6 de abril de 2023, 4:00 AM
6 de abril de 2023, 4:00 AM


Jesús de Nazaret, cuya muerte conmemoramos estos días, fue un hombre que encarnó el amor.

Los análisis forenses que se hicieron sobre sus lesiones llegaron a la conclusión de que fue sometido a prácticas de tortura que muy pocos aguantarían. Casi no le quedaba sangre en las venas y en varias partes de su cuerpo faltaban trozos de piel. Los latigazos y el cilicio prácticamente le habían desollado.

Padeció como pocos y, aun así, tuvo palabras de perdón para sus matadores: “Padre… perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Pero en los tiempos en los que vivimos, el sacrificio de Jesús es cada vez menos ponderado. Al contrario, la inversión de valores nos ha llevado a tal punto que lo que se sabía malo ahora es visto como bueno, y viceversa.

En la historia de los últimos años han aparecido personas que no toleran ningún tipo de daño o agravio, ni siquiera críticas. Cuando pasan por algo como eso, no solo reaccionan con rabia, sino que desean vengarse… escarmentar a aquel que se atrevió a molestarlos. Son la antípoda de Jesús, o la otra cara de la moneda: personas que encarnan el odio.

Es fácil ubicar a ese tipo de personas cuando tienen carácter público. Entre los ejemplos más conocidos están los Ortega, de Nicaragua, y Nicolás Maduro, de Venezuela. Es gente que literalmente no perdona nada y, por el contrario, devuelve multiplicados los agravios.   

Como usted, lúcido lector, se habrá dado cuenta, ese tipo de comportamientos también se acomodan a nuestro Evo Morales, quien, como se ha visto durante los últimos años, no solo no permite que se le haga daño, y se venga por ello, sino que no puede tolerar que no se le dé la razón en todo.

Lo último que vimos fue su reacción frente a las declaraciones de Álvaro García Linera. En sendas entrevistas televisivas, el exvicepresidente dijo lo que todos sabemos: el MAS se está dividiendo irremediablemente y las palabras que con frecuencia vierte Evo Morales no suman, sino todo lo contrario.
Pero Evo no lo soportó.

Aunque el tono y la intención de García eran de quien aconseja para evitar males mayores, Morales lo tomó por el otro lado. “Tengo un enemigo más”, dijo y aseguró que eso le duele. Después Álvaro le quiso hacer entender que no lo quería mortificar, puesto que su interés es que vuelva a ser presidente, pero Evo ya no dijo más. Volvió a lanzar las miradas de odio que empleaba para reprender a sus enemigos y demostró que se encuentra en el extremo opuesto de Jesucristo.

Evo no sabe querer, sino todo lo contrario. Es un ser de odio y ese sentimiento es multiplicado por sus seguidores. Con razón el país se polarizó tanto desde que él asumió como presidente.   

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