12 de octubre de 2022, 4:00 AM
12 de octubre de 2022, 4:00 AM


La primavera se instalaba a prisa, aquel 10 de octubre de 1982 en La Paz, igual que el ímpetu democrático en el cuerpo social y político de Bolivia, tras 18 años de dictaduras militares. Recuerdo aquella mañana, hace cuatro décadas, con la misma emoción que viví aquel día, junto a quienes ya nos llamábamos la generación de la democracia.

Hoy anda en retroceso, atacada bajo los impulsos de autócratas, populistas de izquierda o jacobinos con guillotinas judiciales, o de derecha negacionistas, unos peores que otros. Sin embargo, no es la democracia como categoría política la que falló. Falló la práctica política de hombres y mujeres dedicados a ese oficio, y falló la ciudadanía, como cuerpo político.

Son “las venas antidemocráticas de América Latina”, como apunta Fernando Mires, que “no tiene nada que ver con el marxismo, algo con el leninismo, más con el estalinismo y mucho con el actual putinismo.” Así recorre las de Europa, Rusia y sus satélites, y la patriarcal teocracia de Irán, que hoy mata mujeres que luchan por su libertad y la autonomía de sus cabellos y sus cuerpos.

A esas autocracias apoya el régimen de Luis Arce, como el ex Morales, jefe del Movimiento al Socialismo (MAS) con su voto en Organismos Internacionales, en favor de Venezuela, Nicaragua y afines, o en boca de sus propias embajadoras, como la representante de Bolivia en Irán, precisamente.

Aquel 10 de octubre, un binomio electo democráticamente, Hernán Siles Zuazo y Jaime Paz Zamora, tras infinidad de obstáculos políticos egoístas y sectarios, juraban en la sede del Poder Legislativo, como representación política de la sociedad que, en carne y hueso, creía haber tocado el cielo con las manos. No por asalto, como rezaba el catecismo marxista, que esa generación había dejado atrás, sino por el voto popular, libre y soberano. Se instalaba en el país una nueva categoría que completaba lo nacional-popular de la Revolución de 1952, que había ya otorgado el voto universal, sin darle calidad democrática. Es decir, la condición social de participar en el Gobierno de su comunidad, grande o pequeña, con pluralidad política, aunando libertad e igualdad, dos de las condiciones inherentes a la democracia.

Era la democracia representativa, liberal o burguesa. Habíamos rescatamos el método, es decir, el procedimiento que permite al ciudadano elegir y expresar, libremente, con su voto la opción política de su preferencia. Y le estábamos imprimiendo un status social: la participación y la responsabilidad ciudadana de su elección, condición importante y decisoria a la luz de estos 40 años, que no fueron todos democráticos.

En los hechos, en la campaña electoral de 2005, a 23 años del ‘82, irrumpe con fuerza y muchos recursos el MAS, con su candidato Evo Morales Ayma, quien, de violento productor de hoja de coca, materia prima de la cocaína, aparece paladín del trípode originario-indígena-campesino, que antes nunca había mencionado. Fue un proyecto político que trascendía y trasciende límites nacionales. Fue el proceso de cambio, arropado por el populista socialismo del siglo XXI chavista, con beneplácito cubano y otros mandantes.

Así ganó Morales las elecciones el 2005, y asumió en 2006, con la idea de un socialismo estatista y centralista en detrimento de los poderes locales y regionales; desconocimiento de la independencia de poderes; desprecio por el respeto a los Derechos Humanos, de ahí las ejecuciones sumarias, los muertos, perseguidos, encarcelados y exiliados políticos, hasta hoy impunes, feminicidios también impunes, todos al amparo de delictivas estructurales judiciales, más clientelismo, prebendas y corrupción a granel.

Su sucesor, Arce, sigue los mismos pasos. En los 14 años de Morales y en los 2 de Arce, Bolivia ha estado amenazada por la antipolítica y las antidemocracias endógenas y exógenas, y sigue viviendo la desinstitucionalización de un Estado de derecho que empezó, paso a paso, en 1982.

Con beneplácito, el ex Morales asumió la visión Estado-Gobierno-Partido-Líder-Pueblo en una sola categoría, hacia el poder total y para toda la vida. Por eso desconoció el Referéndum de 2016 que dijo No a su cuarta elección. Luego obligó al sumiso Tribunal Constitucional a declarar su Derecho Humano a la reelección indefinida.

Según Our World in Data (Lührmann et al. (2018), V-Dem), basado en el sistema de clasificación y evaluación de regímenes políticos, hoy existen cuatro tipos: 1) las democracias liberales; 2) las democracias electorales, 3) las autocracias electorales y 4) las autocracias cerradas. La segunda y la tercera, como en Bolivia, utilizan el método, es decir el voto, para darse un barniz de legalidad y legitimidad democráticas, con trampas mediante, si hace falta.

La misma fuente apunta a que en 2016 había un total mundial de 97 democracias liberales y electorales. En 2021 esta cifra descendió a 89; el número de regímenes autocráticos, electorales y cerrados, ha pasado de 81 a 88, y el número de personas que viven en una democracia ha descendido de 3.900 millones en 2017 a 2.300 millones en 2021, aproximadamente el 29% de la población mundial. De ahí se puede deducir que el 71% de la población mundial vive bajo un régimen autocrático, y todos bajo la promesa nunca cumplida de un cambio social.

Nada alentador, pero la esperanza de menos autocracia en Bolivia y el mundo, nunca se perderán.

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