaba el rodaje de otro largo, provisionalmente titulado Rifkin’s Festival.

El director tiene interpuesta una demanda por 68 millones de dólares contra la productora de Día de lluvia… por no estrenar la película en EE UU tras unas declaraciones suyas sobre el movimiento #MeToo.

No se mostró muy locuaz el autor de Annie Hall cuando se le preguntó por su estado de ánimo tras las reiteradas acusaciones de abusos sexuales lanzadas contra él por Dylan Farrow, hija adoptiva suya y de su expareja Mia Farrow. Los supuestos hechos se remontan a 1993, cuando Dylan Farrow tenía siete años. Allen fue objeto de una larga investigación y finalmente exonerado. Nunca ha sido condenado por este asunto.

_La realidad es demasiado dura, y por eso sigue inventando historias a sus 83 años. ¿Le vale como juicio?

Claro, porque la ficción es mucho mejor que la realidad, sin comparación. La realidad es una pesadilla. La ficción la puedes controlar. Puedes hacer que los personajes estén tristes o contentos, puedes poner una música preciosa, pero en la realidad no controlas nada.

Mire a la protagonista de La rosa púrpura de El Cairo: está mucho más contenta en la ficción que en la realidad. Lamentablemente, uno no puede vivir en la ficción, o se volvería loco. Hay que vivir en la vida real, que es trágica. Si yo pudiera, viviría en un musical de Fred Astaire. Todo el mundo es guapo y divertido, todos beben champán, nadie tiene cáncer, todos bailan, es fantástico.

_La realidad no ha sido especialmente cómoda con usted en los últimos tiempos. Me refiero a las acusaciones de abusos sexuales lanzadas contra usted. Cuando haga balance de su vida, ¿cúanto y cómo cree que pesará todo esto?

Mire, echo la vista atrás, recuerdo mi vida y me siento como alguien tremendamente afortunado. Lo he sido siempre. He tenido buena salud. Tengo una mujer maravillosa. Hijos. Trabajo en algo que me encanta, adoro hacer películas y obras de teatro. Toco con mi banda de jazz por todo el mundo. Soy un afortunado y nada ha obstaculizado esa fortuna; tampoco todo esto que ha pasado, que es un error y una injusticia. Es una situación que está fuera de mi alcance, así que procuro concentrarme en mi trabajo y en mi familia. Pero eso no me impide pensar que la vida es una experiencia triste

_¿Qué le provocan palabras como ‘posteridad’, ‘legado’, ‘huella’ o ‘memoria’?

No me interesa mi legado, no me interesa lo que hagan con mis películas cuando ya no esté, como si las tiran al mar. Una vez que estás muerto, estás muerto. Se acabó. ¿Usted cree que cuando haya cerrado los ojos me importará si la gente ve mis películas o no? Lo sé, hay gente a la que sí le importa la posteridad. A mí me importa un pito. Y estoy seguro de que lo mismo le pasaba a Shakespeare.

_Su insistencia en seguir escribiendo y rodando películas, ¿encierra motivaciones terapéuticas o simplemente se aburre si no lo hace?

¡Nunca me aburro! Las hago porque hay gente que paga por ellas, que las financia. Y siempre que haya alguien dispuesto a financiarme, haré películas. Y cuando me digan que son terribles y que ya no me las financian, me dedicaré a escribir solo obras de teatro. Y si eso no funciona, escribiré libros.