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Balaceras en poblaciones populares, violentos ajustes de cuentas entre traficantes rivales o ruidosos "narcofunerales” ya no son situaciones ajenas en Chile. Aunque no tienen el poder de los grandes carteles de alcance internacional, las pandillas chilenas están tomando prestados la estética y modelos del narco. Así, dan la bienvenida a un cargamento o despiden a un miembro de la banda con ráfagas de ametralladoras o fuegos artificiales.

Junto con un aumento de los decomisos de marihuana, aunque una baja de los de cocaína, en el país sudamericano se evidencia un alza de los crímenes violentos. En el primer semestre de 2020, los homicidios llegaron a 1.356, lo que representa un incremento del 43 por ciento respecto de igual período del año pasado, según datos del Ministerio Público.

Si bien la realidad está aún lejos de la de Colombia o México, o de productores vecinos como Perú y Bolivia, el narcotráfico está cobrando protagonismo en la agenda noticiosa, política y social de un país generalmente considerado tranquilo y de baja criminalidad.

En su informe 2020, el Observatorio del Narcotráfico del Ministerio Público de Chile alerta sobre un significativo incremento de la violencia en el tráfico de drogas, asociado a un mayor poder de fuego de las organizaciones criminales. También, el surgimiento de laboratorios de producción locales, la consolidación de la potente y barata marihuana "creepy”, proveniente de Colombia, y el aumento del tráfico marítimo a través de los puertos locales.

"En apenas tres años, las incautaciones de marihuana de origen colombiano o 'Creepy', se han multiplicado en un 700 por ciento”, indica el informe. En 2019, las policías descubrieron más de 15 laboratorios clandestinos, dedicados principalmente a la elaboración de drogas sintéticas como el éxtasis.

Las actuales tendencias ponen "a las drogas sintéticas en el camino de reemplazar a las viejas drogas de origen natural, a los laboratorios clandestinos en el camino de convertirse en peligrosos emplazamientos de producción, al delivery reemplazando a los vendedores en las esquinas y a la subametralladora tomando el lugar de la pistola”, señalaba Luis Toledo, director de la Unidad Especializada en Tráfico Ilícito de Drogas de la Fiscalía, al presentar el estudio.

En el trasfondo, se observa un modelo de desarrollo urbano altamente segregador y fragmentado. "En los territorios de mayor vulnerabilidad, donde la presencia del Estado y los privados es mucho menor, se han instalado ciertas actividades criminales y en la última década hay cada vez más presencia de grupos vinculados con el narcotráfico”, señala a DW la politóloga Lucía Dammert. El consumo, en tanto, atraviesa todos los niveles sociales.

Alarma ciudadana
Para la experta en seguridad y académica de la Universidad de Santiago (USACH), aunque en otros países de América Latina el tráfico es más evidente, pues están más vinculados al comercio internacional, a mayores grados de violencia y estructuras criminales, en toda América Latina ha habido un aumento de consumo y de tráfico, y Chile no es la excepción.

A la par del alza en las incautaciones –de 700 kilos de marihuana en 2017 a 5,5 toneladas este 2020-, delitos más violentos con uso de armas, mayor notoriedad por la eficiencia en la lucha contra el crimen y cobertura mediática, también se va profundizando el miedo ciudadano.

"Hay una percepción creciente de que el narcotráfico es el peligro más importante para el país”, dice a DW Chris Dalby, jefe de redacción de InSightCrime, organización especializada en la investigación del crimen en América Latina y el Caribe. El 79 por ciento de los chilenos considera que el narcotráfico y el crimen organizado representan una "amenaza crucial o significativa para la seguridad nacional”, según un informe de AthenaLab e Ipsos.

"Hay una gran preocupación ciudadana, que se puede vincular con la situación de Uruguay, otro país con tasas bajas y presencia muy focalizada de hechos de violencia y de narcotráfico, pero con un impacto muy fuerte en la agenda política”, agrega Dammert.

Visto en el contexto latinoamericano, "Chile tiene una de las tasas de homicidio más bajas de la región y sigue siendo uno de los países ejemplares en términos de baja criminalidad, un sistema judicial que funciona muy bien y bajos niveles de corrupción”, observa Dalby.

Señales de alerta
Hasta ahora, el comercio de la droga alimenta principalmente el mercado local. El país sudamericano no está en una ruta del tráfico internacional, coinciden los expertos. "Chile no tiene ningún cartel ni grupo criminal de envergadura internacional al nivel de organizaciones mexicanas, colombianas o brasileras. Tiene pandillas con impacto nacional, dedicadas al microtráfico y a la venta local y a transportar drogas desde países vecinos como Bolivia, Argentina o Colombia, pero son relaciones de bajo nivel comparado con transportistas de América Central, por ejemplo”, dice Dalby.

Si bien las cifras del narcotráfico aún son bajas, el aumento porcentual es preocupante. El tráfico de drogas representa riesgos y es una fuerte señal de advertencia. "Chile estuvo considerado como un país de tránsito hasta mediados de los 90, pero de ahí en adelante ha ido teniendo un mayor rol el consumo interno. Este es un mercado pequeño, no hay organizaciones criminales con estructuras tan sofisticadas como la mexicana o la colombiana, pero hay datos preocupantes”, advierte Lucía Dammert.

"Hay retos que Chile tiene que enfrentar para evitar que la situación empeore. Las cifras de violencia y homicidios son aún bajas, pero crecen si el narcotráfico aumenta”, corrobora Dalby. Uno de los fenómenos que se observa es la presencia de pequeños o medianos grupos criminales que tienen control territorial. Si bien son pequeños barrios, afectan a un grupo importante de la población.

Una encuesta CASEN de 2017 revela que un 15 por ciento de la población ha sentido balaceras en su barrio. En Santiago, una de cada cuatro. Son situaciones "vinculadas casi directamente a la presencia de organizaciones ligadas al crimen y drogas”, añade Dammert.

Están por verse los efectos que tenga la pandemia. Se estima que ha disminuido la producción en otros países, lo que sumado a la restricción de rutas comerciales, por donde también se mueve la droga, habría generado una baja del ingreso a Chile. La politóloga de la USACH adelanta que esto puede estar generando un mayor estiramiento de las sustancias, al mezclarlas con otros productos, y una diversificación del consumo y de las formas de compra, como la entrega a domicilio, con el llamado "delivery de drogas". (dz)