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8 de noviembre de 2023, 3:00 AM
8 de noviembre de 2023, 3:00 AM

Luis Arce Catacora cumple 1.095 días al mando de los destinos del país. Llegó al poder gracias a un inédito triunfo en las urnas, en las elecciones generales que se llevaron a cabo el 18 de octubre de 2020; notable logro para un candidato sin trayectoria política, espacio partidario, base social concreta o experiencia parlamentaria.

Días después de la caída de Evo Morales, Arce salió de Bolivia rumbo a México con un salvoconducto otorgado por el gobierno de Jeanine Áñez después una insistente presión interna y externa para que se respete el derecho a la vida y salud del exministro de Economía, que estaba superando un cáncer de riñón.

En esas circunstancias, Arce no imaginaba que 11 meses después se convertiría en presidente del Estado; pero las cosas cambiaron cuando fue convocado por Morales a Buenos Aires, Argentina, y fue anunciado el binomio Lucho y David (Choquehuanca) para que el MAS participe en nuevos comicios generales.

Una de las primeras interrogantes de la gestión de Arce fue: ¿trabajaría bajo el mando y la sombra de Evo o impondría su sello propio? Tres años después, habrá que decir que se dieron ambos extremos. Primero porque en el inicio de su gobierno extremó esfuerzos para reforzar el relato del golpe de Estado, encarceló a Jeanine Áñez y, bajo las directrices del ministro de Justicia, impuso juicios y detenciones que violan derechos humanos y el derecho al debido proceso.

La estrategia jurídica del MAS fue efectiva para arrinconar a los opositores y con ello quedó probado, una vez más, el sometimiento de la justicia al poder de turno y el triste papel que juegan la Policía Boliviana y el Ministerio Público, instituciones que se debaten permanentemente entre denuncias de ineficiencia y corrupción.

Para colmo de males ha fracasado un tímido intento de reforma de la justicia y, actualmente, Bolivia se enfrenta a una inminente paralización del Órgano Judicial porque nunca hubo voluntad ni esfuerzos suficientes para convocar a la elección de autoridades cuyo mandato vence el último día hábil de este 2023

En materia económica, Arce ancló su discurso en las secuelas del pasado reciente, sonaba bien culpar de todos los males al gobierno de Jeanine Áñez que, al margen de ineficiente y disoluto, enfrentó el golpe de la pandemia del Covid 19 que produjo una paralización de la economía y una recesión a nivel mundial.

Después de la crisis global, la economía, por inercia propia, comenzó a dar señales de recuperación y Arce se ufanó de haber recuperado su modelo económico social productivo y comunitario. Sin embargo, a tres años de gestión, es innegable un preocupante deterioro: se agotaron las reservas internacionales, no existen dólares en el mercado, la producción de gas natural ha tocado fondo y las subvenciones a los hidrocarburos están desangrando las arcas públicas.

En materia de seguridad los escenarios también son bastante críticos, se han batido verdaderos récords de exportación de cocaína por tierra y por aire y lo que genera honda preocupación es la innegable presencia de mafias de narcotraficantes bien asentadas en el país, baste mencionar el asesinato de tres policías en Porongo y el caso Marset que provocó un remezón político en Uruguay y que en Bolivia solo se brindan conferencias de prensa.

Pero la situación más delicada es ahora la ruptura con Evo Morales, el jefe de su partido y ahora principal opositor. Como fruto de ese encono, se ha paralizado el trabajo de la Asamblea Legislativa y los ministros ignoran toda convocatoria a fiscalización. Arce buscó pero no logró  controlar el Senado, lo que avizora un escenario de muy difícil gobernabilidad en los dos años que le restan.

Es momento de que aparezca la destreza y sabiduría de un político que sepa dialogar, ceder y también imponer, que entienda la lógica de los pactos y del bien mayor que es la democracia y no solo su Gobierno. El único problema es que Arce, en esencia, no es político.

Más allá del discurso  de rigor sería bueno que el presidente reflexione profundamente sobre los dos años que le esperan en los que se van a jugar o rifar las esperanzas de millones de bolivianos.

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