Opinión

Bolivia ya no es la misma

5 de noviembre de 2019, 3:00 AM
5 de noviembre de 2019, 3:00 AM

Trece días de protesta cumplidos. Dos años de lucha en las calles por el respeto al voto y a la decisión de los bolivianos. Miles de jóvenes que despertaron a la política y que gritaron “Bolivia dijo No”, cuando el Tribunal Constitucional validó la candidatura de Evo Morales y de Álvaro García Linera, a pesar de que la mayoría de los bolivianos había votado en contra de esa opción. 

Fue ese el momento en que el país comenzaba a transformarse, en que la hegemonía del poder gubernamental se resquebrajaba y ese quiebre se producía porque millones de ciudadanos dejaban de creer en autoridades que se imponían sin escuchar al pueblo, que traicionaban sus propias promesas.

A pesar de ello, la vocación pacífica y democrática permitió que los bolivianos opten por ir a elecciones y asumir que, una vez más, podían ejercer poder a través del voto.

Pero se encontraron con un proceso electoral cargado de contradicciones y faltas a la ley, con inequidad entre los candidatos (lo dijo la misión de observadores de la OEA) y con acciones irregulares hasta el último momento. Los bolivianos se sintieron nuevamente engañados cuando los vocales interrumpieron la transmisión rápida de datos, cuando Evo Morales se declaró -una y otra vez- ganador de las elecciones aún sin saber los resultados oficiales, cuando la soberbia prevaleció antes que la vocación de servicio que deberían tener todos los gobernantes.

Día tras día, Bolivia se iba transformando. Nadie se imaginó que el país podía sostener una protesta por 13 días; que la organización de los vecinos lograría parar por tanto tiempo y hacerlo de manera pacífica. Solo hubo violencia cuando el presidente convocó a cercar las ciudades, cuando grupos de afines al Gobierno atacaron con palos y piedras los puntos de bloqueo. 

A pesar del dolor por los dos muertos, la movilización continuó. La demanda de segunda vuelta, que ni el Gobierno ni el Órgano Electoral quisieron escuchar, se transformó en la exigencia de nuevas elecciones y después de la renuncia del primer mandatario.

La calle se hace escuchar. Y los protagonistas son jóvenes, familias, gente de clase media. Si el Gobierno se jacta de la inclusión de los campesinos y de los indígenas, no tomó en cuenta que excluía a la clase urbana, la que ahora es mayoría y pone en jaque al poder político.

Es la primera vez que Bolivia se hace sentir de esta manera: en una protesta de alcance nacional que lleva casi una quincena; con un paro que ha sido pacífico en la mayoría de sus jornadas. De esta manera, estos protagonistas le demuestran al país y al mundo que Bolivia ya no es la misma, que no hay poder político que pueda imponerse por encima de la voluntad del pueblo.

No solo la extensión de la protesta es histórica, sino también la visión de democracia y de libertad que tienen los nuevos protagonistas: atentos y rebeldes, cuestionadores y demandantes de que se los escuche, de que se les cumpla las promesas que les hacen. Sin duda, el ejercicio del poder ahora tiene límites que son determinados por el soberano.

Sea cual sea el desenlace de estas históricas jornadas, quien gobierne a Bolivia sabrá que la legitimidad es un valor muy preciado que se puede perder cuando hay acciones que optan por el beneficio personal y sectorial; es decir, cuando se deja de escuchar la voz del pueblo joven y valiente que levanta la mano para hacerse sentir.

 

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