La escena se repite cada vez con más frecuencia en Santa Cruz. Un importador revisa su celular, compra USDT y paga a su proveedor en minutos. Sin bancos, sin filas y sin dólares físicos. Solo una billetera digital y una red global funcionando en tiempo real.
Ese gesto resume un cambio estructural: Bolivia está ingresando, de forma acelerada, a la economía digital.
Según el Banco Central de Bolivia (BCB), el volumen de transacciones con activos virtuales alcanzó aproximadamente $us 430 millones entre junio de 2024 y junio de 2025, con un crecimiento superior al 500% respecto al año anterior. Solo en el primer semestre de 2025 se registraron operaciones por alrededor de $us 294 millones.
Este salto no responde a una moda pasajera. Está directamente vinculado a la escasez de divisas, la necesidad de realizar pagos internacionales y el uso de stablecoins como alternativa al dólar físico.
Sin embargo, estas cifras deben interpretarse con cautela. Una parte importante del ecosistema opera a través de mercados peer-to-peer (P2P) y mecanismos fuera de cadena, lo que implica que el volumen real de la economía cripto en Bolivia podría ser considerablemente mayor.
A escala global, los datos de Chainalysis ubican a América Latina entre las regiones de mayor crecimiento en adopción digital. En Bolivia, estimaciones de Triple A apuntan a unos 250.000 usuarios, cerca del 2% de la población. El salto es reciente y responde más a necesidad que a especulación.
Experto digital
Francisco Frías, trader especializado en activos digitales, explica que el fenómeno tiene una lógica práctica.
“El usuario boliviano no entra por moda, entra porque necesita resolver un problema concreto: pagar, ahorrar o recibir dinero del exterior”, señala
Ese enfoque explica la velocidad de adopción
“Cuando conseguir dólares físicos se volvió complicado, mucha gente encontró en las stablecoins una solución inmediata. Un USDT vale un dólar, se puede mover en minutos y no depende del sistema bancario”, añade.
El impacto ya es visible. Importadores que antes tardaban semanas en pagar a proveedores ahora lo hacen en minutos. Familias reciben remesas con menores comisiones y sin demoras. En ciudades como Santa Cruz, donde el flujo de remesas desde España y Estados Unidos es relevante, el cambio es aún más evidente.
En remesas, la diferencia es concreta: transferencias que antes tardaban días y cobraban comisiones elevadas ahora se liquidan en minutos y a costos mínimos. “Es plata que antes se perdía en el camino y hoy llega completa”, resume Frías sobre el cambio en la economía familiar.
Este proceso no es exclusivo de Bolivia. Países como Argentina y Venezuela atravesaron situaciones similares.
Mariela Baldiviezo, exdiputada y promotora del ecosistema fintech, explica ese patrón regional.
“Los países que más adoptaron criptomonedas en Latinoamérica son justamente los que enfrentaron crisis económicas profundas”, afirma.
En Bolivia, el proceso fue más tardío. Durante años existió una restricción que limitó el desarrollo del sector.
“Bolivia viene de atrás. Mientras otros países avanzaban, nosotros estábamos en pausa. Eso cambió en 2024, cuando se levantó la prohibición”, señala.
Desde entonces, el crecimiento ha sido acelerado, aunque con una característica clara: la infraestructura local aún es limitada.
La mayoría de los usuarios opera en plataformas internacionales como Binance, mientras que el ecosistema nacional comienza a consolidarse. En Santa Cruz, empresas como Takenos y Meru han abierto oficinas en la avenida San Martín, reflejando el interés de nuevas compañías por el mercado boliviano.
La concentración de estas empresas en Santa Cruz no es casual. Responde a un ecosistema donde convergen comercio, remesas y servicios internacionales. “Hoy Bolivia es un mercado emergente para fintech”, señala Baldiviezo, al advertir que la expansión del sector dependerá de reglas claras y mayor educación financiera.
El crecimiento, sin embargo, no está exento de riesgos.
“El principal problema son las estafas. Esquemas piramidales y promesas de rendimientos irreales están afectando a muchos usuarios”, advierte.
Baldiviezo insiste en que la clave es la educación.
“La tecnología es transparente y trazable; el problema es la falta de información”, afirma. En su experiencia, el usuario boliviano aprende rápido, pero muchas veces entra al sistema empujado por la urgencia económica.
Frías coincide, pero añade otra dimensión: “En cripto no hay botón de reversar. Si envías dinero a una dirección equivocada o pierdes tus claves, no hay forma de recuperarlo”, explica
También existe un riesgo estructural vinculado a la falta de regulación.
“El Estado liberó el uso de criptoactivos, pero no desarrolló un sistema sólido de protección al usuario”, sostiene Baldiviezo.
A pesar de ello, el crecimiento es sostenido. Según estimaciones internacionales, Bolivia cuenta con cerca de 250.000 usuarios de criptomonedas, lo que representa alrededor del 2% de la población.
A nivel global, el contexto refuerza esta tendencia. El mercado cripto mueve billones de dólares al año y las stablecoins procesan volúmenes que en algunos periodos superan a redes tradicionales de pago.
En ese escenario, Bolivia ya no es una excepción. El desafío ahora es claro: aprovechar las ventajas que ofrece esta tecnología —rapidez, acceso a divisas e inclusión financiera— sin ignorar los riesgos asociados a su uso.
El fenómeno avanza sin pausa y empieza a redefinir la forma en que circula el dinero en la economía cotidiana.
Porque en Bolivia, las criptomonedas no son solo una innovación tecnológica. Son, sobre todo, una respuesta económica a una necesidad urgente.