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11 de septiembre de 2023, 4:00 AM
11 de septiembre de 2023, 4:00 AM

Por Hernán Terrazas, comunicador

A las categorías de justicia, administración pública, policía y otros servicios públicos, habrá que añadir ahora la de fútbol. Porque resulta que el fútbol también es corrupto en Bolivia. No todos felizmente, pero algunos están dispuestos a vender goles, armar resultados y generar componendas con los árbitros para conseguir los resultados que les convienen.

La cosa no es definir una estrategia técnica o un posicionamiento táctico del equipo para derrotar al adversario en cancha. No, qué va. Acá el mejor jugador es la billetera que gambetea la moral y anota el tanto de la vergüenza en las redes de una cultura de la corrupción definitivamente extendida en absolutamente todas las direcciones.

Árbitros que aceptan sobornos, dirigentes que también juegan, pero desde la tribuna, arqueros que se hacen los de la vista gorda o jugadores que saben que tienen el camino libre hacia el arco al minuto 43 y pico. Y en las graderías, la gente que participa del teatro de una competencia arreglada.

Somos un país tolerante con el delito. Nos acostumbramos a convivir con las mafias. El narcotráfico no nos hace mella, ni nos sorprende. Que despegue un avión con droga ya es rutina, que la cocaína circule por los bares, colegios y discotecas también. La riqueza inexplicable no nos incomoda, con tal que pague. No hay cicatriz que no se pueda disimular muy bien si tenemos a mano el maquillaje de la opulencia.

Pagamos coimas, como pagamos la entrada al cine. No hay fallo judicial que no se pueda torcer, ni impuesto que no se pueda eludir, siempre y cuando invoquemos el artículo $us 20 o el de una denominación más grande. La cuestión es tomar el atajo de la avivada para ahorrarse el camino de las normas. “Puede aprovechar” en esto o en el otro. No hay límite.

Los valores están a tal grado de cabeza, que el bueno es malo y el santo pecador. Quien denuncia un delito es un soplón y merece castigo, y el funcionario que rechaza una coima no juega en equipo y hay que mandarlo indefinidamente a la banca o, por lo menos, hasta que reflexione y quiera ser parte del juego que todos jugamos.

Acá nadie se salva. No hay reserva moral. El ama sua es cosa de ingenuos o de los que creen que ser de origen indígena basta para llegar al poder entre los humos del incienso. La ilegalidad es el santo y seña de quienes intercambian, en difusos puntos fronterizos, autos por droga, oro por armas e incluso de los que trafican con personas.

La corrupción en el fútbol tiene un gran despliegue informativo, porque es un asunto de multitudes, pero todos los días, en diferentes lugares y con distintos fines se vive fuera del fair play, porque se sabe que los árbitros de todas las actividades negocian con la tarjeta roja. Usted haga la infracción, que yo me encargo.

El mal ejemplo cunde desde hace mucho y ya no se puede confiar en nadie. Al burócrata que pide la coima, se suma el policía que altera el detector de alcohol en sangre, el funcionario que desvía recursos destinados a combatir la pobreza, el que direcciona la adjudicación de una millonaria obra pública y hasta el cura malintencionado que esconde detrás del púlpito sus deplorables intenciones.

Desde hace largos años que el país figura en el pelotón de las naciones más corruptas del mundo y casi nada cambia. La indignación sin respuestas genera bronca, pero a la larga también desaliento, apatía y, lo peor, costumbre: “Qué le vamos a hacer, así nomás somos”. Y así es el cuento de nunca acabar. En la tribuna o en la cancha abundan las faltas y hasta hoy nadie ha puesto a Bolivia en el VAR. Ni modo.

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