8 de febrero de 2021, 5:00 AM
8 de febrero de 2021, 5:00 AM

A casi un año de la pandemia del coronavirus en el país, hemos aprendido muchas cosas, sobre nosotros, la ciencia y la salud pública. Aún falta camino por recorrer, todavía tenemos que vencer esta batalla contra el coronavirus, a pesar de sus mutaciones y picos de contagio.

Aprendimos que era un problema de todos y que no tenía banderas ni ideologías. Por eso el personal médico, científico y los brazos solidarios fueron dando la vida sin preguntar, sin discriminar, sin saber de dónde, porque lo importante era salvar la vida y lo sigue siendo.

Los médicos, las enfermeras, el personal auxiliar de los centros de atención y emergencias rindieron tributo al juramento hipocrático. Desde la primera línea de fuego aprendieron sobre tratamientos, medicamentos, curas y hasta posiciones para respirar mejor. Los científicos, en base a prueba y error, sacaron adelante una vacuna en menos de un año. Lo que parecía una utopía se transformó en realidad y hoy nos dan esa luz para seguir adelante y creer en que podemos superar esta catástrofe humanitaria.

Como sociedad también hemos aprendido, aunque todavía falta mucho. A pesar de la necedad de algunos, hoy nos miramos más. Las generaciones maduras aprendieron a transmitir mejor sus experiencias y los jóvenes, a comunicarse distinto, a valorar la familia y a descubrir otros mundos, a investigar nuevas formas y contenidos, sin necesidad a salir a tontas y a locas a buscar respuestas. Debimos todos desaprender para aprender.

Los mayores aprendieron a comunicarse y debieron digitalizar un poco más sus vidas.

Aprendimos a mirar con prudencia, porque entendimos que el virus estaba allá afuera y no era inteligente ir a buscarlo. Si no podíamos vencerlo, al menos esquivarlo.

En medio de tantos impedimentos, de tantos “no se puede”, aprendimos a sobrevivir con otras herramientas, a subsistir con menos, a valorar lo propio. Aprendimos a limpiar archivos, a usar lo guardado, a ampliar lo encerrado. A darle uso al olvido.

Hemos visto el mundo sufrir y cómo esas olas se nos venían encima. Descubrimos nuestras falencias y tomamos previsiones. Pero también nos equivocamos y repetimos errores. La segunda ola, el contagio de las nuevas cepas, y lo que vendrá, nos debe sacudir sobre nuestras equivocaciones para evitar que la tragedia nos vuelva a golpear.

Hemos aprendido a teletrabajar casi a la fuerza, obligados por las circunstancias, pero avanzamos. Lo que en 10 años soñábamos hacer, lo logramos en uno.

Pero lo que antes parecía una quimera, un imposible, ya se ven luces al final del túnel, oscuro y tenebroso. Se han quedado seres queridos en el camino, en la lucha por la supervivencia y también nos dejó gente que no conocíamos pero que aprendimos a querer por sus historias, por empatía y solidaridad. Porque lo que les tocó a ellos nos podría haber tocado a nosotros. El virus nos enseñó a ser más sensibles con el otro, más capaces de cuidarnos a nosotros mismos y entender que si lo hacemos cuidamos al otro. Y aunque falte mucho para que todos lo podamos entender la marea de lo aprendido logrará el objetivo.

Aferrados a las vacunas que llegan a cuentagotas, aprenderemos a esperar con paciencia y mayor sabiduría. Aprendamos de los errores para no volver a desandar esos caminos.

Si aprendimos a desempolvar lo mejor de nosotros, seremos capaces de seguir andando junto a las nuevas generaciones, pantallas de por medio, a abrazar mejores días. Lo que vendrá no puede ser peor. Lo que viene es seguir aprendiendo, aunque nos falte mucho.

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