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Lo que se dirá a continuación podría herir sensibilidades, así que ruego a religiosas y religiosos, especialmente a los devotos de vírgenes y santos, que dejen de leer.

Y es que uno de los elementos que facilitó la invasión europea a América, y el sometimiento de los pueblos que vivían en él, fue la religión, mediante la superposición de cultos.

En esta parte del continente, los españoles descubrieron que los pueblos andinos tenían una espiritualidad que estaba vinculada a los accidentes geográficos, como los ríos y cerros, así que la explotación del oro aluvial y la plata de los yacimientos subterráneos se complicó en los inicios.

Los concilios limenses trataron el tema, junto a la necesidad que tenía la Iglesia católica de evangelizar a los indios, a los que no solo consideraba paganos sino también herejes e idólatras.

La veneración que los americanos tenían por la naturaleza, por los ríos, lagos y montañas, fue considerada idolatría o, peor aún, adoración al demonio, y allá donde había un culto autóctono, se lo rotuló de satánico y se puso otro encima, el de alguna advocación cuyo parecido le permita ser aceptada.

Así, el culto a Illapa fue cubierto con el del apóstol Santiago, San Bartolomé fue usado para cubrir a Thunupa y las deidades que tenían apariencia zoomorfa fueron reemplazadas por el culto al arcángel Gabriel o San Miguel. Para suplir a Tanga Tanga, que era tricéfalo, se utilizó a la trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero, al final, el único reconocible era Jesús, así que fue el que se quedó finalmente, como en el caso de la devoción al Gran Poder.

Las deidades femeninas fueron cubiertas mayoritariamente por la Virgen María, como ocurrió con el culto a Qupaqawana, españolizado a Copacabana, y ella también fue útil para ponerse encima de las montañas. En Potosí, el Cerro Rico era una waka, de naturaleza femenina, y al principio se lo consagró a Santiago, pero, como no resultó, se recurrió a la Virgen.

Por su naturaleza maternal, la madre de Cristo también sirvió para sobreponerse al culto a la Pachamama.

Las recomendaciones de los concilios limenses se aplicaron como recetas. Jesuitas y dominicos se convirtieron en perseguidores de los cultos autóctonos. El libro La extirpación de la idolatría del Perú, del jesuita Pablo Joseph de Arriaga, se aplicó al pie de la letra y la persecución a la espiritualidad de los pueblos andinos fue la versión regional de la cruenta inquisición.

Allí donde hubo un culto autóctono, a alguna deidad originaria, se puso un santo o santa, a la Virgen o al propio Jesucristo. Así nacieron la mayoría de las fiestas patronales de Bolivia.

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