Carmen Correa, CEO de Pro Mujer, explica cómo una entidad nacida en Bolivia llevó la banca comunal a 23 países. Habla de microcréditos, brechas financieras, mora femenina, digitalización y sobrerregulación, con historias de mujeres que convierten pequeños préstamos en ingresos para sus hogares y oportunidades real.
Usted comenzó en microfinanzas en el BID. ¿Qué vio entonces y qué encuentra hoy?
Las microfinanzas son un motor de la economía y del desarrollo. Han sido un ejemplo para economías que todavía continúan en desarrollo, como las latinoamericanas. Pro Mujer nació en Bolivia en 1990 y desde aquí empezó a expandirse. Hoy opera en 23 países de la región.
Hace 36 años no se necesitaba educación digital; hoy es indispensable. Fuimos pioneros en banca comunal y gran parte de las mujeres que acceden a crédito entran por primera vez al sistema financiero. Eso les permite desarrollar emprendimientos que nacen por necesidad, para generar ingresos.
En Bolivia llegamos a 105.000 mujeres por año, pero ese número hay que multiplicarlo por tres o por cuatro, porque detrás de una mujer hay una familia. Entonces el impacto no queda solo en ella: llega a su familia, a su comunidad y a la economía.
¿Por qué las mujeres siguen necesitando una puerta especial de entrada al sistema financiero?
Las mujeres han tenido más dificultad para entrar tanto en los negocios como en el mercado laboral. Muchas veces no tienen garantías para ingresar al sistema bancario comercial. No son dueñas del patrimonio, sus emprendimientos son informales y eso las deja afuera.
Ahí las microfinanzas tienen metodologías que les permiten acceder a un crédito. No se trata solo de prestar dinero; se trata de diseñar productos y servicios que respondan a sus necesidades reales. Pro Mujer tiene fuerte presencia territorial y eso nos permite conocer qué necesitan las personas.
Explique la banca comunal para quien no conoce el modelo.
La banca comunal es una metodología grupal. Trabajamos con grupos de mínimo ocho personas y máximo treinta. El grupo es la garantía del crédito. No hay una garantía real ni física, sino un compromiso colectivo para responder por el financiamiento recibido.
Además, se empieza con montos pequeños. Los ciclos son cortos, de seis a doce meses, y cuando termina un ciclo pueden acceder a un segundo financiamiento. Para muchas mujeres esa es la única forma de entrar al crédito, porque no tienen patrimonio, garantías ni una actividad formal que las habilite ante la banca comercial.
Una crítica recurrente es que este tipo de crédito es caro. ¿Cómo responde?
No es un modelo barato, porque la tecnología de banca comunal requiere mucho personal detrás. Hay que estar en el territorio, atender la demanda, hacer seguimiento y recibir a los grupos. Las mujeres se reúnen una vez al mes y nosotros necesitamos oficinas y equipos que acompañen ese proceso.
Tiene un costo operativo importante, pero seguimos buscando eficiencia. Es una metodología probada, que garantiza inclusión financiera y desarrollo económico en comunidades vulnerables. Sin esa presencia y ese acompañamiento, muchas mujeres simplemente no tendrían acceso a crédito.
Pro Mujer nació en Bolivia y ahora opera en 23 países. ¿Cómo se dio esa expansión?
La expansión fue paulatina y orgánica. Primero llegamos a Nicaragua, donde operamos desde hace más de 30 años. Después vinieron México, Argentina, Guatemala y otros países con operaciones físicas. Cuando incorporamos tecnología empezamos a expandirnos también de forma digital.
Hoy entre presencia física y digital, llegamos a 23 países. En algunos tenemos aliados, referentes o líderes locales. También hacemos alianzas con fintechs, bancos digitales y otras entidades microfinancieras para garantizar inclusión financiera de la mujer.
¿La pobreza cambia mucho entre países?
Hay grandes diferencias y América Latina es muy diversa, pero los problemas de fondo son similares: acceso de las mujeres a servicios financieros, salud y educación. Nosotros adaptamos cada solución al contexto local, pero las brechas se repiten. Bolivia está en la mitad de la tabla y tiene una informalidad enorme, de alrededor del 82% u 85%.
¿Qué historias le muestran que el modelo funciona?
Hay miles, cientos de miles. En los 23 países llegamos a unas 400.000 o 450.000 mujeres por año, y ese número también debe multiplicarse por tres o cuatro por el impacto familiar. En Salta visité emprendedoras que hacían empanadas desde su cocina y me contaban que sus hijos eran los primeros de la familia en llegar a la universidad.
En Nicaragua, una mujer que hacía artesanías en cerámica me agradeció con lágrimas en los ojos porque pudo poner una puerta en su casa. Parecen cosas pequeñas, pero son cambios enormes en calidad de vida. En Bolivia también vimos emprendedoras en El Alto y Santa Cruz que se reinventaron durante la pandemia.
¿Cuál es el peso económico de las mujeres, más allá del enfoque social?
La inserción de la mujer en la economía no es solo un tema social; es un tema económico. En América Latina, el 73% de las emprendedoras sigue sin acceder a financiamiento. Financiar a ese segmento representaría una oportunidad de inversión de más de 93.000 millones de dólares.
Además, las empresas con más mujeres en posiciones de liderazgo tienen rendimientos más elevados, de entre 20% y 25% más. Las mujeres toman o influyen entre el 80% y el 85% de las decisiones de compra del hogar. Si las empresas no incorporan mujeres, ¿cómo van a conocer a su consumidor final?
¿Y qué ocurre con las madres jefas de hogar?
La madre muchas veces es quien genera el ingreso para sostener a la familia. Es la jefa de hogar, la que tiene a cargo varios hijos y sale adelante. Son verdaderas guerreras. Pero la maternidad también incide. Los cuidados recaen principalmente sobre la mujer: niños, hogar, adultos mayores. Eso limita su tiempo para trabajar, emprender o desarrollarse.
Usted dijo que la mujer paga mejor, pero recibe menos crédito.
La mora de la mujer es menor que la del hombre. La mujer es mucho mejor pagadora. Pero cuando va a solicitar un crédito muchas veces le aprueban un monto más chico, porque quien hace el análisis de riesgo considera que por ser mujer hay más riesgo, cuando ocurre lo contrario.
ONU Mujeres hizo un estudio en el que mandaban a un hombre y a una mujer al banco a pedir el mismo crédito bajo las mismas condiciones. A la mujer le daban alrededor de 30% menos y al hombre 30% más. Esa es una de las divergencias que todavía vemos.
En Bolivia también planteó una crítica regulatoria. ¿Qué está pasando?
Veo una sobrerregulación o la falta de una regulación diferenciada para distintas entidades. Una IFD no es un banco. Nosotros no solicitamos garantías reales, tenemos otra forma de operar y queremos llegar a poblaciones vulnerables. Para seguir llegando a más mujeres necesitamos un regulador que acompañe.
La regulación es necesaria, pero en su justa medida. Hoy hay restricciones que hacen casi insostenible seguir avanzando si no hay cambios. Incluso cuando hablamos de tecnología o fintechs, la regulación limita productos que podrían agilizar procesos y ampliar el alcance. Hay una sobrerregulación importante.
Microfinanzas: el crédito que mueve la economía popular urbana
Las microfinanzas dejaron hace tiempo de ser un mecanismo marginal para sectores excluidos. En Bolivia se convirtieron en uno de los motores silenciosos de la economía popular. Desde comerciantes minoristas hasta pequeños productores agrícolas, miles de familias sostienen sus ingresos diarios gracias al acceso a microcréditos.
Según la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (ASFI), la cartera de microcrédito alcanzó Bs 70.526 millones al cierre de 2025. La cifra representa cerca del 31% de toda la cartera del sistema financiero boliviano, un peso que pocos segmentos crediticios tienen en la región.
Detrás de esos números aparece otra realidad: el avance de la inclusión financiera. Instituciones especializadas como BancoSol, Banco FIE, Pro Mujer, Crecer y Diaconía expandieron créditos hacia barrios periurbanos y comunidades rurales donde antes predominaban prestamistas informales.
El alcance también es social. Datos de FINRURAL muestran que el 66% de los prestatarios vinculados a instituciones financieras de desarrollo son mujeres. Muchas ingresaron por primera vez al sistema financiero mediante bancos comunales o créditos solidarios destinados al comercio y pequeños emprendimientos.
Bolivia mantiene una economía donde más del 80% de la actividad económica se desarrolla en condiciones informales, situación que convierte al microcrédito en capital de trabajo.
La CAF considera que Bolivia desarrolló uno de los ecosistemas microfinancieros más sólidos de América Latina debido a su cobertura territorial y a la capacidad de llegar a sectores históricamente excluidos de la banca tradicional.
Sin embargo, el sector enfrenta nuevas presiones. La desaceleración económica, la caída del poder adquisitivo y la escasez de dólares empiezan a afectar la capacidad de pago de pequeños prestatarios. Aunque la mora todavía se mantiene controlada, las entidades financieras observan con cautela el deterioro económico.
Las microfinanzas ya no son vistas únicamente como una herramienta social. En Bolivia pasaron a formar parte de la estructura económica y hoy sostienen buena parte del comercio popular, del autoempleo y de miles de pequeños negocios familiares. y el consumo real.
Microcréditos crecen con fuerza en Santa Cruz
Santa Cruz y El Alto se consolidaron como los dos grandes polos del microcrédito en Bolivia. El primero por el volumen de recursos colocados y el segundo por la intensidad de la actividad económica que mueve miles de pequeños préstamos vinculados al comercio, transporte y manufactura familiar.
Datos de la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (ASFI) muestran que la cartera nacional de microcréditos alcanzó Bs 70.526 millones en 2025, equivalente al 31% de todos los créditos del sistema financiero boliviano. La mayor concentración se encuentra en Santa Cruz, departamento que reúne cerca del 40% de la cartera crediticia nacional.
La ASFI no publica un desglose específico por ciudad, pero entidades microfinancieras identifican a Santa Cruz de la Sierra como el principal mercado por expansión comercial, crecimiento urbano y dinamismo de pequeños emprendimientos.
En contraste, El Alto aparece como el núcleo más fuerte de economía popular financiada mediante microcréditos. Allí operan miles de pequeños talleres, comerciantes, gremiales y transportistas que históricamente fueron atendidos por entidades especializadas en microfinanzas y banca comunal.
Por eso, expertos consideran que su expansión refleja también el crecimiento de la economía informal y de subsistencia.
El modelo boliviano es considerado uno de los más desarrollados de América Latina debido a su capacidad de llegar a sectores históricamente excluidos del financiamiento formal.