A sus casi 60 años, el venezolano Fanuel Hanán Díaz ha construido una trayectoria singular en Latinoamérica: investigador, conferencista, promotor de lectura y escritor de literatura infantil y juvenil. Su trabajo se mueve entre la ficción, el ensayo y la formación de lectores, con una mirada crítica sobre los hábitos de lectura actuales, la influencia de las pantallas y la banalización de ciertos contenidos dirigidos a niños y adolescentes. En esta entrevista, reflexiona sobre el poder de los libros, el rol de la familia en la formación lectora y los temas que llevará a la Feria del Libro.
De acuerdo a tu página web, no sólo escribís cuentos o novelas. También tenés libros de formación y de análisis. ¿Cómo se divide tu trabajo?
Básicamente yo me formé como investigador en el área de literatura infantil, entonces tengo muchos libros de ensayo, crítica y teoría, además de los libros de ficción. Algunos están dirigidos a niños y otros más bien a adultos vinculados con la formación lectora o con la literatura infantil. Por ejemplo, personas interesadas en aprender a leer las ilustraciones de los libros para niños o en conocer la historia de la literatura infantil. También trabajo temas relacionados con la formación de lectores: cómo incrementar la lectura en los hijos, cómo abordar temas difíciles a través de la literatura infantil y juvenil o cómo entender la relación entre lectura y mundo digital. Y luego están los libros de ficción.
También das conferencias desde hace muchos años ¿no?
Sí. Comencé hace unos 30 años trabajando en comunidades de base, sobre todo indígenas y campesinas, llevando bibliotecas a lugares donde no existían. Después me dediqué a la investigación. Investigar es un trabajo muy solitario, y en literatura infantil todavía más. Conozco muy pocos investigadores que dediquen sábados, domingos y hasta recursos propios para investigar. Pero justamente de esa investigación salen muchos contenidos, y por eso constantemente me invitan a dar charlas y conferencias sobre temas muy diversos: migración y violencia en los libros para niños, formación de lectores en contextos digitales, libros de no ficción para niños, entre muchos otros.
¿Por qué decidiste dedicarte a la literatura infantil y juvenil?
Yo era un gran lector desde niño. Era un devorador de libros. Y llega un momento en el que uno entiende que ahí hay algo mágico que quisiera compartir con otras personas. Entré al mundo de la literatura infantil un poco por azar, sin saber que era una disciplina inmensa y llena de grandes hitos culturales. Mucha gente piensa que los libros para niños son sólo cuentos de hadas o historias de Walt Disney, pero estamos hablando de tradiciones enormes, de autores clásicos, de fantasía épica, de humor, de absurdo, de literatura fantástica. La literatura infantil tiene el mismo peso y profundidad que la literatura para adultos; lo que cambia es el discurso y el formato.
Creo que usas el término “embasurado” para referirte a un fenómeno en el que ha caído la literatura infanto-juvenil ¿no?
Sí, quizás es un término duro. Tal vez sería mejor decir que se ha banalizado. Como ocurre también con cierta literatura para adultos, el mercado busca fórmulas fáciles. Existe una visión muy romántica de la infancia: creer que los niños sólo necesitan fantasía ligera o historias simplificadas. Y también influye la caída en las competencias lectoras. Cada vez cuesta más sostener lecturas extensas o complejas debido al consumo digital y a las pantallas. Entonces aparecen versiones resumidas, novelas gráficas simplificadas o productos que subestiman al lector. Se piensa: “como el niño no puede leer algo complejo, demos algo más sencillo”. Y ahí hay una mirada equivocada sobre la infancia.
Entonces no estás de acuerdo con esa literatura “facilona”.
No. Hay distintos niveles. Están los clásicos universales que muchas veces la escuela tiene la responsabilidad de acercar a los jóvenes: “La Ilíada”, “La Odisea”, “El Quijote”. Luego hay literatura juvenil y fantástica de enorme valor literario, como “El señor de los anillos”, “Alicia en el País de las Maravillas” o “La isla del tesoro”. También existe una literatura infantil hecha por autores muy sólidos y profesionales. Y finalmente está la literatura puramente comercial, que muchas veces sostiene económicamente a las editoriales, pero que apuesta por fórmulas rápidas y cómodas.
¿Cómo hacemos para que los niños amen la lectura?
Lo primero es entender que el objetivo inicial no es la lectura comprensiva ni crítica, sino que al niño le guste leer, que disfrute hacerlo. Y ahí la casa es fundamental. Los padres son los primeros responsables de despertar ese amor por los libros. Leerles antes de dormir, llevarlos a librerías, permitirles escoger sus propios libros, que vean a sus padres leer… todo eso crea el hábito lector. Luego la escuela debe continuar el proceso con planes de lectura, rincones cómodos para leer y estrategias como la lectura en voz alta, que sigue siendo la herramienta más poderosa para formar lectores.
¿El libro digital puede ser tan valioso como el impreso?
Son experiencias distintas. Un PDF o un EPUB pueden funcionar perfectamente para leer una novela. Pero también existen libros interactivos y narrativas transmedia que incorporan sonidos, movimientos y participación del lector. El problema es que hoy el libro ya no es el centro de la cultura letrada. Las pantallas compiten constantemente por la atención, especialmente las redes sociales y TikTok. El libro, en cambio, exige pausa, concentración y capacidad de imaginar. Por eso creo que ambas experiencias pueden convivir, pero estamos entrando en una dependencia excesiva de las pantallas. Países como Finlandia, Suecia o Francia, que apostaron fuertemente por la digitalización educativa, hoy están frenando y volviendo al libro impreso y a la escritura manual.
¿Y esto también afecta a los adolescentes?
Muchísimo. El adolescente es más ensimismado y más difícil de conectar. En cambio, las redes sociales están diseñadas para atraparlos mediante algoritmos y pequeñas recompensas de dopamina: likes, notificaciones, videos rápidos. Hay estudios que dicen que una persona puede revisar el celular hasta 500 veces al día, incluso sin recibir mensajes. Esa hiperdependencia es preocupante y puede tener consecuencias serias si no aprendemos a poner límites.
¿Qué vas a presentar en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra?
Voy con varios temas. Uno es la no ficción para niños, que es un campo poco trabajado dentro de la formación lectora. Muchas veces sólo pensamos en cuentos o novelas, pero los niños también sienten fascinación por libros sobre animales, ciencia, astronomía o historia.
También llevaré un libro muy especial llamado “El hombre que perdió la cabeza”, publicado en España. Es una historia absurda y fantástica sobre un hombre que un día se mira al espejo y descubre que no tiene cabeza. Está en la tradición del absurdo y del realismo fantástico. Y por supuesto presentaré “Hemos llegado a Berlín”, que trata sobre un niño migrante que atraviesa el páramo de Berlín, en Colombia, enfrentándose al frío extremo mientras camina con su familia.
Pero, a propósito del tema de ese libro, ¿cómo diferenciamos un libro infantil de uno para adultos cuando toca un asunto tan duro?
Yo creo que a los niños se les puede hablar de cualquier tema, siempre que se haga desde los recursos que ofrece la literatura. No se trata de mostrar la realidad de manera descarnada, sino de construir un espacio simbólico, sensible y poético. En “Hemos llegado a Berlín” la historia está narrada desde la mirada de un niño migrante. Eso permite abordar un tema muy duro sin perder la delicadeza. La literatura infantil no evade los conflictos del mundo; simplemente los traduce a un lenguaje emocional y simbólico que el niño puede comprender.