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El 16 de diciembre, el mundo celebró los 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven y no fue necesario desempolvar de los archivos sus composiciones para que orquestas y músicos en todo el mundo le rindan homenaje, porque a diferencia de muchos otros compositores, la música de Beethoven continúa vigente en el repertorio de gran parte de las orquestas del planeta, se lo sigue estudiando en las academias de música y ha permeado el uso popular y cotidiano de muchos de nosotros a través de su composiciones, como Himno a la alegría o su Sinfonía Número 5, que todavía usamos con la onomatopeya “chan chan chan chaaan” para significar misterio.

En la historia de la música es una figura determinante, porque es uno de los primeros músicos que es considerado un genio. Es un separador de aguas. Recordemos que antes de Beethoven los dos grandes nombres que recordamos de la historia de la música son Haydn y Mozart. 

El primero fue empleado de un músico. Pasó toda su vida al servicio de la corte de un príncipe. Es decir, no fue un artista independiente. Él componía lo que le pedía el príncipe. Mozart, más o menos transitó por el mismo camino. Intentó independizarse, pero no pudo hacerlo y al final terminó en la miseria, completamente ignorado y al final no se sabe ni siquiera dónde se lo enterró”, cuenta Isaac Terceros, el director de la Orquesta Filarmónica de Santa Cruz de la Sierra.





 “Beethoven fue el primer artista que pudo vivir de su música, pudo atraer la atención de la gente y hacer que la gente le pague simplemente por lo que él representaba. Él tenía esa mística como una conexión sobrenatural que la gente admiraba en él. Entonces eso en la historia de la música para nosotros es importante. Es el primer artista en vivir de manera independiente. Obviamente tuvo mecenas que lo patrocinaron, pero no por tocar o dar clases, simplemente por su genialidad”, agrega Terceros.

Beethoven nació en Bonn, donde su padre (un tenor al servicio del arzobispo elector de Colonia) le dio a Ludwig sus primeras lecciones de música. Comenzó lecciones formales de composición y piano a los 10 años, e incluso publicó algunas piezas en su adolescencia, pero poco de lo que escribió entre 1785 y su mudanza a Viena en 1792 se escuchó en su vida.

Y, a medida que el alcoholismo de su padre empeoraba constantemente, el joven Ludwig asumía cada vez más la responsabilidad de mantener a su familia enseñando y tocando la viola (conociendo el repertorio de la ópera en el proceso). En Viena, estudió brevemente con Haydn, pero realmente comenzó a establecerse como pianista más que como compositor, aunque ya estaba atrayendo a varios patrocinadores adinerados, como pudo hacer durante gran parte de su vida. Cuando hizo su debut público como pianista, en 1795, Segundo Concierto para piano (escrito en realidad antes del primero).

“Fue una época de agitación en todo el mundo: Estados Unidos tenía solo un poco más de una década, mientras que las reverberaciones de la Revolución Francesa de 1789 y el ascenso al poder de Napoleón a su paso se estaban sintiendo en toda Europa, y los comienzos de la Revolución Industrial estaban creando cambios sociales masivos por sí mismos. También hubo una revolución en las artes, con el romanticismo ya bien establecido en la literatura, liderado en Alemania por Goethe (a quien Beethoven admiraba enormemente, pero no conoció hasta 1812) y en Gran Bretaña por Wordsworth y los poetas de Lakeland”, cuenta Andrew Clements, especialista en música clásica de The Guardian.




Un revolucionario

“Beethoven es un hombre que revoluciona el lenguaje musical. Hasta sus primeras sinfonías nosotros consideramos que pertenecen al periodo clásico, un periodo en el que la estructura, las formas y la armonía son más conservadoras. A partir de su Sinfonía número 3 da rienda suelta a lo que nosotros llamamos el romanticismo, donde él rompe reglas, rompe estructuras, explora nuevas sonoridades, nuevas armonías y aumenta de forma considerable el tamaño de la orquesta y la extensión de las propias obras. Una sinfonía hasta la época de Beethoven duraba más o menos unos 20 minutos. 

Recordemos que la última sinfonía de Beethoven dura más de una hora. Entonces el hombre lleva al límite los recursos del lenguaje musical”, explica Terceros y agrega que “a él no le importa satisfacer a nadie, él dice: ‘La música soy yo’. Lo único que le importa es que la música sea buena. No le importa cuánto dure, cómo suene, no le importa la armonía en absoluto. Él compone para su propio genio, por así decirlo, pero al mismo tiempo está conectado con su propia realidad. Es un hombre demasiado sensible Recordemos que él tiene ideales muy humanistas para su época”.

Beethoven se identifica con la Revolución Francesa. La Sinfonía número 3 fue dedicada a Napoleón Bonaparte y luego cuando Napoleón se autoproclama emperador Beethoven agarra y le tira tinta y rompe la parte de la dedicatoria. “Ahí uno puede ver este genio y esta identificación con causas sociales en su época. La sexta sinfonía es inspirada en la naturaleza. Es una sinfonía en la que él reflexiona en relación al sonido de las aves, del agua, de los árboles y finalmente llegamos a la Novena en la que él habla de que los hombres deben reencontrarse y ser todos hermanos, porque somos todos hijos de un mismo padre que vive más allá de la bóveda celeste, donde dice que debemos volver a unirnos, a encontrarnos y hablar en hermandad”, comenta Terceros.

El director de la Filarmónica cruceña indica que se sigue estudiando la música del compositor alemán, porque llegó a escribir obras que siguen llamando la atención. “Sus últimos cuartetos de cuerdas sorprendentemente son cuartetos que anuncian la música del siglo XX, atonales prácticamente, y eso ha desconcertado a los musicólogos. ¿Cómo Beethoven fue capaz de anticiparse más de dos siglos a su propia época. Por tanto Beethoven no resulta revolucionario a su propia época, sino también un profeta que anunciaba el lenguaje musical de los siglos posteriores”.




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