9 de abril de 2023, 4:00 AM
9 de abril de 2023, 4:00 AM


Definir una agenda de prioridades y lograr cumplirla se ha convertido en una misión cada vez más difícil de alcanzar, no solo en el plano personal, sino también o sobre todo en el ámbito colectivo. Estoy pensando en Bolivia, pero la afirmación puede valer también para muchos otros países de la región y del mundo. Todos los días, a cada instante, aparecen hechos que trastocan todo intento de definir y encarar una lista de prioridades básicas, elaborada en atención a las necesidades y aspiraciones de cada sector de la sociedad.

Lo estamos viviendo ahora, con una intensidad que desespera ante la imposibilidad de fijar y alcanzar objetivos específicos y urgentes en áreas que son de prioridad, entre otras las de salud, trabajo, educación y seguridad. Todas ellas van quedando relegadas a segundo o último plano, ante la emergencia de asuntos de coyuntura que irrumpen con violencia y ganan relevancia por ser escandalosos. Así van quedando atrás las necesidades en salud -más ítems para médicos, enfermeros, paramédicos; más camas y UTIs- y en educación -más ítems para maestros, mejores unidades educativas, más cupos en las universidades-.

También quedan relegadas las demandas laborales, las que abogan por seguridad jurídica para emprender e invertir en proyectos productivos, todas superadas por la avalancha de conflictos que emergen desde todos los niveles de gobierno y desde una cada vez más numerosa y diversa representación política y civil de la población boliviana. Conflictos que configuran un enmarañado panorama de tensiones a todo nivel, al que cada día se suman denuncias en una cantidad tan abrumadora, que resulta imposible acompañar, encarar y dilucidar. Todos los días surge un escándalo capaz de enterrar o postergar un servicio.

Es realmente abrumadora esta realidad. Tanto, que obliga a recordar la voz del catalán Joan Prats, traída a la memoria una y otra vez por Carlos Hugo Molina, diciendo “es más fácil salir del error que de la confusión”. Confudidos estamos todos en Bolivia, en medio de una avalancha de denuncias y escándalos, de atropellos de toda índole y de gravísimas violaciones a los derechos humanos, que no terminan de ganar cuerpo y rematar en juicio o procesos que culminen con las sentencias obligadas por ley, no solo para poner fin a la impunidad, sino también para comenzar a poner freno al caos y a la confusión.

Hemos llegado al extremo de asistir de palco a una feroz guerra interna en el partido de gobierno, el MAS, en la que dirigentes del mismo y funcionarios del Ejecutivo se acusan de crímentes muy graves, la mayoría de ellos referida a actos de corrupción en el manejo de los recursos públicos y a vínculos criminales con el narcotráfico. Un extremo que llega a sobrepasar todos los límites de la racionalidad, sin inmutar a las entidades y autoridades llamadas por ley a combatir todo acto delincuencial dentro y fuera de la administración pública. Un extremo que contrasta con la actuación vista en estas autoridades y entes en los procesos abiertos por el partido de gobierno en contra de sus opositores y críticos.

La confusión es total y desesperante. Se complica aun más ante la inoperancia de quienes están llamados a ponerle freno a los abusos de poder, a iniciar las acciones necesarias en contra de quienes delinquen o violan los derechos fundamentales de terceros, a ordenar la casa, el país. Una realidad que se complica cada día más, resultado no apenas de la ya conocida apuesta de poder total a la que juega el partido de gobierno, sino también de la no menos censurable actuación de las organizaciones políticas que se identifican como contrarias al primero. 

Por eso la sensación de estar atrapados en la confusión, y sin salidas posibles. Al menos por ahora y desde hace ya un buen tiempo. ¿Alguien puede demostrar lo contrario? Si lo hay, que levante no solo la mano, sino también la voz y los pies y comience a dar señales claras de su existencia y razón de ser, antes de que sea irremediablemente tarde. Ya se sabe que aun estamos a tiempo, pero contrarreloj, para salir a flote y sobrevivir al desastre que se avecina.