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Según una publicación de Folha de Sao Paulo, en Brasil las clínicas reportaron un incremento, en 50%, de óvulos congelados, y hay quienes creen que este cambio en las cifras tiene que ver con una disminución drástica en el ritmo de trabajo.

La conclusión derivó de que los registros se modificaron desde el año pasado, y en estrecha relación con la pandemia, por la mudanza a la modalidad de ‘home office’.

En el caso de Bolivia, por lo menos en Santa Cruz, probablemente la lógica no sea similar.

El experto en fertilidad, Carlos Füchtner, comparte sus observaciones, según los casos de su clínica, con servicio de congelamiento de óvulos, embriones y espermatozoides.

Según Füchtner, al comienzo de la pandemia, por el encierro, se suspendieron todos los tratamientos de fertilidad, y después evidenció dos grupos. El primero, conformado por quienes no tienen posibilidad alguna de seguir posponiendo la concepción por un problema de edad, sobre todo las mujeres entre 40 y 42 años. En el segundo grupo están las de menor edad, que pueden posponer su deseo de embarazo, cuando se sientan más seguras de los efectos de la pandemia.

De acuerdo al especialista, el congelamiento de óvulos pasó a un plano secundario, “la gente que congela óvulos generalmente es porque no tiene pareja y espera con quién construir su vida, pero ya tiene la presión de la edad. Pero esto no es efecto de la pandemia, si no de que no tiene con quién procrear”, explicó.

Si hubiera el caso de alguien que tiene hijos, pero quiere uno más, y considera que la pandemia puede ser un problema, congela embriones, y cuando pasa la pandemia, usa el embrión congelado.

Füchtner dice que congelar embriones es diferente a congelar óvulos, ya que hay mejores resultados con embriones o espermatozoides congelados.

Los óvulos y los embriones pueden guardarse toda una vida, mientras estén congelados. Y el costo por año, por guardar óvulos o embriones, está aproximadamente por los 120 dólares al año.

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