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25 de enero de 2024, 3:00 AM
25 de enero de 2024, 3:00 AM

Con una celeridad sorprendente, avanza el retiro de los cordones del sistema del Bus de Transporte Rápido (BTR) que fueron colocados a lo largo de casi todo el perímetro, unas cuarenta cuadras aproximadamente, del primer anillo de circunvalación de la ciudad. 

Los trabajos iniciados en diciembre pasado concluirán incluso antes de los tres meses que sus encargados habían previsto. Una vez que desde el ámbito jurídico se recibiera la luz verde para la eliminación de esa infraestructura, el primer combazo le correspondió descargarlo al alcalde Jhonny Fernández que, ufano, calificó de “histórico” el hecho, aunque en una gestión anterior a la suya, ya se había disparateado una millonaria inversión de recursos públicos por Bs. 82 millones y de un crédito de $us. 36,6 millones obtenido de la Corporación Andina de Fomento. 

De tal modo, Fernández cumplió la promesa electoral que formulara antes de acceder, una vez más, a la administración del municipio más grande y complejo del país.

Cuando inicialmente fue concebido, el BTR representaba una solución más que apropiada para un sistema de transporte perverso y caduco como el que aún funciona en Santa Cruz de la Sierra y que la coloca, a mucha distancia, de un pretendido rango como metrópolis de categoría continental. 

Entre graves errores y pugnas políticas, naufragó penosa e irremediablemente la tan necesaria transformación integral de dicho sistema que constituye, desde hace décadas, uno de los mayores y más graves problemas que soporta la capital cruceña, con un impacto catastrófico en la economía urbana del tráfico vehicular. Los responsables del desbarajuste no entendieron algo muy básico: Que el transporte debe servir al ciudadano y no al revés. Que sus actuales prestaciones constituyen un oligopolio generado por el tráfico de influencias más que evidente.

Lo ocurrido con el BTR nos enseña que no hemos aprendido nada todavía y que seguimos con mentalidad de aldea, creyendo en las soluciones mágicas sin analizar críticamente los sistemas instalados o por instalarse. En su momento, la Sociedad de Ingenieros consideró el retiro de los cordones como la ‘decisión más extrema’ entre las opciones planteadas puesto que la fallida obra representaba una considerable inversión pública. 

Otros análisis concluyeron que el proyecto tropezó con la falta de un estudio de factibilidad a diseño final de todo el sistema y por la falta de consensos entre todos los actores mediante un trabajo colaborativo y sincronizado, no obstante que desde hace tiempo largo la problemática de la movilidad urbana cruceña está bajo análisis y debate. Que con la aplicación necesaria de correcciones y ajustes,  el sistema BTR representa una ‘opción viable’ porque se adapta a las características de la ciudad pero debe ejecutarse de manera integral, involucrando un reordenamiento de las líneas de micros para reducir la cantidad de unidades que circulan masiva y caóticamente por calles y avenidas.

Es de esperar que cuando sea retirado el último adoquín del primer anillo algo les quede en claro a los conductores y/o responsables de la ciudad para replantear la solución que demanda el muy serio problema de la movilidad urbana en nuestra ciudad. Entre otras cosas, que se debe aprender de los errores y que las improvisaciones tienen un costo muy elevado.

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