5 de noviembre de 2023, 4:00 AM
5 de noviembre de 2023, 4:00 AM


¿Alguna vez sintieron que el curso de su vida podría haber sido otro si hubieran dicho lo que pensaban o tomado una oportunidad que les parecía fuera de su alcance? La vida está llena de momentos en los que nos enfrentamos a decisiones cruciales, y a menudo, la diferencia entre lo que pudo haber sido y lo que realmente fue se reduce a lo que no dijimos o no hicimos.

Cuando miramos hacia atrás, es muy común encontrar situaciones en las que nos quedamos callados, cuando deberíamos haber hablado. Frecuentemente, nos contamos a nosotros mismos historias sobre por qué no dijimos nada en esos momentos: ¿por el natural miedo al rechazo, la falta de confianza o simplemente una indecisión? El silencio, en muchas ocasiones, puede ser más paralizante que cualquier palabra mal dicha.

El mundo está lleno de ejemplos de oportunidades perdidas debido a lo no dicho: encrucijadas emocionales, sentimientos por otra persona que no nos atrevemos a expresar, y que años después, nos enteramos de que eran recíprocos; ideas brillantes, que no compartimos cuando deberíamos, y más tarde, descubrimos que alguien más se llevó el crédito por hacerlas; malentendidos, por no saber expresarnos o interpretar erróneamente mensajes que pudieran haber sido aclarados si hubiéramos preguntado.

Cuántas veces les aparece en su teléfono celular el nombre de un contacto que, por largo rato, dice estar “escribiendo, escribiendo…”, y nunca llega nada. Ese emisor que escribe un extenso mensaje sabe, desde la primera línea, que no lo va a enviar, que leerá lo que escribe decenas de veces y terminará borrándolo, porque tiene la necesidad de escribir, pero no el valor de que lo lean. Es una manera de hablar consigo mismo, es como el que camina sin dejar huella, por lo tanto, no puede volver atrás.

En retrospectiva, podemos ver cómo podríamos haber actuado de manera diferente. Las oportunidades perdidas pueden dejarnos lecciones valiosas para aprender y crecer. Cuando nos detenemos a reflexionar sobre por qué no dijimos o hicimos algo, a menudo descubrimos miedos, inseguridades y deseos que estaban escondidos en nuestro interior. Se revelan aspectos ocultos de nosotros mismos.

En la era digital, las oportunidades para comunicarnos son infinitas. Tenemos a nuestro alcance mensajes de texto, correos electrónicos, redes sociales y otras formas de expresión que nos permiten compartir nuestros pensamientos, sentimientos y deseos en cuestión de segundos. Sin embargo, a pesar de esta aparente facilidad, a menudo nos encontramos en situaciones en las que nos detenemos antes de enviar un mensaje, antes de tomar una decisión trascendental, y nos preguntamos: “¿y si lo hubiera hecho?”.

Leí por ahí que habría un universo paralelo con todas las palabras que escribimos y no enviamos, con todas las intenciones que tuvimos y no ejecutamos, con textos de correos electrónicos que se quedaron en la carpeta de borradores y no nos atrevimos a despachar, con llamadas telefónicas que interrumpimos antes de que descuelguen del otro lado del auricular, con aquello que pensamos y no tuvimos el coraje de decir.

En ese espacio estaría la vida que no vamos a tener, la vida que bosquejamos y que, con un pequeño movimiento de nuestro dedo, decidimos descartar, y al hacerlo, cambiamos nuestro destino y el de los demás. Sería un mundo alternativo poblado con seres que casi somos nosotros, una suerte de versión penúltima de nosotros.

Ese universo —diferente al de nuestra vida real—, sería distinto, ni mejor ni peor. Quizás más ligero, desprovisto de temores y dudas. Es posible que sus habitantes se arrepientan más de las cosas que hacen, frente a las que decidieron no hacer. Un mundo, no necesariamente, de valientes o inconscientes, pero sí de gente que plasma sus primeras intenciones.

A veces hay más de nosotros en lo que dejamos de decir que en lo que decimos, estamos más de acuerdo con nosotros mismos cuando elegimos callar que cuando elegimos hablar. Nuestra bandeja de borradores dice más de nosotros que la de enviados. Es fácil aseverar que la vida es demasiado corta para vivir con preguntas sin respuestas o con arrepentimientos, pero la inclemente realidad es que debemos aprender a lidiar con la incertidumbre, las vacilaciones y nuestros propios miedos.