6 de enero de 2023, 4:00 AM
6 de enero de 2023, 4:00 AM

Las marchas, las quemas, las refriegas, la convulsión social que sufre esta capital desde el 28 de diciembre amplifican el difícil panorama que padece la ciudadanía.

La ciudad está sucia, desprolija y maltratada. No es acertado decir hoy que escobita nueva barre bien, porque a pesar del cambio de responsable del aseo urbano, las cosas no mejoraron, casi, al contrario, que no es poco.

Los nuevos operadores, que comenzaron el 26 de diciembre pasado, llegaron después de 13 años con una parte de maquinaria nueva, otra subcontratada y otra buena parte comprometida a complementar en 180 días.

En un tema tan sensible como urgente como el recojo de la basura al que se suma un momento álgido de conflictos y convulsión, la espera no solo desespera, sino que, además, enferma.

El cúmulo de material para recolectar residuos en los hogares, comercios e industrias, la reproducción de los microbasurales, la falta de educación ciudadana y la incompleta comunicación sobre la nueva labor sin horarios ni orientación, conforman un panorama desalentador.

Entre los tres nuevos operadores encargados de la limpieza de la ciudad, la etapa de transición y de ajustes no termina de asentarse y la promesa anticipada de reiterar las rutas y las frecuencias del servicio no son aún percibidas por los vecinos sumergidos en la incertidumbre.

Los nuevos contratos suman la friolera de Bs 1.520 millones. Es una oportunidad que el municipio ha desaprovechado hasta ahora para mejorar el servicio de aseo. Si bien se había observado que los nuevos contratos darían continuidad al viejo servicio, es fácil percibir que no se han podido sortear los inconvenientes del pasado. Los mismos fiscalizadores, el mismo personal y los mismos camiones transitados y alquilados no prometen el cambio y la eficiencia que esta ciudad necesita.

Entre los cuestionamientos previos se subrayó un supuesto favorecimiento a las empresas adjudicatarias y los pocos cambios o mejoras en el servicio. Se sigue enterrando la basura sin previa selección ni aprovechando el reciclaje de miles de toneladas de material reutilizable. Desde el siglo pasado especialistas han planteado que la urbe debe ponerse a tono con nuevas políticas de recolección y tratamiento, llevados por la necesidad de superar el modelo del relleno sanitario o enterramiento masivo hacia un modelo de gestión integrada de residuos sólidos.

Tirar plata a la basura suena a metáfora, tan real como dolorosa. La separación de vidrios, papeles y plásticos, además de residuos orgánicos, ayudaría a recuperar nuevas opciones materiales, generar fuentes de empleos y evitaría focos contaminantes que se acumulan en no pocos sitios de la urbe.

La acumulación de bolsas, escombros, desperdicios y el tratamiento final de los miles de toneladas diarias recogidas no hacen más que seguir contaminando el aire, el suelo y el agua. Los fiscalizadores de esta labor adecuada tienen alta responsabilidad y relevancia en el presente y el futuro de la salud pública y el medioambiente.

Si esa contaminación está en nuestras manos, lo mínimo e indispensable es provocar un cambio y revertir la situación antes que provoque un daño colectivo que no tendrá reversión.

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