Opinión

cara a cara

2 de noviembre de 2019, 3:00 AM
2 de noviembre de 2019, 3:00 AM

El Día de los Fieles Difuntos encuentra al país convulsionado. Como nadie se olvida de sus muertos, le han destinado parte de su tiempo y vida cotidiana a recordarlos con todos sus sentimientos.

La fe, la religiosidad, las costumbres hacen que hoy el paréntesis sea diferente, se llene de recuerdos y de suspiros. Los camposantos se ocuparán de testimoniar el sentir de las familias, los seres más queridos en la intimidad. 

Hoy no es un día más, es de introspecciones, de reencuentro y homenajes. Pueden ser de distintas maneras.

Más calmos y neutros, o sufridos y tristes. Cuando los muertos duelen, el tiempo se congela y nos cala hasta los huesos.

Ojalá sea cierto eso lo que muchos dicen por ahí. Este país llega al borde del precipicio y frena. Nadie quiere el despeñadero ni vivir al borde de un ataque de histeria. Hay momentos más frenéticos que otros y hay declaraciones que encrespan los estados. 

No es una región, sino varias, las que sienten su paz y su futuro amenazados. 

Los escenarios de posibles soluciones parecen nublarse. Mientras gane la intolerancia y la violencia, más lejos estará el punto de encuentro, de diálogo y de concertación.

El país necesita certidumbre y madurez para resolver cualquier tipo de crisis. Quienes conducen los mejores criterios y las buenas ideas debieran ser hoy más escuchados para evitar más enfrentamientos fratricidas, que no le hacen bien al presente ni al futuro de Bolivia.



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