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“Era mi compañera, era su madre y su mejor amiga”, afirma Ana María Zelada, la mamá de Betsabé, la joven a la que un disparo en la cabeza le arrebató los sueños y mató una parte de la vida de sus seres queridos, que compartían las esperanzas y los anhelos de la joven de 24 años, que nació en Argentina, pero que desde sus primeros años de vida creció en el municipio de Quillacollo, hogar de la Virgen de Urkupiña, patrona del país.

Betsabé llegó al mundo un 27 de junio de 1996, pero desde sus 8 años vino a vivir al país, porque su abuelo estaba delicado de salud y su familia decidió retornar a su tierra. Su infancia y adolescencia las vivió en Quillacollo, municipio de clima templado y que a mediados de agosto es el punto de encuentro de los devotos de la Virgen de Urkupiña.

Sus primeros años de estudio los hizo en la escuela 1.º de Mayo. Luego de salir bachiller, Betsabé no pudo entrar a la universidad debido a inconvenientes con su doble nacionalidad y al papeleo que tenía que hacer para resolver esas trabas.

Su familia en aquellos años atravesaba por problemas económicos y la joven tuvo que trabajar para ayudar con los gastos del hogar a su madre, mientras se había preparado para estudiar Administración de Empresas en un instituto del municipio.

Su muerte se produjo cuando estaba cursando el primer semestre de esta carrera. Sus amigos y sus familiares la recuerdan como una joven simpática, alegre y jovial. Siempre llena de cientos de sueños, como el de convertirse en modelo y concretar todos los viajes que ella soñaba realizar.

“Nos echábamos las dos, ella en el costado derecho, y planificamos todos los viajes que haría… hablábamos sobre lo que cocinaríamos al día siguiente, todo, yo era su confidente y su amiga… me decía: ‘Mamá, te amo, ¿tú me amas mamá?’, me preguntaba”, recuerda Ana María conteniendo lo más que puede el llanto, aunque en medio de tanto dolor por lo ocurrido, la mujer asegura: “Voy a recordar toda mi vida su cara, cuando le respondía: ‘Sí hijita, te amo, te amo…”.

Mailo aún la espera

 La mamá de Betsabé permitió que los ojos de los periodistas vean algunas partes de la intimidad del cuarto de su hija y allí conocimos a Mailo, un pequinés de color blanco, que no comprende por qué su ama y amiga fiel no ha vuelto para jugar y acariciarlo.

Mailo aún la espera a diario en la puerta de su casa, los que lo vieron correr al lado de Betsabé dicen que ahora camina como si estuviera desorientado, y notando la ausencia de su ama busca entre sus prendas, ropa y objetos, tratando de encontrar algo de consuelo para su ausencia. Este perrito siempre andaba con el pelo relucientemente blanco, pero ahora su pelaje ha cambiado y un amarillento cada vez más intenso le gana a su apariencia.

El animal solo pasea por el cuarto donde compartía horas de juego y cariños con Betsabé y al mirarlo a los ojos un puede pensar que llora, por la humedad que no desaparece desde hace días. Además del cariño por las mascotas, la joven nacida en Argentina, pero que amó las costumbres y querencias de Quillacollo, también disfrutaba del baile y del canto, pasatiempo que heredó de su padre. Ana María recordó que Betsabé bailó pujllay con sus amigos en honor a la Virgen de Urkupiña.

“Era una mujer alegre, siempre compartía con sus primos y sus amigos, le gustaba estar rodeada por su familia”, contó la mamá mientras miraba el cuarto de su hija. La joven vivía en la calle Sucre, cerca del Comando policial de Quillacollo, en una casa de condición humilde “pero de mucho amor”, como asegura su madre. A pocos metros de la casa de Betsabé, vivía el asesino de la muchacha, Adán Boris Mina Alanes, el teniente de Policía que la mató de un disparo. “Tenía dos ojos y me cerraron uno”, dijo Ana María.