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Estamos frente a un cine humanista. Este trabajo lleva lógicamente un tiempo de siembra, de espera, de riego y de cosecha.

Dicho así pareciera fácil, pero no. El director Rodrigo Bellott (Dependencia sexual, Quién mató a la llamita blanca, Unicornio, Perfidia), a quien vimos recorrer por cinco años un largo camino de construcción en diferentes etapas, vivió para contarla, sufrió para escribirla y gozó para filmarla.

Despojado de muchos pesos inició el pedregoso camino por las vías de un escenario frontal, un plano estático al que le fue poniendo luces a las sombras y sombras a las luces .

Basada en una historia personal, la obra nació con forma de teatro, fue creciendo y el guion se enriqueció hasta llegar al cine, cerrando un círculo mayor. Lleno de viajes, pasillos, contratos, sorpresas y logros internacionales. Obtuvo recientemente el premio al mejor guion en el festival de cine Outfest 2019 celebrado en Los Ángeles y que es considerado el mayor evento cinematográfico de la comunidad

LGBTQ+ de Estados Unidos. Tu me manques (en francés, te echo de menos, yo te extraño, en una burda traducción o, algo tuyo importante falta dentro de mí) es una historia que comienza cada día y no termina quizás nunca.

Está ahí, para ser vivida, reflexionada, aplaudida. Es la historia de muchas historias que se repiten (no la voy a spoilear). Pero el caso es que atraviesa no solo el tiempo de hombres y mujeres, sino de situaciones, sociedades, generaciones y destinos. Desacraliza.

Pone en jaque el sentido común, la zona de confort, el formal estado de las cosas. Una historia de amor, con su gama amplia de estados de ánimos y búsquedas.

El dolor, la incomprensión, la amistad, los prejuicios, los miedos, el humor, el juego, los deseos, atraviesan la historia de personas que sienten al mundo como el mundo no siente. Pero van y siguen. Se involucran hasta hacerlo casi un apostolado. El filme, grabado durante ocho semanas en Nueva York y Santa Cruz de la Sierra, muestra una calidad técnica impecable.

Contrapone una sociedad más liberal como la de Estados Unidos con la conservadora boliviana, mostrando a través de dos generaciones (padre e hijo) el cambio y las otras miradas, muchas veces opuestas.

El reencuentro se produce a pesar de todo, pero cuesta vida. Y eso no vuelve. La religión no podía faltar como cohesionadora de un estado patriarcal y pilar fundamental de una sociedad conservadora. Una escena breve pero letal donde Jorge, el padre, va en busca de explicaciones ante el padre Jaime (Modesto Lacen) que da una clase de historia bí- blica reveladora.

La familia como concepto clásico deja ver sus hilachas y costuras. Todo ronda sobre la educación, la incomunicación y la superficialidad de las relaciones.

Un padre ausente y luego presente, una madre ausente y una hermana débil e insolidaria conforman un cuadro triste ante las necesidades de un joven preso de sus miedos y deseos, pero sobre todo culpable de expresar sus sentimientos ante el temor al rechazo.

El trabajo actoral tiene grandes aciertos. Uno de los protagónicos, el argentino Óscar Martínez (Jorge), muestra una solvencia impecable; su par, Fernando Barbosa (Sebastián), sostiene en paralelo una actuación consistente.

No menos importante y destacada es la labor de la gran Rossy De Palma (Rosaura), de gran factura; Rick Cosnet (Chase); José Durán; Quim del Río; Bem Lukovski (Gabriel I, II y III); Dominic Colón (Alonso); Ana Asensio (Andrea); Modesto Lacen (Padre Jaime); Tomy Heleringer (TJ); más los 30 ‘gabrieles’ de las escenas teatrales, entre otros.

Es un filme ambicioso desde este aspecto, ya que cuenta con un reparto de 56 actores, alrededor de 400 extras en Nueva York, unos 300 extras en Santa Cruz, apoyado por la labor de un centenar de técnicos de Bolivia y de EEUU.

Es la apuesta más pretenciosa, valiente y arriesgada del director cruceño, que da un salto de calidad y aspiración enorme. Pone la vara alta al cine nacional y logra uno de sus cometidos, contar una historia que conmueve, transmite y provoca, porque lo hace con el corazón abierto.

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