7 de febrero de 2022, 7:17 AM
7 de febrero de 2022, 7:17 AM

Era un domingo en la tarde en la rotonda de la avenida San Martín y tercer anillo de Santa Cruz. Dos mujeres muy delgadas, con pañoletas sobre la ca
beza y latas vacías en las manos, estiraban el brazo y pedían monedas. A su lado, se veía un cartel escrito a mano, en el que explicaban que padecían cáncer y necesitaban ayuda. El cuadro es apenas una muestra del calvario que viven los pacientes con esta enfermedad. Deseosos de vivir, pero enfrentados no solo al dolor físico, sino también a la necesidad de recursos para comprar costosos medicamentos y someterse a tratamientos caros y escasos en el país.
Esa realidad es bastante conocida por la sociedad y, por supuesto, también por el Estado. En Bolivia hay muchos servicios que figuran en el papel, pero que no se hacen realidad en la práctica. 

Por ejemplo, se dice que el Seguro Universal del Salud (SUS) debería proveer de medicamentos para combatir el cáncer, pero cuando los pacientes y los familiares se acercan a las farmacias, se encuentran con anaqueles vacíos, por lo que deben buscar dinero para comprar los productos en farmacias privadas, pedir ayuda a las organizaciones solidarias como Davosan o, finalmente, resignarse a prolongar el sufrimiento propio o del ser querido porque ninguna de las anteriores opciones es posible.

Hablar de cáncer no solo es enfrentar el tratamiento de quimioterapia o radioterapia, sino también de diagnóstico y prevención. Los pacientes (carentes de recursos y/o conocimiento) acuden al médico cuando ya están enfermos y, muchas veces, cuando el cáncer llegó a condiciones muy graves. Casi nada se hace para educar en medicina preventiva; las campañas de comunicación se enfocan más en promocionar las imágenes de presidentes, ministros, gobernadores o alcaldes, en lugar de pensar en las necesidades reales de la población.

El viernes se recordó el Día Mundial del Cáncer y los pacientes volvieron a salir a las calles para ser visibles y mostrar que no son bien tratados. Como gran respuesta, el ministro de Salud anunció la inversión de Bs 102 millones en compra de medicamentos y en pago de tratamientos. Parece una gran cifra, pero en realidad no lo es porque las quimioterapias son costosas y porque faltan equipos de alta tecnología para hacer tantas radioterapias como se necesita.

En Santa Cruz, pacientes y sus familiares relatan que hay listas de espera de hasta tres y cuatro meses para acceder a sesiones de radioterapia y que la pandemia padecida por el personal de salud dilató estos tiempos. En Santa Cruz también es donde más se ha puesto en evidencia la falta de medicamentos. Los pacientes y sus familiares se organizan, venden las manualidades que hacen para conseguir recursos. Caminar por los pasillos del Hospital Oncológico genera un dolor tan profundo que es increíble que no conmueva a las autoridades.

En la protesta del Día Mundial del Cáncer y en otras manifestaciones, la población que sufre por esta enfermedad le recuerda al presidente Luis Arce que él también tuvo cáncer, que se conmueva. A veces lo hacen como clamor y otras veces con bronca, recordando que el ahora primer mandatario tuvo el dinero para hacerse tratar en otro país y en otras condiciones a las que no logran acceder los bolivianos más pobres.

La realidad de los pacientes oncológicos de Bolivia es muy dura. Las autoridades que tienen tuición sobre la salud deben asumir la responsabilidad de esto, elaborando una estrategia que alivie en definitiva la angustia que se suma al padecimiento físico. Cada vez que un paciente con cáncer debe extender la mano en busca de dinero para su tratamiento es una ocasión para evidenciar el fracaso de los gobiernos en la atención de esta situación.

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