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Tras cinco años de investigación, el mundo se enteró de que Argentina es el primer país en contar con una semilla de trigo genéticamente modificada resistente a la sequía HB4. 

Esto dividió las aguas. Por un lado, el agro boliviano calificó como positivo y prometedor el nuevo evento transgénico, mientras que los medioambientalistas creen que es una aberración que pone en riesgo la soberanía alimentaria.

En un comunicado la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) adelantó que el boliviano empezará a comer pan con trigo transgénico, pues anualmente el país importa de Argentina 310.000 toneladas de harina de trigo y más de 60.000 toneladas de trigo en grano.

Argentina históricamente es nuestro principal proveedor de este producto por lo que a partir de ahora compraremos harina de trigo transgénico, por eso, nosotros insistimos en no quedarnos rezagados para no terminar consumiendo este y otros productos del exterior en vez de producir internamente, generar empleos y movimiento económico para nuestra población”, señala el comunicado de la CAO.

Jaime Hernández, gerente general de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), sostuvo que lo realizado en Argentina es un gran avance tecnológico y una gran oportunidad para que el país tenga acceso a esta tecnología, más cuando se trata de un alimento deficitario como el trigo.

Ante el rechazo de los activistas que consideran que este evento desarrollado por una empresa ligada a los agroquímicos obligará a los productores a solo consumir esta semilla que ya está patentada, Hernández sostuvo que es una mentira y dio como ejemplo el evento RR de la soya que tuvo distintas modificaciones genéticas y que en la actualidad hay más de 50 variedades comercializadas por unas 30 semilleras del país.

Míguel Ángel Crespo, director de Probioma, criticó la postura de la CAO, que en vez de celebrar que el país comerá pan transgénico debería estar preguntándose cómo desarrollar nuevas variedades de semillas convencionales que produzcan alimentos más sanos.

Crespo puntualizó que un Gobierno serio debería rayar la cancha y proteger la salud de la población siendo claro y definiendo qué importar y qué no, y no permitiendo que el país sea un lugar de experimento de una tecnología que fue rechazada en Japón y la Unión Europea.

María Loham, de la Plataforma Bolivia libre de Transgénicos, considera que es una aberración que un alimento tan esencial para la población se patente en beneficio del agronegocio que no hace otra cosa que obligar a los productores a depender de estas semillas ligadas a los agroquímicos.

Para Gonzalo Colque, director de la Fundación Tierra, la comercialización de esta semilla tardará unos tres años. Bolivia se verá en apuros por lo que el Gobierno de turno tendrá dos opciones. La primera comprar e importar el trigo transgénico o la segunda optar por el convencional, pero a criterio de Colque, eso será más complicado debido a que la mayoría de los países van a querer el trigo convencional por lo que su precio se va a incrementar, algo que el Estado pondrá en la balanza a la hora de gastar en la compra de este alimento.