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De Camiri para el mundo. Roberto Carlos Fernández Toro, de 20 años, está a pocos días de arribar a suelo español para cumplir su sueños de jugar en el exterior. Su carrera evolucionó de una manera vertiginosa. Hace tres años recorrió 290 kilómetros desde la capital camireña hasta Santa Cruz donde fue elegido entre un centenar de futbolistas. Ahora está a una firma de ser jugador del club Cultural Leonesa, de la segunda división B de España.

Una tarde de 2016, Fernández ingresó a la sede social de Blooming para realizar un curso de verano que estaba a cargo de Róger Avendaño. Una zurda prodigiosa llamó la atención del técnico de las divisiones inferiores para elegirlo. "Éramos uno 100 alumnos solo se quedaban tres", recuerda Roberto Carlos.

Con tan solo 17 años ya formaba parte de la academia cruceña. Aunque no todo era color de rosa, ya que tuvo que realizar varios sacrificios para poder entrenarse y conseguir el objetivo de salir bachiller. Primero se inscribió a un colegio de la capital cruceña, pero las largas distancias entre la sede y la casa de su hermana Sarah no le permitió hacer ambas cosas de la mejor manera.

Fernández salió bachiller en el colegio Jesús Nazareno de Camiri.

Ese año decidió retornar a Camiri para finalizar los estudios secundarios y obtener su título de bachiller. Lo hizo en el colegio Jesús Nazareno, establecimiento donde su padre Juan Carlos es profesor de matemáticas. "Dios tiene un camino preparado para cada uno y todo llega a su debido tiempo. Hay que saber esperar las cosas y no apurarse para nada”, dijo el lateral.

Su padre Juan Carlos y su madre Felicidad afirman que desde niño Roberto, su tercer y último hijo, fue un apasionado por el fútbol y recuerdan cómo ‘pateaba el cuero’ en el patio de su casa. “Hacíamos arcos pequeños con las sillas para afinar la puntería y luego jugábamos a las técnicas para mejorar el dominio de la pelota”, dijo su progenitor en una declaración plasmada en el libro Por el Ojo de la Cerradura de Ubaldo Padilla.

Roberto Fernández (en el círculo) durante los Juegos Plurinacionales. Foto: Ubaldo Padilla

Fernández dio sus primeros pasos en el fútbol en la escuela Fútbol Club Camiri. Con tan solo 7 años jugó en el equipo Los Cachorritos de la fraternidad Osinaga-Ortuño. A los 12 pasó a formar parte del club Ismael Montes debutando dos años después en la Primera A de la Liga Camireñ. Sin duda su talento lo convertía en un lateral de exportación.

A finales de 2017 retornó a la capital cruceña para incorporarse a Blooming. Con la bendición de sus padres y el apoyo de sus hermanos Sarah (31) y Juan Carlos (21), llegó motivado para triunfar. La academia cruceña decidió prestarlo por un semestre a Quebracho de Villa Montes para jugar la Copa Simón Bolívar. Luego volvió al club celeste para brillar de la mano de Erwin Sánchez, quien fue el que lo hizo debutar en primera.

 

Roberto Carlos durante un campeonato de fútsal en Camiri. Foto: Ubaldo Padilla

Fernández vivió durante todo este tiempo en la casa de su hermana Sarah y su cuñado Gustavo Zeballos, a quién le da un agradecimiento especial por apoyarlo incondicionalmente.

Su buen rendimiento en la academia cruceña le permitió abrirse camino para ser convocado a la selección boliviana y participar en la Copa América 2019 donde llamó la atención de medios internacionales. El diario brasileño O Globo le hizo un reportaje especial, donde participó con un saludo especial de parte de Roberto Carlos, legendario lateral que salió dos veces campeón del mundo con la selección de Brasil.

Fernández vistiendo la camiseta del equipo de reserva de Blooming. 

En solo tres años, la vida de Roberto Fernández ha evolucionado de una manera impresionante. Su orden defensivo, su salida clara y efectiva, además de la velocidad que imprime y su vocación ofensiva son las virtudes que le dieron notoriedad en el seleccionado nacional.

En su último día en el vestuario de Blooming se despidió de sus compañeros y a la hora de salir de la sede declaró: "espero volver algún día a casa".

Roberto Fernández (dcha.) junto a su hermano Juan Carlos. Ambos en el cuadro de honor del colegio durante su niñez. Foto: Ubaldo Padilla