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POR: THECONVERSATION.COM


Las conductas agresivas y violentas constituyen un problema de gran envergadura en la sociedad actual. Se estima que su prevalencia en la población general es del 25 % y se ha constatado que el sujeto agresivo suele estar incapacitado para mantener unas adecuadas relaciones sociales, laborales y familiares.

A pesar de su trascendencia, la naturaleza íntima de las conductas agresivas es bastante desconocida. Su génesis es múltiple: participan factores ambientales, de predisposición hereditaria y neurobiológicos. Durante las tres últimas décadas se han multiplicado las investigaciones neuroanatómicas y neuroquímicas que han tratado de dar luz al conocimiento de las bases biológicas de la agresividad.

El tema de la violencia ha cobrado notoriedad en el país este fin de semana con tres feminicidios que suben a 38 las víctimas en lo que va del año.

Las denuncias de violencia familiar también han ido en aumento y esta situación obligó a la Fiscalía General del Estado a emitir nuevos instructivos para cambiar la forma de investigar estos hechos a efectos de obtener mejores resultados y lograr la resolución de estas causas con prontitud, porque muchas víctimas peregrinan por justicia.

ANATOMÍA DE LA AGRESIVIDAD

Desde el punto de vista neuroanatómico, hace más de 40 años se demostró que las conductas agresivas en el humano se relacionaban con alteraciones en el área límbica y en los lóbulos frontales y temporales. Más recientemente, gracias al desarrollo de las técnicas de neuroimagen, se ha obtenido información adicional sobre la relación entre la anatomía cerebral y la conducta agresiva.

Así, se ha encontrado una relación entre la agresividad y las alteraciones del hemisferio dominante y del lóbulo temporal izquierdo. Además, otras zonas del cerebro, como el hipotálamo, la amígdala, el lóbulo frontal y la corteza cingulada, ejercerían un papel modulador de estas conductas. 

Estas técnicas de neuroimagen también han confirmado una disminución del volumen de la sustancia gris en la corteza orbitofrontal en un grupo de delincuentes violentos y criminales psicópatas.

Pero, ¿qué sucede a nivel químico en el cerebro de sujetos violentos? Las hipótesis más consolidadas actualmente postulan una reducción del funcionalismo serotoninérgico, junto a una hiperactividad del sistema central de neurotransmisión noradrenérgico. 

Además, otros sistemas de neurotransmisores, como la dopamina, el GABA, los péptidos opioides, el glutamato y la acetilcolina podrían estar implicados en este tipo de conductas. Al menos, en modelos animales.

LA SEROTONINA

Hay estudios que demuestran que una disminución de los niveles cerebrales de serotonina en el sistema límbico hipotalámico se asociaba con conductas agresivas de tipo impulsivo.

LA NORADRENALINA

El sistema de neurotransmisión central noradrenérgico también se relaciona con las conductas agresivas. En modelos animales, la respuesta agresiva hacia los animales intrusos se incrementa al potenciar la función adrenérgica con antagonistas alfa2.

En humanos, se han observado niveles elevados de 3-hidroxi-4-metoxifenilglicol (MHPG), un metabolito de la noradrenalina, en la orina de suicidas, así como en el líquido cefalorraquídeo de personal militar con acentuadas conductas agresivas. En casos de suicidio, se ha detectado un aumento de la densidad de receptores adrenérgicos en la corteza prefrontal y en el hipotálamo.

En conclusión, aunque las circunstancias ambientales (cultura, abuso de sustancias, deficiencias económicas, accesibilidad a las armas) pueden condicionar una sociedad violenta, donde las conductas agresivas se manifiesten con más frecuencia, los estudios experimentales con modelos animales y los estudios clínicos con humanos han podido constatar fehacientemente el papel de ciertas alteraciones neurobiológicas en estos tipos de conductas.

Este conocimiento, a pesar de los fracasos previos, puede abrir las puertas a un futuro próximo, en el que se pueda controlar terapéuticamente la agresividad y la violencia.


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