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27 de febrero de 2023, 4:05 AM
27 de febrero de 2023, 4:05 AM

Por Hernán Terrazas, periodista

Resulta que desde hace algún tiempo fuimos víctimas de una guerra de desinformación del gobierno, promovida desde las redes sociales a través de cuentas falsas. Los “guerreros digitales” navegaron a sus anchas y distorsionaron la realidad hasta que fueron detectados por META, la empresa que agrupa a Facebook e Instagram, entre otras, y que de vez en cuando hace una limpieza para saber quién es de verdad y quién tiene un disfraz digital para tratar de influir sobre la opinión de la gente.

Habrá que aclarar que el “pescotis” de META no significa el fin de estas prácticas y que posiblemente a estas alturas, ya muchos guerreros que cayeron en esas trincheras, aparezcan con nuevas identidades en otras nuevas.

Las cuentas detectadas fueron algo más de 1000 en el Facebook y por lo menos 130 en el Instagram. Parece poco, considerando que en esta red existen aproximadamente unos 800 millones de cuentas en todo el mundo, pero el nivel de contaminación se multiplica cuando se advierte que los miles se transforman en alrededor de 2,3 millones de seguidores solo en el FB, 57 mil usuarios en los grupos y alrededor de 23 mil seguidores en el Instagram. No es poca cosa, si haciendo cálculos llegamos a la conclusión de que se trata, ni más ni menos, de un 23% del total de la población boliviana (poco más de 11 millones).

Pero el engaño tuvo un costo. El mismo informe revela que se invirtió – obviamente el gobierno – más de 1 millón de dólares en la promoción de las cuentas, es decir se metió mucha plata para llegar a más gente y hacer que los miles sean seguidos por millones. Esto no quiere decir que los seguidores sean necesariamente fanáticos de la línea difundida por los “fantasmas”, pero ahí estaban, expuestos a una estrategia que contemplaba seguramente el aplauso para el jefe y el insulto para sus críticos.

Más allá de los números, lo que alarma es saber – bueno, muchos ya lo saben de memoria, pero no deja de dejarlo frío a uno – que cada que navegamos, por cualquier motivo, en las redes sociales, quedamos expuestos a un bombardeo detrás del que figuran una multiplicidad de intereses, en este caso los del gobierno boliviano, empeñado en librar una batalla cibernética para rastrear opositores y darles un coscorrón digital.

Muchos expertos – entre ellos los que se dedican a la comunicación y la estrategia política – dicen que las grandes batallas por el poder se libran en las redes y que esa enorme masa de moradores del espacio digital constituye el mercado al que se debe llegar para influir sobre las corrientes de opinión. Quien pierde esa guerra virtual muy probablemente también llegue derrotado a las urnas reales.

Lamentablemente, lo que está en juego es la verdad. Puedo repetir incansablemente a través de todos mis “guerreros” que, en octubre y noviembre del año 2019, lo que hubo fue efectivamente un golpe de Estado, una trama en la que intervinieron los cívicos, algunos líderes opositores de la derecha y, claro, los militares para dar el tiro de gracia.

Si del otro lado, no hay el mismo número de combatientes, con los argumentos contrarios – verdaderos – listos para contrarrestar la campaña de los primeros, entonces lo más probable es que la “ficción” de unos se imponga sobre la verdad de los otros. Es decir que, en el mercado, la oferta de embustes sea más efectiva y con mejor distribución y comercialización que la de realidades.

Y aquí no importa solo el consumidor local de esos “productos falsos”, sino también el que desde otras partes se hace una idea de lo que pasa a partir de lo que lee u observa en las redes.

En última instancia de lo que se trata de es de crear una suerte de caos, donde nadie sepa en quién o qué creer, para de esa manera sembrar dudas y golpear la credibilidad de cualquier alternativa de información a la que acuda la gente cuando duda sobre los contenidos y orientación de los medios tradicionales.

Hay que llevar la polarización al espacio cibernético para que, por lo menos, si no creen en nosotros, tampoco crean en otros. Y si de esa manera logro que, tarde o temprano, la apatía se apodere de la mayoría, mejor, porque así me dejan gobernar sin el coro de los críticos. A los gobiernos intolerantes les estorba el ruido de las redes y optan por hacer más ruido a través de la misma herramienta. El objetivo es que, al caer en las redes, nadie conozca bien a quien se lleva la pesca.