Opinión

cara a cara

3 de noviembre de 2019, 3:00 AM
3 de noviembre de 2019, 3:00 AM

El presidente Evo Morales acaba de manifestar que, además de la falta de fútbol, está ‘preocupado’ por las protestas sociales que se han masificado en defensa del voto y de la democracia. 

Sin embargo, atrapado en la burbuja desde la que parece observar cuanto viene ocurriendo en el país, atribuye unas multitudinarias movilizaciones a ‘algunos grupos’ que perdieron los comicios del 20 de octubre y que quieren darle un golpe de Estado. 

Que quienes protestan y permanecen en vigilia estoica desde hace días en las calles son unos ‘ricachones’ que, además, contratan vándalos para discriminar y agredir a los humildes.

Y en tanto el jefe de Estado devanea, no obstante la prolongada y profunda crisis social y política que ha puesto en jaque a su gobierno, un equipo de la OEA, cuyo coordinador acaba de retirarse para no comprometer su imparcialidad, ha iniciado una auditoría a las elecciones generales; un proceso bajo sospecha desde sus orígenes y que huele a podrido, tanto como el contenedor de basura donde vecinos de La Paz encontraron casualmente ‘depositadas’ cientos y cientos de actas electorales.

También se ha hecho notar públicamente el inefable ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, entrevistado por una agencia noticiosa rusa, diciendo que Bolivia se prepara para convertirse en un gran campo de batalla, en un ‘Vietnam moderno’, una vez que las organizaciones sociales afines a Evo ocupen las calles.

En mayo de 2008, el finado Hugo Chávez advirtió intervenir directamente en Bolivia y, como no lo lograría ni una legión de ‘rambos’, con provocar ‘uno, dos o tres Vietnam’ en América Latina si las ‘oligarquías’ llegaran a hacerle daño al país y a su presidente. 

Once años después, esgrimiendo parecida amenaza, con sus hormonas amazónicas probablemente alborotadas, Quintana elucubra un desenlace violento y no contribuye en absoluto a la pacificación y al retorno a la normalidad que con urgencia demandan los bolivianos. Cuando la tensión está al máximo y lo peor parece estar por venir, salen sobrando los despreciables aprendices de Rambo.

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