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14 de septiembre de 2023, 4:00 AM
14 de septiembre de 2023, 4:00 AM

Por Ilya Fortún, analista político 

Escribo esta columna abatido por la misma desazón que la selección de fútbol nos ha causado a la mayoría de los bolivianos. Digo la mayoría porque estoy seguro que no faltó el apátrida disfrazado de argentino al que le pareció normal apoyar a una selección rival, porque Messi es una estrella y además un buen tipo. 

La tristeza profunda mezclada con vergüenza que los bolivianos normales sentimos en relación al seleccionado, no tiene que ver con el hecho de haber perdido ni tampoco con el abultado resultado. Perder frente el campeón del mundo para una selección como la nuestra que nunca tuvo el nivel de Argentina o Brasil, no es raro.

Lo demoledor de esta derrota es haber perdido en La Paz habiendo jugado el peor partido del que se tenga memoria en esas circunstancias. Al margen de un desesperado Martins y un Vizcarra que hizo lo que pudo, del resto es mejor ni siquiera escribir. 

Pero a ver, ¿es razonable disociar el escandalosamente mal desempeño de la selección, de la situación actual del fútbol en Bolivia? ¿No tuvimos anteayer más bien el claro reflejo de un fútbol pobre y flojo manejado por una dirigencia corrupta y mafiosa entre los que se halla el Rey del Fraude? ¿No hemos asumido en su justa dimensión el ridículo mundial de haber suspendido el campeonato local por segundo año consecutivo? ¿No hemos comprendido que el derrumbe de la institucionalidad del fútbol boliviano en general nos ha llevado a tocar este doloroso fondo? Si esto estuviera ocurriendo solamente con nuestro fútbol, nada sería tan grave. 

El problema es que lo que pasa con el fútbol, está pasando en todos los ámbitos; si pensamos por un segundo en algo tan elemental como la justicia, el sentimiento será el mismo: jueces y fiscales bajo las órdenes del Gobierno de turno y del que más plata tiene y el ciudadano de a pie sujeto a la ley de la selva. En el caso de otra cosa tan básica como nuestra seguridad, el cuento es el mismo: una Policía desarticulada y corrupta, penetrada por el crimen hasta la médula. 

¿Está usted pensando que este cáncer se circunscribe a lo público solamente? Ya quisiéramos. El Banco Fassil, una poderosa institución privada que parecía brillar en cada esquina, resultó ser un fiasco de dimensiones bíblicas, que arrasó con la confianza de la gente en la banca. ¿Quiere un ejemplo más dramático aún? Fíjese en la manera en que los bolivianos nos relacionamos con las leyes de tráfico y podrá constatar que desde el más desprestigiado transportista que cree que la necesidad le da derecho a cualquier cosa, hasta la señora copetuda en BMW que parquea en doble fila, a los bolivianos la norma y la ley nos ha pasado a valer un reverendo pepino. 

Esa enfermedad social llamada anomia, ocurre justamente cuando las convenciones pierden su sentido y las instituciones pierden su carácter regulatorio. Muchas causas de la anomía han sido reflexionadas desde la sociología y la ciencia política. Seguramente en nuestro caso se han sumado diversos factores, pero estoy convencido de que, uno en particular, ha sido determinante para que estemos tocando fondo: me refiero obviamente a los casi cuatro lustros de gobierno del MAS.

Creo que el espectáculo de ministros y autoridades diciendo y haciendo imbecilidades todos los días, termina teniendo un efecto devastador en la ciudadanía que poco a poco debe ir normalizando y “acostumbrándose” a esa demencial suma de disparates, que terminan por imponer esta realidad alterna en la que ya no hay arriba ni abajo.

El haber sido testigos de cómo el MAS se farreó asquerosamente la era de mayor riqueza económica del país proveniente de la exportación de gas, sin tener ni siquiera el cuidado elemental de promover la exploración, seguramente es un hecho que nos tiene a los bolivianos sacados de sí. Procesar la realidad de que tuvimos una oportunidad única de cambiar nuestro destino y que una banda de amorales demagogos la dilapidó en populismo barato y corrupción, creo que es mucha dosis para la mayoría de la gente. 

El concurso interminable de impostura, ignorancia, mediocridad y descaro entre Evo Morales y Luis Arce nos tiene a todos azorados, preguntándonos unos a otro cómo es posible que todos los días ambos rompan los límites de lo imaginable. Escuchándolos, no cabe otra cosa que pensar que ya nada importa y que cualquier cosa es posible en este país. Eso es lo que nos ha precipitado a la anomia. 

Pero la principal razón es la constatación de que los masistas nunca creyeron ni en la democracia ni en ninguna de las normas esenciales del disenso y del respeto al otro. Parece que han terminado de convencer al país de que lo único que importa en la vida es un minuto más de poder, una pega o una coima. 

Todo vale y todo está permitido en su mundo con tal de salirse con la suya, y en eso nos estamos convirtiendo todos. Si muchas veces fuimos proclives o estuvimos al borde de la anomia, el MAS nos ha dado el último empujón.

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