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16 de febrero de 2023, 4:00 AM
16 de febrero de 2023, 4:00 AM

Por Ilya Fortún, Comunicador social

Las malas ideas hay que señalarlas antes de que tomen cuerpo, o peor, lleguen a consumarse. En mi última columna fui crítico con la mala idea surgida de los comités cívicos, que amenazaban con un revocatorio a Arce, y esta vez volveré a nadar contra la corriente y a ganarme la antipatía de muchos, señalando que la idea de una candidatura única frente al MAS, tal y como se la está planteando, es una pésima idea.

Es un hecho que, en el establishment y en las clases medias altas, empieza a cuajar nuevamente la vieja y falsa idea de que la única manera de ganarle al MAS, es a través de una candidatura única que aglutine a todos contra el MAS. Según lo que vengo escuchando, se trataría de hacer una especie de elección primaria entre moros y cristianos (con la condición de que todos sean antimasistas), para proclamar como candidato presidencial al ganador, que sería la cabeza de fórmula de un enorme frente de partidos políticos, cívicos, agrupaciones ciudadanas, organizaciones sociales no funcionales al MAS y un largo etcétera de tiendas distintas y en algunos casos incompatibles, cuya única coincidencia sería oponerse al MAS.

En otras palabras, una archi-súper-ultra-megacoalición.
Esta idea responde me imagino a la creencia de que el país entero está polarizado y, más aún, que todo el electorado boliviano está polarizado entre el masismo y el antimasismo y que, por tanto, no hay electores en el medio de esa polarización absoluta. Lamento decirles que eso no es así, y que, justamente, esa falsa premisa es la que le ha permitido al MAS ganar más elecciones de las que podía ganar (esto al margen de los asquerosos fraudes obviamente).

Hay mucha gente (probablemente un tercio del electorado), que nunca fue masista o que ya no simpatiza con el MAS porque está cansada de tanta corrupción y abuso de poder, pero que no es obligatoriamente antimasista; y no lo es porque no tiene una posición política en el arcaico espectro de las derechas e izquierdas, y menos aún en el de la polarización entre buenos y malos. Lo bueno y lo malo para esa enorme cantidad de gente pasa por otro lado.

Para empezar detestan a los políticos (sean del MAS o no), y detestan aún más a los políticos del pasado. Para ellos, una juntucha en busca del poder (en la que muchos serán políticos y muchos serán del pasado), podría ser una vieja pesadilla. Para todos esos votantes, las razones de voto tienen que ver más con sus necesidades y frustraciones del día a día, que con principios ideológicos o posiciones políticas.

Ellos estarán dispuestos a votar por alguien que les plantee un cambio, es decir una alternativa al MAS, pero que les proponga soluciones concretas a sus principales problemas, siempre y cuando sea algo nuevo o distinto a la política tradicional y a los políticos del pasado.
Ese tercio es al que termina definiendo las elecciones. En unos casos, como en el 2019 se inclina por el cambio, pero con un cambio diferenciado de la política profesional (Mesa, a pesar de haber sido presidente no era considerado un político para la gente de a pie), y en otros, como el 2020, la gente piensa que la alternativa al cambio se parece demasiado a la política y al pasado, y decide seguir votando por el MAS (sobre todo por un candidato cuya percepción era la de un capo en economía, en momentos en los que la cosa se había puesto fea).

La política y las elecciones no son un ejercicio matemático y las sumas no siempre suman; a veces dividen y otras restan. El MAS es quien mejor sabe esto y por ende quien ha sabido aprovechar de esta trampa polarizadora, en la que naturalmente sale siempre ganando. Cuando quienes deberían representar a ese tercio en disputa ceden a la polarización, el MAS no dubita en señalarlos como la vieja derecha, y termina convenciendo a esa gente que es preferible seguir votando por un gobierno defectuoso que, mal que mal, ha hecho muchas cosas buenas, a votar por un pasado derechista, racista, discriminador y ahora separatista.

Para no ir al pierde seguro “again”, la unidad tiene que buscarse en el voto, pero de manera diferente. Es completamente posible hacerlo, pero puede ser más complicado llegar a ese tipo de acuerdos, que requieren de verdaderas renuncias al poder, y no simplemente de contentarse con un pedazo del pastel.

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