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Asalto a mano Aduana

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Los amigos de un amigo llegaban de Miami a Bolivia. Su destino era La Paz. Hicieron migración en Viru Viru. En su equipaje traían un puñado de esperanza para sus familiares: eran unos pocos frascos de Vitamina C, D y Zinc para uso personal en la casa. Para ser precisos, seis de cada una de esas vitaminas y minerales. 

En estos días dramáticos de dolor y muerte en soledad, los pocos bolivianos que por razones personales o de trabajo tienen oportunidad de viajar a Estados Unidos dejaron de traer de retorno el clásico shopping de antes. En este tiempo ya no piensan en iphones, tablets, carteras ni ropa, sino en medicinas para que la mamá, los hermanos o los hijos se protejan un poco más en esta pelea desigual contra el virus. 

Esos amigos también. Por eso a la vuelta traían unas pocas vitaminas y minerales cuyo valor sumado no sobrepasa los 150 dólares. Quienes estuvieron alguna vez en un CVS, Walgreens o Wal-Mart saben pueden encontrar un frasco de 200 tabletas de vitamina C en cinco dólares. 

Sin embargo, el inspector de turno de la Aduana de Viru Viru les decomisó todos los frascos, sin derecho a reclamo. Ni siquiera llorar de impotencia y frustración fueron suficientes para recuperar las vitaminas para la familia.

Tuvieron que continuar viaje a La Paz tras la breve escala con la pena de saber que llegarían a la casa con las manos vacías y quien sabe si también con la culpa de dejar a los familiares sin aquellas tabletas para protegerse del virus. 

Cuentan los amigos que los inspectores de la Aduana buscaban ansiosamente esos productos entre sus pertenencias. Y cómo no. Ellos saben que en estos días pueden usarlos o revenderlos a los exorbitantes precios locales. 

En esos momentos de frustración, estrés, cansancio y apuro, no alcanzan ni el tiempo ni las ganas de averiguar el nombre del funcionario aduanero ávido de vitaminas ajenas. Una vez que se retorna al preembarque ya es imposible conservar la esperanza de recuperar nada. Y desde La Paz directamente es imposible hacer ningún reclamo. 

También eso lo saben los ‘estoicos’ funcionarios, que ante la solicitud reaccionan con parsimonia e indiferencia, mirando al siguiente de la fila, como quien dice ‘No incomode señor, ¿no ve que tengo trabajo que hacer?’. Sabe que conviene perder el máximo tiempo posible; total, en pocos minutos más el avión levantará vuelo a La Paz y entonces el entristecido pasajero de las vitaminas dejará de molestar. 

En el avión, ya solo queda llorar un poco más, esta vez con rabia, apretar los puños, mirar el techo del avión y preguntarse una vez más qué hemos hecho para merecer estos pequeños dioses dueños de la insensibilidad, aventajados representantes de la codicia y la barbarie humana. 

Funcionarios que te roban mirándote a los ojos y se saltan las normas con toda impunidad cuando impiden el ingreso de productos medicinales en cantidades mínimas y de consumo personal. Porque eso es lo que hacen: te roban. Esos productos jamás serán registrados en las planillas de decomiso ni irán a ningún almacén aduanero. Así estamos en este tiempo donde parecen confluir todas las tragedias. El virus no solo ataca a los pulmones, sino también al corazón, la sensibilidad humana, el sentido común y la solidaridad.

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